Tiempos de pandemia

África, donde el fútbol se corta por lo más fino

El continente más pobre aguanta la pandemia con un esquema de clubes a punto de colapsar. Sueldos magros, jugadores que trabajan para las empresas dueñas del club, meses y meses de deudas y un esquema endeble. Hoy, la pelota parece lejos de volver a rodar.

Por Nahuel Lanzón

El hilo se corta por lo más fino, aquí, allá y más allá. Más allá siempre es África. Para un terreno en permanente emergencia, los ecos de la pandemia que se venía sonaban lejanos respecto de un año deportivo que asomaba apasionante. Al cierre de una Champions League continental que se alumbraba genial, se le sumaba el Campeonato Africano de Naciones a disputarse en abril en Camerún, más la Copa Africana de Naciones para el fútbol femenino. El peligro del coronavirus parecía uno más para un continente acostumbrado a lidiar todo el tiempo con enfermedades infecciosas graves a lo largo de su territorio.

Sin embargo, tres meses después, la historia es completamente diferente. Con la pandemia extendida por todo el globo, los distintos países africanos tuvieron que ingresar en lockdowns que diezmaron a sus ya pobres y desiguales economías. Como un efecto secundario, las distintas ligas se fueron suspendiendo o cancelando. La de Burundi fue la última en cerrar sus puertas. Hoy no hay fútbol profesional en ninguna región en el continente y los planes para volver son escuetos. Su vuelta, salvo en algunos pocos países, parece lejana.

Lo curioso del caso africano es que la mayoría de los países decidieron restringir los movimientos de sus ciudadanos con unos pocos casos confirmados. La razón evidente: países que ya de por sí tienen sistemas sanitarios débiles y problemas de salud frecuentes, no pueden tolerar una epidemia de este tipo. Mejor cortar el problema de raíz. Jason Kindrachuk lo sabe mejor que nadie. Durante estos últimos años, el doctor en Bioquímica y virólogo por la Universidad de Manitoba (Canadá) estuvo ayudando en diversos países de la región a luchar contra diferentes epidemias como el ébola y desarrolló un particular apego por el continente. Sobre la situación actual de la pandemia en el continente, opina que afortunadamente hasta el momento está “mejor que lo que anticipábamos en un primer momento”. Los casos si bien están subiendo con velocidad en distintos países, no muestran una crecida exponencial de los mismos ni de los fallecimientos, ni tampoco una sobrecarga en los ya frágiles hospitales. “Me mantengo cautelosamente optimista en el futuro cercano de que África como continente va a poder capear la tormenta de la mejor manera”, reafirma.

La preocupación inicial, de todas maneras, sigue latente. La situación sanitaria en África ya era muy precaria antes de sumarle otro dolor de cabeza. La mayoría de los países tienen una capacidad hospitalaria muy pobre y a nivel infraestructura están varios peldaños atrás con respecto a otras regiones, sólo exceptuando a algunas ciudades en particular. Si bien hay mucha experiencia previa por los distintos brotes que viven azotando a los distintos países, Kindrachuk es contundente: “¿Están preparados los distintos sistemas para afrontar una llegada masiva de pacientes con COVID-19? Desde la infraestructura, definitivamente no”. Los números de algunos países lo acompañan. Según The World Bank países como Nigeria, Ghana o Costa de Marfil tienen menos de una cama hospitalaria (no de cuidados intensivos) cada mil habitantes. En otros países la situación es aún más preocupante. Mogadishu, la capital de Somalía, un país devastado por las distintas guerras civiles y una pobreza galopante, sólo posee 15 camas de terapia intensivas y un respirador para más de un millón de habitantes. Mucho peor es la situación de la República Centroafricana, que reportó apenas poseer cinco respiradores para toda la nación. Burkina Faso, un país de 20 millones de habitantes, solo tiene 12 respiradores en todo su territorio. En este contexto, el fútbol queda como un tema menor, replegado en el baúl de aquellas cosas mundanas que hoy el virus nos tiene vedadas. Sin embargo, el fútbol también en África mueve una economía de la que dependen muchas vidas, y hoy su situación es crítica.

Si tuviésemos que definir el fútbol africano de clubes con una palabra, sería desigual. Tanto a nivel internacional, como a nivel interno de cada país, la diferencia entre algunos equipos y otros es abismal. Aunque en la práctica esa distancia puede achicarse, en especial en partidos definitorios o cuando el equipo grande debe visitar al chico, tales diferencias existen y se manifiestan principalmente desde lo económico. Así los clubes más importantes del continente, como el Al-Ahly y el Zamalek en Egipto, el Raja y el Wydad de Casablanca en Marruecos, el TP Mazembe de la República Democrática del Congo, o yendo a Sudáfrica el Orlando Pirates y el Kaizer Chiefs entre otros, suelen estar en una posición económica más holgada. Pues su ingreso de dinero suele estar más diversificado entre contratos de TV, sponsors, venta de entradas y merchandising, masa societaria y hasta ventas de jugadores (más el aporte externo ya sea de algún gobierno o algún millonario de la región). Estos clubes, los primeros en el ranking que todos los años diseña la CAF, son los que suelen llegar a las últimas instancias en la CAF Champions League cada año y también perciben ingresos por esas participaciones. Esto les permite enfrentar esta pandemia con una mayor espalda si la situación no se prolonga demasiado tiempo. Así lo manifiesta por ejemplo el volante del Al-Hilal y la selección de Sudán, Muhammed Mukhtar Al-Qasaba: “Nuestro club no está teniendo problemas para pagar los salarios, pero la inmensa mayoría de los otros clubes están con problemas, y ya lo estaban antes, debido a la crisis económica que atraviesa nuestro país”. El Al-Hilal no es sólo uno de los equipos más importantes del continente, es también dirigido por Ashraf Seed Ahmed, uno de los empresarios más ricos del país vinculado al petróleo.

No todos los clubes subsisten por tener el aporte de algún empresario. Aquellos que están haciendo las cosas de manera correcta y se están filtrando entre los históricos también tienen esa capacidad gracias a una buena administración de los recursos. Es el caso del Simba SC, uno de los grandes equipos en Tanzania, que ha sabido en los últimos años explotar el costado popular del fútbol llevando en promedio 50.000 almas a las canchas. Su CEO, Senzo Mbatha, le explica a Enganche que debido a la crisis aún no han debido recortar ni tienen problemas para abonar los salarios, pero, si el fútbol no regresa para junio, “primero tendremos que cortar fondos en otras actividades y los futbolistas serán el último recurso llegado el caso”. Mbatha se mantiene “optimista” de que el fútbol regresará pronto y así parece haberlo dispuesto el presidente de la nación, John Magufuli. El CEO, por su parte, reconoce que el problema lo están teniendo otros clubes a los cuales la Federación no los está ayudando. Confirma esta versión el futbolista Frank Mayingi, jugador del Mwadui FC. En su caso comenta que su club está retrasado en los pagos y no está abonando los sueldos. “El club no está percibiendo ingresos y eso les imposibilita pagarle a los jugadores”, advierte. Y si bien la comisión directiva se acercó a los futbolistas para decirles que esperan subsanar la situación pronto, por ahora no hay avances reales.

En África es muy común que los equipos dependan de empresas (ya sean estatales o privadas), o entes públicos, como gobiernos provinciales, municipales o dependencias ministeriales. Con distinta suerte, dependiendo el país y del contexto, esto ayuda a mitigar el impacto de la crisis. En Egipto, a excepción del Al-Ahly, el Zamalek y algunos clubes de más renombre, la enorme mayoría pertenece a empresas privadas que pueden afrontar algunos meses de inactividad sin resentirse demasiado. En Etiopía, donde gran parte de los clubes depende de un ministerio o de un gobierno local, esta situación por ahora también se mantiene lejos. El periodista deportivo etíope Firew Asrat le dice a Enganche que su miedo no es el pago de los salarios, sino la imposibilidad de completar la temporada. La liga está suspendida por los siguientes meses y quedan trece partidos restantes. Con la temporada de lluvias a un mes de arribar, los campos de juego no suelen estar aptos y es probable que no puedan disputarse los encuentros. “Seguramente los partidos tengan que suspenderse hasta septiembre, una vez que pase el verano y las lluvias”, precisa.

Diferente es la situación en países como Ghana, Nigeria o Camerún. Conocidos por ser partícipes frecuentes en los mundiales y por sus estrellas de renombre jugando en Europa, sus ligas locales suelen estar por debajo de las principales en el continente. Allí la pandemia los está golpeando con mayor dureza. “La mayoría de los clubes en Ghana dependen de la venta de entradas. Sin partidos, es difícil para ellos actualmente pagar los salarios”, dice el periodista deportivo ghanés Ebenezer Deveerson. Con un salario promedio que ronda los 300 dólares mensuales, y que apenas en el mejor de los casos les permite subsistir, hoy los futbolistas de la liga ghanesa están desconcertados. “Es una situación muy difícil la que estamos viviendo, pero es lo que nos toca luchar”, explica un arquero de un importante equipo de la primera división que prefiere mantener el anonimato. “Esto va a afectar a los jugadores negativamente”, completa. El cuadro no es sólo económico, y está dado también por perder los entrenamientos o incluso la posibilidad de ir a un gimnasio para mantenerse en forma. El futuro tampoco asoma promisorio. La liga se mantendrá suspendida hasta Junio, sin acuerdo entre los equipos sobre cómo retornar. En Camerún, el equipo más importante, el Coton Sport de Garoua es el único con apoyo estatal y el único que, por ahora, se mantiene abonando los sueldos (que, en promedio, rondan los $250 dólares mensuales). El resto de los conjuntos de la primera división, aquellos que abonan sueldos a sus futbolistas, ya se encuentra actualmente discutiendo una rebaja.

Nenes observan a Brian Musasia Wanyande realizando su graffiti en el barrio popular de Valle de Mathare en Nairobi, Kenia

En Nigeria la situación es similar. Con la temporada ya cancelada antes incluso de la cuarentena impuesta por el gobierno (flexibilizada recientemente por los desbordes producidos en las principales ciudades), los clubes comienzan también a tener problemas para abonar salarios. Si bien en su gran mayoría son propiedad de las distintas provincias o ciudades, ya en el pasado aducían problemas para pagar el sueldo mínimo que fijó la Liga Profesional: $500 dólares. Hoy, estos gobiernos están destinando los fondos que normalmente vuelcan a sus clubes para “combatir la pandemia”, dice no sin una pizca de desconfianza el periodista nigeriano Tosin Holmes. Y agrega que la Federación Nigeriana no está ayudando en la situación, ya que los fondos que destinó la FIFA a las distintas federaciones para paliar la situación salarial de los jugadores no están llegando a donde tiene que llegar.

Otro país que está con problemas a pesar de tener una liga local importante y desarrollada para los estándares es Kenia. Sus dos equipos más importantes, el Gor Mahia y el AFC Leopards, los gigantes de Nairobi, ya venían con dificultades económicas antes de la pandemia. Con la suspensión de la liga, los equipos dejaron de percibir ingresos por la venta de entradas. El tesorero del Gor Mahia, Sally Bolo, anunció que los jugadores podían quedar en libertad de acción ya que no se les estaban abonando los salarios. La situación se agrava en los clubes más modestos, que en muchos casos ya no pagaban a sus jugadores antes de la pandemia y ahora corren serios riesgos de desaparecer. Esto no es nuevo. Algo muy extendido a lo largo de toda África es que aquellos clubes que son administrados por empresas contraten a sus futbolistas con trabajos en sus rubros. Si bien esto daría una cierta sensación de “alivio” en el corto plazo, lo cierto es que con muchos países bajo cuarentena, el futuro de esas empresas también depende de que les permitan volver a trabajar cuanto antes.

En este contexto, todos los clubes, grandes o no, privados o estatales, refieren más o menos el mismo concepto: la necesidad de que el fútbol vuelva lo antes posible. Quizás allí habite una mayor urgencia, pero no deja de ser una situación que no dista mucho de lo que ocurre en otras partes del globo. Si bien la FIFA y la CAF están destinando fondos extraordinarios para contribuir a la situación económica de los clubes, y por extensión a la de los jugadores, la ayuda queda lejos de ser suficiente. Que la pelota ruede, hace que ruede también toda una economía que la sustenta y le permite seguir. Con muchas ligas suspendidas o canceladas, ¿qué tan viable es un pronto regreso? Por ahora, salvo contados países, no hay un mapa claro. La mayoría de las federaciones atan sus decisiones a las decisiones sanitarias gubernamentales. Respecto a una salida de la cuarentena, Jason Kindrachuk es contundente: “Los países que comiencen a distender las restricciones de movimiento, deben acompañar eso con un incremento en la capacidad de testear y rastrear contactos”. De lo contrario, se corre el riesgo de tener al virus circulando subrepticiamente y darse cuenta cuando ya es demasiado tarde. ¿Tienen los países africanos la capacidad para hacerlo? Esa pregunta es la que Jason Kindrachuk no puede responder. “Lo iremos sabiendo en la medida que vayamos relajando las medidas”, contesta y sugiere que esta pregunta tampoco la pueden responder a priori naciones más avanzadas. “Es la pregunta del millón de dólares”, enfatiza. Pero en esa duda existe implícito un riesgo demasiado difícil de asumir, pero que semana a semana, y a medida que la pandemia avanza, se va haciendo más imperativo asumir. En ese contexto, pareciera que el fútbol puede esperar. Pero una inspección más cercana nos muestra que no tanto. Tanto en África como en el mundo.