Temperley

Un techo celeste

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¿Hasta dónde puede llegar el amor por los colores? Para un grupo de familias de Temperley, la pertenecía hizo que hace más de 25 años hipotecasen sus cases por el club.

La liturgia de las cábalas y las promesas está entre los mandamientos de muchos hinchas. Mirar los partidos siempre en el mismo lugar, repetir la vestimenta, no cambiar los itinerarios y evitar algunas compañías forman parte de la metafísica futbolera. Cuando un resultado se hace imperioso, entonces es tiempo de ingresar en el fangoso terreno de los sacrificios y las privaciones: ir hasta la basílica de Luján, cortarse el pelo, despojarse de algunos alimentos o, incluso, perder los ojos para su equipo durante algún tiempo. Pero hay situaciones que van mucho más allá, que exceden largamente la eventualidad de ganar o perder, que hasta quedan chicas ante la alegría de un festejo en andas o la tristeza de una campaña con final de lágrimas. Temperley estuvo en ese punto que parecía sin retorno cuando una determinación judicial le hizo bajar la persiana. Pero en el filo del abismo aparecieron las familias Ahueali, Allende, Colás, Pecorelli y Romano para poner sus casas como garantía y con esas hipotecas volver a darle vida a la institución.

El 11 de junio de 1991 el juez José Durañona bajó el martillo y declaró el cierre del club. La clausura era absoluta, para el fútbol profesional, las divisiones inferiores y todas las demás actividades. Las instalaciones quedaron desiertas. Las tribunas permanecieron vacías y la vida social en el más allá. Pero una deuda superior al millón de dólares, una serie de desmanejos dirigenciales y una sentencia judicial no conformaban, de ninguna manera, un universo de razones valederas para socios y socias del Celeste.

Sin jamás quedarse quietas, aquellas personas mantenían viva la identidad de un club con faja de clausura. Evaluaban distintas estrategias y cada miércoles iban al juzgado con nuevas propuestas para intentar revertir una situación en extremo compleja. En una de esas visitas, los magistrados les explicaron que lo que necesitaban era conseguir un respaldo económico con, por caso, algunas propiedades. Y en aquella dirección avanzaron. Un día llegaron a la mesa de entrada con las cinco escrituras. Asumían lo que no sentían como un riesgo sino casi como una obligación sentimental.   

“Un día cuando volvía de trabajar me estaba esperando mi hija Candela en la puerta de casa. Cuando nos vimos me dijo llorando: mamá, me sacaron mi casa. Yo me pensé que nos habían entrado a robar”, recuerda Anahí Carrera, esposa del fallecido Juan Carlos Allende. Y explica en su diálogo con Enganche: “Fue una decisión que tomamos en nuestra casa. Pero, en serio, para mí fue un día más; estaba convencida de que todo iba a salir bien y por eso no dudamos en dar esa garantía. Sabía que se necesita eso para el que el club volviese a abrir y en ningún momento temí por las consecuencias. Lo vivimos como algo natural, sin pensar en consecuencias, en la posteridad ni en nada. Era lo que se necesitaba, lo hicimos y fue. Tan así que me acuerdo perfectamente el día que llevamos todos los papeles, pero no tengo presente, no recuerdo, cuándo fue que levantamos la hipoteca”.

Una de las personas más involucradas en esa cruzada de salvataje fue Edith Pecorelli. Nació en la calle 9 de julio al 100, el club está en 9 de julio al 300 y hoy vive en 9 de julio al 500. Se crió en el club, donde fue jugadora de básquetbol y llegó a integrar el seleccionado campeón sudamericano a mediados de los `70. Abogada de profesión, había tomado parte en la representación celeste en la quiebra y fue la primera en ofrecer su casa como garantía. “Nosotros nos comprometíamos a que el fútbol no diera pérdida. Volvíamos a jugar en una categoría amateur como la Primera C y todo lo que entraba iba al juzgado, por eso sabíamos que las cosas iban a ir bien”, repasa. Y así fue como llevó a su mamá y sus hermanos a firmar por un sentimiento. En el año 1996, Edith Pecorelli se convirtió en la primera mujer en presidir un club de fútbol al ser elegida por más de 60 por ciento de los votantes de Temperley, que tenían bien presente el papel decisivo que había tenido un par de años antes.  

Juan Manuel Lazzarino Marcos es periodista y Gasolero desde siempre. La mirada retrospectiva que realiza contextualiza lo ocurrido hace más de un cuarto de siglo: “Para los hinchas de Temperley, esas cinco familias se nombran de memoria como se recitan los equipos más recordados, los que consiguieron los ascensos más festejados. Sin dudas, en aquel momento sintieron que hipotecaban su segunda casa para salvar a la primera, que era ese club con un candado en la puerta. Al realizar ese acto, abrieron un compromiso para todos los demás socios, que es el que permitió la reconstrucción del club a principios de los noventa y a partir de 2012. Por ellos, Temperley es como ningún otro un club de los socios, en su más puro significado. Los socios de  Temperley viven con intensidad cada partido, por supuesto; pero de la misma manera conciben una nueva tribuna, un jardín, la pensión de los juveniles y cada obra que se hace. Para nosotros no es un club, es nuestra casa. Esos cinco refundadores hicieron que el club sea la familia más grande”.

Más de dos años después del último partido antes de la quiebra, el 24 de julio de 1993 Temperley salió a la cancha con Alejandro Faravelli; Walter Céspedes, José Palavecino, Gabriel De Cesares, Luis Dileva; Pablo Rey, Ramón Aranda, Walter Martin; Diego Di Crocco; Gerardo Losas y Fernando Marro. Una mar celeste inundó el estadio Alfredo Beranger y el triunfo ante Tristán Suárez resultó bíblico después de una peregrinación de sufrimiento, aunque jamás de desesperanza.

Cinco familias condensaron el sentimiento de miles de personas que habían sido desahuciadas de su sentimiento y su lugar de pertenencia con la sanción de la quiebra y el cese de todas las actividades. Las escrituras para certificar la hipoteca desafiaron a un sistema que trataba como una empresa a una sociedad civil sin fines de lucro y con un claro beneficio social en su comunidad. La casas fueron la garantía, la acción continua la lucha y el triunfo final la satisfacción. Las casas de cinco fueron las de miles para rescatar la casa que era de todos.