Alberto Demiddi

La máquina que odiaba perder

Alberto Demiddi, considerado como el mejor remero de la historia argentina, es uno de los deportistas más reconocidos a nivel mundial. Su historia está signada por grandes triunfos; sin embargo, su logro deportivo más resonante también se convirtió en su peor pesadilla.

oAlberto corrió con todas sus fuerzas. Tal vez como nunca más volvió a hacerlo en toda su vida. Esa noche rosarina lo marcó a fuego. Corrió con todas sus fuerzas porque tenía un motivo: su padre lo perseguía. Lo había visto fumando en la puerta del cine. Lo alcanzó casi llegando al Monumento a la Bandera. Alberto tenía 14 años, pero nunca más olvidó ese momento. Porque a partir de ese día, su vida cambió, para siempre.

En ese entonces, el pequeño Alberto nadaba. Se trataba de un mandato familiar. Es que el primer Alberto, el padre, el Demiddi mayor, un hombre muy recto y disciplinado, había aprendido a nadar en las aguas romanas del río Tíber. En su juventud había sido campeón italiano de aguas abiertas. Antes de que la Segunda Guerra Mundial estallara sobre Europa, dejó Italia para afincarse en Mar del Plata. Alberto, ahora se trata del hijo, también nadaba bien; en realidad muy bien. Antes de esa noche bisagra, ya había salido campeón en dos oportunidades en los 400 metros representando a Newell’s Old Boys, club en el que se entrenaba asiduamente, con su padre marcándole el camino como entrenador. De tanto ir, terminó convirtiéndose en un leproso más.

Pero esa noche rosarina marcó el final de su relación con la natación. Su padre dejó de entrenarlo y él, enojado por esa disputa, comenzó a fijarse en otros deportes. Practicó muchas actividades, pero en ninguna se sintió cómodo: desde atletismo y básquet, pasando por el tenis criollo (segundo deporte nacional detrás del pato) hasta el frontón. Tiempo después, ya pronto a finalizar el secundario, su padre recibió el consejo de una persona que, con el tiempo, se convertiría en alguien muy importante y cercano en la vida de Alberto: Napoleón Sivieri, el presidente del Club de Regatas Rosario. Le dijo que quería que su hijo se probara en remo. Alberto fue, tal vez sin imaginar todo lo que vendría después, tanto en lo deportivo como en lo personal. Comenzó a practicar en la categoría de ocho integrantes, pero rápidamente se dio cuenta que lo suyo era competir en soledad, en la modalidad single scull. Su fuerte temperamento y autoexigencia fueron algunas de las claves para ese cambio: no se permitía tolerar errores. Menos los ajenos. “Siempre fui muy jodido, con un carácter de mierda”, admitió en muchas oportunidades el hombre que más tarde se iba a convertir en una leyenda del deporte. A partir de ese momento, las aguas del río Paraná se convirtieron en su mejor aliada; el bote en su mejor compañero y los remos en una extensión de sus brazos.    

“Comprendí enseguida que se trataba de un deporte duro, como pocos”, le dijo a la revista El Grafico. Pero para Alberto esa exigencia nunca fue un problema: su padre le había inculcado la cultura de la disciplina y el trabajo. Se forjó bajo el ala de Mario Robert, tal vez el mejor entrenador de la historia del remo argentino. Un hombre estricto, con el que no había medias tintas. “O ibas para adelante o te mandabas a mudar y llegabas a la conclusión de que el remo no era para vos. Mario era hiriente muchas veces, pero si hubiera sido distinto, no hubiese conseguido tan buenos resultados”, llegó a reconocer en una entrevista para el diario La Nación, en septiembre de 2000. 

Sus logros comenzaron a llegar por decantación: primero campeón argentino, luego sudamericano, panamericano, europeo, medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México 1968 y, finalmente, campeón mundial en St. Catharines, Canadá, en 1970. En 1971, el río Támesis fue testigo de su victoria en la Regata Henley, catalogada como la más tradicional del mundo. Alberto ya había dejado de ser Alberto: sus rivales lo apodaban “La Máquina”, por su físico potente y fibroso, que se sumaba a una mentalidad extremadamente ganadora. Una máquina ensamblada en la más perfecta armonía, programada para conseguir solamente un objetivo: la victoria. Sin embargo, nunca disfrutó demasiado de los triunfos. Tal vez por herencia de su padre, por su carácter obstinado, por su mal genio o, simplemente, porque ganar era algo habitual. Lo que siempre tuvo claro es que perder era lo peor que le podía pasar. Lo detestaba, era una carga insoportable. La palabra derrota no aparecía en su diccionario. 

Llegó a los Juegos Olímpicos de Münich 1972 como el gran candidato a quedarse con la medalla de oro. Era lo único que le faltaba en su palmarés. En las series clasificatorias no dejó dudas: ganó por varios segundos de ventaja. El 2 de septiembre, día de la final, el país estuvo pendiente de él. Fue el único evento de esos Juegos que se transmitió en directo para la Argentina, por Canal 7. José María Muñoz lo narró por Radio Rivadavia. Sin embargo, Alberto no pudo contra el soviético Yuri Malishev, que le arrebató el oro que tanto deseaba. “Me ganaron bien. Simplemente me pasó algo muy íntimo: hacía mucho tiempo que no perdía y ya estaba desacostumbrado a mirar las cosas desde abajo”, declaró luego de bajarse del podio en Alemania, casi al borde de las lágrimas con la medalla de plata entre sus manos. Años más tarde, su madre, Sara Gabay, le confesó que su padre había viajado a ver la final de los Juegos de Münich, pero no quiso entrar porque tuvo miedo de darle mala suerte. “Alberto tiene una fuerza interior tan grande que lo empuja a que realice todo lo que él quiere. Es algo extraordinario. Es una fuerza que ni siquiera yo, como su madre, puedo definir”, decía Sara, orgullosa, en agosto de 1971, un año antes de que su hijo compitiera en Alemania, a las cámaras del Canal 3 de Rosario. Pero en algunas oportunidades también la pasaba mal. “Sufro mucho cuando él rema, porque pienso que su esfuerzo puede traerle consecuencias. Su desgaste es muy grande. Vivo rogando e implorando por él”, confesaba.

La misma noche en la que perdió esa final, escribió una carta desgarradora, en carne viva. “Hoy quiero averiguar dónde está el cementerio más cercano, para patear lápidas y tumbas durante algunas horas y si me caigo por ventura en alguna fosa abierta, mejor que mejor”, decía el primer párrafo, impregnado de impotencia. En otro pasaje destilaba bronca y dolor: “Hoy había un tipo que anduvo mejor que yo, que me encontró con un estado físico superior al de otros años, que no obstante me ganó sin atenuantes. Esto es lo que me quema por dentro y me destroza el corazón”. Alberto nunca se pudo perdonar ese segundo puesto. Se lo reprochó hasta sus últimos días. 

“A mi viejo no le gustaba hablar sobre la regata de Munich. Para él fue una frustración muy grande”, le cuenta a Enganche desde Tarragona uno de sus hijos, Alejandro. A finales de 2004, luego de vivir un episodio de inseguridad en el país, junto con su mujer decidieron emigrar a España. En ese momento, se desempeñaba como entrenador de la Selección Argentina de remo, pero su búsqueda por tener una mejor calidad de vida lo hizo buscar otro destino. Desde septiembre de 2005 se desempeña como entrenador en el Real Club Nàutic de Tarragona, donde consiguió resultados muy exitosos. “De todas formas, a pesar de haber conseguido una medalla de plata en esos Juegos, para él sus dos campeonatos europeos y el Mundial de 1970 en Canadá fueron sus regatas más brillantes y exitosas. Incluso, decía que la carrera que recordaba con más alegría fue el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964, con 20 años”, evoca. 

Luego del retiro, volvió a Buenos Aires. Pero aún hoy sigue siendo un hijo pródigo de Rosario. “En algunas pequeñas cosas te dabas cuenta la dimensión de su figura: por ejemplo, te subías al colectivo y no le cobraban, o ibas a comprar algo y le preguntaban si era él. Si bien era un ídolo de un deporte minoritario, era una persona bastante conocida en todo el país, no sólo en Santa Fe”, indica orgulloso Alejandro.

En junio de 2015, el hall de la estación fluvial de Rosario pasó a llamarse Alberto Demiddi. “Por sus valores humanos y deportivos, por su carácter y personalidad forjados en nuestro río Paraná, reconocemos en este gran campeón un ejemplo a seguir”, reza la placa conmemorativa que luce junto con su bote y sus remos, a la vera de ese río que lo vio dar sus primeras brazadas y se convirtió en su hábitat natural. Alberto siempre se sintió un rosarino más. El día de su casamiento, el 19 de febrero de 1973, le decía al Canal 3: “Por motivos deportivos y de trabajo debo alejarme de la ciudad, pero quiero expresarle mi profundo agradecimiento a toda la gente de Rosario por estos doce años de gloria, no solo deportiva sino también por la forma en que me han tratado. De una forma u otra, desde Buenos Aires pienso seguir representándola lo mejor posible, como lo vengo haciendo”. Alberto se despedía de su lugar en el mundo con los ojos húmedos, mientras Silvia Sivieri, su reciente esposa, lo miraba y acompañaba. El padre de Silvia, su flamante suegro a partir de ese momento, no era otro que Napoleón Sivieri, el mismo que le había recomendado que se dedicara al remo, cuando era adolescente.

Su vida siguió siempre ligada al remo: durante muchos años fue entrenador en el Club Regatas de La Marina, en Tigre. En reiteradas oportunidades tuvo ofrecimientos para estar al mando de la selección nacional, pero su constante búsqueda de la perfección chocaba con la burocracia y obstáculos dirigenciales que se replican por estos días. “El viejo tenía un carácter muy fuerte. Seguramente, sin esa personalidad y forma de ser no hubiese llegado ni a la mitad de sus éxitos deportivos. No tengo dudas de eso. Él era lejano con la gente que no le caía bien. Siempre decía que la gente buena se junta con la gente buena y que la mierda se junta con la mierda. Y tenía razón”, desliza su hijo.

Tal vez por eso nunca tuvo demasiados amigos. Esos con los que se puede estar espalda con espalda, sin tener la necesidad o el temor de mirar hacia atrás. Alberto nunca negoció los grises: las cosas eran blancas o negras. Su propio hijo lo vivió en carne propia cuando fue su entrenador. Era una relación dura, que muchas veces sufría toda la familia. No podía separar lo profesional de lo personal: su rigidez no admitía equivocaciones. “Si teníamos un día en el que el entrenamiento no había sido bueno, él estaba en casa apagado, con cara de culo, porque las cosas no habían salido como quería. Eso lo sufrimos todos, mis hermanos -son cinco en total- y mi vieja también. Esas actitudes te pintaban la responsabilidad y la pasión que tenía por la profesión”, recuerda Alejandro. 

Alberto Demiddi murió el miércoles 25 de octubre de 2000, a los 56 años, producto de un cáncer de estómago que se llevó al remero más importante de la historia argentina. Cada 11 de abril, día de su nacimiento, se conmemora el “Día Nacional del Remero” en su honor. En 2018, durante los Juegos de la Juventud de Buenos Aires, una de las calles de la Villa Olímpica llevó su nombre. “Tenerlo como padre fue un regalo del cielo: mi viejo fue un grande de verdad. Nos genera un orgulloso enorme. Sin decirte las cosas, solo con una mirada, te enseñaba como era la vida. Personalmente yo tengo que agradecerle todo lo que influyó en mi carrera profesional, porque en su gran mayoría se lo debo a él”, dice Alejandro, sin ocultar su emoción.

Alberto Demiddi es considerado uno de los deportistas argentinos más reconocidos a nivel mundial. Su carácter, convicción, profesionalismo y valores humanos dejaron una huella imborrable, más allá de sus gestas deportivas. “Hace poco estuve en Mónaco, con mi club, para una regata de remo de mar –dice Alejandro-. Cuando llego, me reciben el presidente del otro club, un hombre de la edad que ahora tendría mi viejo, unos 71 años, junto con el entrenador. En un momento se ponen a charlar entre ellos, en francés, y decían algo sobre mi apellido, mirando los papeles de mi inscripción en el torneo. Creo que ni se imaginaban quién era yo. Cuando se los dije, el presidente del club casi se pone a llorar. No lo podía creer. Me decía que mi viejo era un Dios, un modelo a seguir como deportista. Hasta hicieron una estampilla especial con su imagen. Eso generaba (y todavía genera) el nombre de Alberto Demiddi”.