El día que...

Al Rifle que no le importó ser millonario

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Un secreto, un llamado, un ofrecimiento de dinero increíble y una respuesta que cambió la historia: Fernando Pandolfi a los tirones entre Boca y River.

Por Jorge Baldino

Pedro Pompilio, por entonces presidente de Boca, está sentado detrás de su escritorio, en una pintoresca oficina en la Bombonera. Está a punto de cerrar un refuerzo de categoría para los xeneizes. Los actores que completan la escena son Fernando Pandolfi, la estrella en cuestión; Daniel Comba, representante del jugador y también Carlos Pandolfi, padre del futbolista. Está todo listo para la firma del contrato. Era apenas un trámite. Una lapicera, una rúbrica y final de la novela. Hasta que en el despacho presidencial rompe la armonía el sonido de un teléfono celular…

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Fernando debutó en la primera división en 1994, con la camiseta de Vélez, allí en Liniers, en la casa que lo recibió desde muy pibe y en la que realizó todas las divisiones inferiores. Delantero fino, elegante, muchas veces comparado con Enzo Francescoli por sus características físicas y futbolísticas. Pero también flaco, algo desgarbado, con mucha técnica, y una alta dosis de potrero. Desde su primer paso en el fútbol grande hasta el año 2000 (con un breve paso de seis meses por Perugia, de Italia, en 1997) ganó tres torneos locales y tres internacionales: Copa Interamericana 96, Supercopa 96 y Recopa 97. Es decir, una carrera envidiable y que muchos futbolistas no logran obtener.

Pero también el camino de la pelota  presenta diferentes situaciones que, por momentos, ponen a los protagonistas ante momentos que quizá nunca imaginaron.

A mediados de 2000 el técnico de Vélez era Julio Cesar Falcioni. A pesar de haber tenido buenos rendimientos durante 1999 (incluso había sido citado por Marcelo Bielsa a la selección de la Argentina), el Rifle sabía que no tendría lugar en el equipo. Esa información voló y llegó con la velocidad de la luz hasta el barrio de la Boca. En Bransen 805 había un viejo conocido suyo: Carlos Bianchi. El Virrey era una persona especial para Fernando. Fue el técnico que le dio la posibilidad de caminar por la elite por  primera vez y con el que siempre se sintió protegido. 

“Carlos me llamó y me dijo que me quería. Como supuestamente lo iban a vender a Román (Riquelme) y a Martín (Palermo) y yo podía jugar tanto de enganche como de delantero, iba a ser un buen recambio para el equipo. Lo único que me pidió fue que no le dijera nada a nadie hasta la firma del contrato. Quería reserva absoluta. No me lo olvido más. La llamada fue un jueves y el contrato se firmaba el lunes por la noche. Obviamente no dije nada”, recuerda Pandolfi. Pero de todas formas la noticia se filtró y ya el lunes por la mañana comenzó a circular el rumor de su desembarco en la Boca.

“Fernando: no firmes con Boca. Acabo de hablar con Aguilar (José María, en ese momento tesorero millonario) y te quiere en River. Dice que ya habló con los integrantes de la Comisión Directiva y están decididos a contratarte. Te ofrecen el doble de lo que te dan en Boca. No seas tonto Fer, vas a ganar mucho más”. En el momento menos indicado, Pandolfi recibe el llamado de un amigo suyo, Diego, para hacerlo cambiar de parecer.

Escucha el ofrecimiento, pero no se permite pensarlo siquiera. Corta el teléfono y sigue adelante con la firma de su contrato. El Rifle ya tenía la mira puesta y, fiel a su estilo, nada lo iba a modificar.

“Lo mandé a cagar”, contesta entre risas, cuando se le pregunta cuál fue la respuesta que le dio a su amigo después de ese momento. Durante la reunión también sonó el celular de su padre, Carlos, para que haga entrar en razón a su hijo y lo pueda convencer para jugar en River. Ese llamado tampoco tuvo aceptación. Si bien en varias oportunidades su nombre sonó en los pasillos del Monumental, el interés nunca fue tan fuerte como en aquella ocasión. “No podía dejar plantado a Bianchi. Fue una persona muy importante en mi carrera. Nunca lo hubiese hecho, ni loco. Tampoco me gustó que desde River quisieran ensuciar las cosas así. Eso no se hace, no está bien. Tuvieron la posibilidad de contratarme en otras ocasiones y siempre se decidieron por otros jugadores. No me importaba que me ofrecieran más guita. Yo jugaba al fútbol porque era mi pasión, no me movía por la plata”.

En esa escena que entra en el universo futbolero con fuerza, lo que terminó de inclinar la balanza en este relato tuvo que ver con el corazón. Más allá del dinero, para Fernando llegar a Boca fue cumplir el sueño que tuvo desde chico: jugar en el equipo del que es hincha. “Hasta los ocho o diez años recuerdo que era muy fanático. Más que nada por el “Tigre” Gareca y por Maradona, en la época del 81. Mi viejo me hizo hincha, aunque nunca me llevaba a la cancha. Tal vez porque era futbolista y no quería que se lo asociara con algún club. Después, cuando uno se convierte en profesional, el fanatismo se pierde bastante”, reflexiona.

La apuesta resultó tan gratificante que el haber podido ser un “millonario” es una anécdota para el café de la pelota. En Boca vivió uno de los mejores momentos de su carrera: fueron tan solo 12 meses, pero de los más intensos porque ganó el Torneo Apertura 2000, la Copa Intercontinental de 2000 (contra el Real Madrid) y la Libertadores de 2001. Pero a mediados de 2001, Bianchi le comunicó que el club no iba a comprar su pase (estaba a préstamo) y debería volver a Vélez. “Siempre lo admiré mucho a Carlos: como a un padre. Había mucho respeto y también una especie de distancia; por eso, nunca se me hubiese ocurrido exigirle o pedirle nada, no tenía esa confianza”.

El tiempo del Rifle como jugador xeneixe se extinguió sin que el Virrey pudiera interceder en la compra de su pase. “Me dijo que era una pena que no siguiera. Que si hubiera rendido un poco más los últimos tres meses que estuve en el club hubiese hablado con los dirigentes para que me compraran. Me lo informó como un padre a un hijo: lamentándose por esa situación. Siempre tuvimos una relación excelente, de mucho cariño, muy sincera”.

Cuando volvió a Vélez sintió que su tiempo dentro de una cancha ya estaba terminado. Se retiró a los 27 años, asqueado del ambiente y la hipocresía del fútbol, para formar su banda de rock. Pero esa es otra historia. “Tuve mucha suerte en mi carrera. Tanto en lo profesional como en mi vida en general. Me considero un tipo afortunado”, dice Pandolfi, con el desparpajo natural que lo caracteriza y con la misma convicción que tenía para definir un partido o desechar una oferta millonaria. Siempre se manejó de la misma manera, dentro y fuera de la cancha: con la mira bien calibrada y con determinaciones ajustadas.