Abebe Bikila

El emperador descalzo

Pasaron 60 años de su resonante triunfo en el maratón olímpico de Roma. La historia de un corredor que, a partir de su victoria, marcó un punto de inflexión definitivo en el atletismo de fondo.

Con el etíope Abebe Bikila, en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, comenzó el atletismo de fondo tal como lo conocemos hoy. El que tiene a dos africanos en el pináculo del mundo con las dos mejores marcas vigentes en la distancia del maratón. El keniata Eliud Kipchoge (2h01m39s) y el etíope Kenenisa Bekele (2h01m41), lesionado y fuera de la promocionada carrera del siglo XXI en el maratón de Londres que se correrá este domingo, representan el más fino linaje que el marketing deportivo se encargó de mercantilizar a niveles que, seguramente, Bikila y varios de sus sucesores jamás imaginaron.

En tiempos de pandemia por Covid-19 no sobran los eventos deportivos a nivel global. Sumado a ello, la World Athletics (ex IAAF, hoy WA) se encuentra abocada de lleno a cambiar varios de sus estamentos desde la llegada de Sebastian Coe a la presidencia en 2015 (va por su segundo período, desde 2019 a 2023). Es que el británico comprendió que con el retiro de Usain Bolt, tras el Mundial de Londres 2017, se iniciaba una nueva etapa para el atletismo: la era post Bolt.

En función de ello, la búsqueda de la WA se concentró en darle mayor énfasis a pruebas en las que el marketing atravesara por completo la coyuntura y dejara atrás prejuicios urdidos por los autodenominados puristas de este deporte que siguen aferrados a los viejos axiomas. Por caso, la hora (Mo Farah hace unos días, en la Liga de Diamantes de Bruselas, con 21,330km superó la marca histórica del etíope Haile Gebreselassie, que había recorrido 21,285km en 60 minutos el 27 de junio de 2007), o la ampliación de los Mundiales de atletismo de ruta a partir de 2023 que sumarán al de maratón y medio maratón los de 5km como un nuevo evento y podrían incluir otras distancias, como una milla en ruta o calle. En todos los casos, y cuando la pandemia lo permita claro, se prevé que las carreras masivas se lleven a cabo junto con los campeonatos de elite para permitir que los corredores recreativos (los que con sus inscripciones pagan buena parte de la faena que proveen a los organizadores) sean parte de un festival mundial de carreras en las calles. En palabras de Jon Ridgeon, CEO de WA: “El aumento de la popularidad de los medios maratones, incluidos nuestros propios campeonatos mundiales, así como los eventos comunitarios de 5 km indican que existe la necesidad de generar más carreras de calle de alto nivel. Con el establecimiento del Campeonato Mundial de Atletismo en Carretera, toda la comunidad mundial de corredores recreativos, que se cuentan por millones, podrá unir su pasión por correr para ser parte de cada celebración. También creemos que este será un concepto comercialmente deseable para las ciudades anfitrionas, los socios y los distintos sponsors”.

Pero, claro, antes de que el mercadeo pasara por encima al deporte y, desde la prepotente irrupción de la televisión con sus jugosos y exclusivos contratos (sobre todo a partir de mediados de la década del ´90), lo transformara en una deseable y tentadora mercancía, Abebe Bikila apareció como el mojón a partir del cual se cimentaron los corredores de medio fondo y fondo con un claro, visible y sostenido dominio africano. Su desembarco competitivo, acaso, significó un antes y un después definitivo.

Bikila se estima que nació el 7 de agosto de 1932 en Mout, a unos 130km de Adis Abeba, la capital de Etiopía. Se presume la fecha porque conocer con exactitud el nacimiento de una persona en Etiopía, y casi 90 años atrás, puede resultar una verdadera quimera. Máxime, en las zonas rurales donde resultaría una utopía porque los nacimientos se gestaban en las casas y no en los hospitales. Sumado a ello, los padres (el papá de Bikilia era pastor), en gran proporción, no sabían leer ni escribir en un país que, además, posee un calendario diferente al gregoriano (el que se usa mundialmente, salvo casos como China y Etiopía), con 13 meses y que en la actualidad transita el años 2013 (celebran el Año Nuevo cada 11 de septiembre).

Proveniente de una región sacudida por la hambruna y las guerras, Bikila corrió desde siempre descalzo. De chico lo hizo para ir y regresar del colegio, al tiempo que ayudaba a su familia con el ganado. A los 20 años se alistó en la Guardia Imperial del emperador Haile Selassie I en busca de un sustento económico. En plena etapa de dudas sobre su futuro, el sueco Onni Niskanen (un preparador físico contratado por Selassie I), su mentor, le señaló una luz al final del camino. Se conocieron cuando el etíope corrió su primer maratón, tras los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956, los primeros que sufrieron boicots, todos por razones políticas.

Con menos de cuatro años de entrenamiento, Bikila fue parte del equipo nacional en Roma 1960 porque Wami Biratu, la gran estrella de aquel entonces, sufrió una enfermedad infecciosa llamada buyunyi que llena las ingles de fístulas y no pudo competir.

La prueba se desarrolló en la tarde del 11 de septiembre de 1960 para evitar el calor. Y los pies descalzos de Bikila, entre los 69 competidores entre los que estuvieron tres argentinos (Osvaldo Suárez fue 9°; Gumersindo Gómez, 15º y Walter Lemos que abandonó), parecían una anécdota curiosa para los cronistas. Sin embargo, a partir del km 10, el etíope no se despegó más de la punta. Para el km 20, junto con el marroquí Abdessalem Rhadi, se escapó camino a la meta. Cerca de la llegada, en el obelisco de Axum, un monumento expropiado por Benito Mussolini a Etiopía en 1937, Bikila cruzó en soledad la meta en el Arco de Constantino, con un tiempo récord de 2h15m16s. El oro de Bikila fue la primera medalla dorada para África en la historia del olimpismo.

Lo peculiar de su victoria es que lo hizo descalzo porque las zapatillas que le ofrecía adidas, uno de los incipientes sponsors, no las sentía cómodas. Sus pies anchos, alargados y plenos de ampollas por su hábito arraigado de correr sin calzado desde la infancia, soportaron más de 15 km de la prueba sobre adoquines. Hasta Roma, en verdad, nadie había oído hablar de él dado que la cita italiana fue su primera competición internacional. Y, allí, logró romper el récord olímpico del checo Emil Zatopek (la Locomotora Humana) por más de ocho minutos y el del mundo por un segundo.

Cuatro años más tarde, en Tokio 1964, Bikila se convirtió en el primer hombre que repitió el triunfo en el maratón olímpico, en un día en que los corredores tuvieron que soportar casi 90% de humedad. Esta vez con zapatillas (marca Puma) y pese a que seis semanas antes había sido operado de apendicitis. En México 1968 fue por el tercer oro, pero la historia fue distinta. Abandonó en el kilómetro 17 aquejado por la altitud de más de 2200 metros y por permanentes molestias en una pierna. El triunfo fue de su compatriota Mamo Wolde.

Los años siguientes fueron de tragedia para este gran fondista etíope. En 1969 sufrió un accidente automovilístico que lo dejó parapléjico y postrado en una silla de ruedas. Falleció el 25 de octubre de 1973 a causa de un derrame cerebral. A su funeral asistieron casi 100.000 personas, incluido Haile Selassie I, quien decretó un día de luto. Sobre su tumba, en el cementerio de Addis Ababa, se erige una estatua de bronce. 

Con Bikila, la semilla de la supremacía africana ya estaba sembrada. Y su frase “quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, ganó siempre con determinación y heroísmo”, tras su primer oro, quedará enmarcada como un símbolo y un testimonio de la resistencia.