Alejandro Dolina

El hombre sensible que extraña a Riquelme

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El escritor recibió a Enganche en el living de su casa para una charla en la que el fútbol fue el máximo protagonista. Messi, Román, Maradona, Cristiano, Liverpool, Iniesta, Guardiola y más en la voz de una figura que lleva la pelota al pie y siempre por abajo.

La casa de Alejandro Dolina es, sin vulnerar privacidades, exactamente lo que uno de imaginaría que puede ser la casa de Alejandro Dolina. Su mesa, como un campo de juego, se extiende amplia entre diversos tronos de posible conversación ante los que el protagonista se para, mira la distribución armada previamente y, claro, elige otra. El vaso de la cabecera se mueve al medio como un enganche que busca oxígeno lejos del volante central y pasa a redimirse armando el juego desde atrás, con la pelota en los pies. Dolina toca. Se familiariza con la charla. Precalienta. Da y devuelve. Al rato, el calor de su voz de medianoche va transformando a ese duelo entre la llovizna y la tormenta de una tarde de martes en un interminable paseo al sol. El que lleva la diez levanta la cabeza y da un recital que dura casi una hora. El Negro y el juguete de los dioses rodando ahí, en el césped imaginario de una conversa para el recuerdo.

-¿Por qué el fútbol sigue teniendo poder a la hora de contar historias?

-El fútbol tiene una penetración muy grande en la sociedad, básicamente, a partir de su difusión por todos los medios. Es muy difícil que haya un momento o un día donde no se esté jugando. El aficionado está prácticamente todos los días viendo un rato de fútbol. Eso se filtra en la vida de las personas. Las informaciones del fútbol están, además, siempre presentes. Es aquello de lo que se habla. El fútbol ha crecido en su penetración en la gente y en su valor metafórico más que nada porque está mucho más difundido que antes. Antes no se hablaba tanto de fútbol. Era un deporte importante como es ahora, pero no era tanto. Creo que el universo se ha futbolizado. Los periodistas, los escritores y los filósofos, cuando quieren explicar algo, utilizan una metáfora vinculada al fútbol. Personalmente, creo que en ese maridaje entre la literatura y el fútbol, sale ganando el fútbol. El fútbol prevalece sobre la literatura. Los escritores que escriben sobre fútbol finalmente terminan arrebatados por un lenguaje futbolístico, más que por uno literario. Es más fácil encontrar un lenguaje futbolero contando a la vida, que encontrar a un lenguaje de la vida contando al fútbol. El fútbol siempre le gana.

-La paradoja es que hay cada vez más material sobre fútbol y el juego sigue durando y conteniendo lo mismo: 90 minutos. ¿Qué te ocurre con eso?

-A mí me aburre mucho todo lo que rodea al fútbol. La previa, por ejemplo. Una hora antes del partido aparece el periodismo deportivo con algunas informaciones que tal vez te puedan llegar a interesar, pero que, en general, vuelven a todo el entorno un poco pesado. Hay muy buenos periodistas deportivos, pero la inercia general hace que el medio se vuelva aburrido. ¿Por qué? Porque hay mucha necesidad de cubrir horas. Si vos tenés que hablar las 24 horas de fútbol, vas a saber, seguro, que en 21 de esas horas van a ser repitiendo cosas o diciendo cosas que ya sabías, o simplemente estirando. O convirtiendo en grandes noticias a cosas que no lo son. Y se debate si fulano está lesionado. Y uno dice que tiene para una semana. Y otro que para dos. Hay un formato cuya existencia es necesario analizar, porque creo que es un fenómeno comunicacional interesante. Allí todo se vuelve colectivo. Son debates en los que se vuelve muy difícil escuchar, porque no está muy usada la técnica televisiva que indica que hay que escuchar mientras habla otro. Y eso me fastidia un poco. Pero hay muchos de estos periodistas de panel que son muy buenos.

-No deja de estar pensado con cierta teatralidad todo eso.

-Sí, tiene esa concepción. La teatralidad del periodista deportivo en televisión requiere de una multitud de voces. Uno está deseando escuchar a un tipo y por ahí no se lo escucha tanto, porque entre tantas voces al mismo tiempo todas pierden su valor.

-¿Qué periodistas te gustan?

-A mí me gustan los periodistas que han sido jugadores. Me gustan los comentarios futbolísticos. El tipo del que más disfruto escuchar de fútbol es Ángel Cappa, al que siempre cruzo en Madrid. Es un hombre que maneja el arte de la conversación, es agudo e inteligente. Otro es Diego Latorre, por ejemplo. Me gustan sus consideraciones sobre el juego en sí. A mí me gusta eso: el juego en sí. Después, lo otro no me interesa tanto. Si está mal fulano con sultano o lo que sea, no me importa.

-¿Tu afición es el juego puro y duro?

-Es que a mí me divierten mucho los descubrimientos estratégicos. Me gusta ver el juego. La liga de Inglaterra y la de España, que son las dos que están por encima de todas. Por ejemplo, el otro día estaba viendo Real Madrid-Atlético, en lo que podría haber sido un cero a cero antipático, pero fue un cero a cero vibrante y fantástico. Y después, inmediatamente, vi Roma-Inter. Dos muy buenos equipos, pero con un nivel que no era el mismo. No era tan bueno. En este momento histórico, en algunos lugares del mundo, se juega como nunca se jugó. El Barcelona de Messi, el City de Guardiola, el Real Madrid de Zidane y, hoy, el Liverpool de Klopp son equipos que juegan un fútbol mejor que el que se jugaba hace 20 años, 15 años o 10 años. Desde la llegada de Guardiola al Barcelona, con la aparición de Iniesta, Xavi y Messi, desde ahí en adelante se hace un fútbol que nunca se vio.

-Eso tiene dos costados. De alguna manera, el negocio junta a los grandes talentos en pocos lugares. A su vez, da la impresión de que el fútbol se ha colectivizado en el sentido táctico casi que como nunca. Tenemos un juego necesariamente colectivo, mientras que antes tal vez había individualidades que con su sólo peso generaban destellos.

-Tanto es así que yo creo que los grandes ídolos, esos que recuerdan los viejos, seguramente que podrían rendir en estos equipos, pero parece que aquello era una cosa más personal. Por ejemplo, Ángel Labruna o el Charro Moreno. Seguro que tipos que jugaban así podrían ser parte hoy del Barcelona, pero lo que no había en aquel entonces era una continuidad de ese buen juego. Y, en general, lo que uno veía era peor. Por ahí Ángel Rojas hacía una jugada que si vos la recortabas era fenomenal, pero era un fútbol de momentos, no era tan técnico. Al menos no el que yo vi. Algunos viejos hablan de la Máquina de River, pero ellos sabrán. Creo que de Guardiola para acá hubo un regreso al jugar bien. Uno recuerda partidos, incluso antes de Diego Maradona, que eran tremendos de malos. Había equipos que tal vez tenían una forma de jugar eficaz como el Ferro de Griguol, pero sabés cómo eran la mayoría del resto de los partidos, eran con un pelotazo del arquero y uno que iba a cabecearla y no terminaba más. El tiki tiki no era bien visto. Y yo creo que desde la llegada del Barcelona de Guardiola se encontró la eficacia del tiki tiki. Al final se dieron cuenta de que tipos como Iniesta, que gambeteaban y tocaban e iban armando, eran la verdad del juego y no el tirar un pelotazo desde el arquero y ponerse la mano de visera para ver qué pasaba. Porque antes en la mitad del tiempo estaba ocurriendo eso.

-Eso destierra la supuesta moral en jugar bien o jugar mal, al menos en términos de buenos y malos. El negocio entendió que el mejor espectáculo es el más atractivo.

-Es que, además, si jugás bien tenés más posibilidades de ganar. Es conveniencia. Después, y esto rara vez se dice siendo tan obvio, si vos no tenés jugadores podés diseñar un plan o una forma de juego para ver si podés ganar con los escasos elementos con los que contás. Y ahí es lógico, ponemos cinco atrás y vemos qué pasa. Pero como lindo de ver, no, no es lindo. Es para jugar cuando no tenés mucho. Cuando uno tiene un equipo flojo, entonces claro que tiene que jugar así. No se puede jugar a que venga un ñato que apenas puede llevar la pelota y pedirle que haga la de Iniesta, porque se va a caer a la primera gambeta. Pero si tengo un equipo de grandes jugadores, no voy a hacer eso. Salvo que, como a algunos técnicos, eso sea lo que te guste y no lo otro.

-Hablamos de belleza y de efectividad y acaso el corolario de eso sea Leo Messi. ¿Qué te pasa con él?

-En principio, me encanta ver cómo juega, porque está por encima de todos los demás. Me parece que sólo es comparable a Maradona. Y es distinto. Maradona era más emocionante y más épico. Y luchaba contra mayores dificultades. No jugaba en el Barcelona de Iniesta. Jugaba en el Nápoli de Careca, un equipo más bien ríspido. El Nápoli de Diego no jugaba como el City de Guardiola. Maradona tiraba los centros y los cabeceaba él. Tenía, además, plásticamente, una forma de moverse más atractiva y espectacular. Pero Messi tiene una eficacia que probablemente no la ha tenido nadie. Usted lo mira avanzar y va por la derecha, hace una diagonal y, esto lo hemos visto mil veces, sigue para el costado, ve un pequeño hueco y pum, la mete ahí. De tres tiros, dos son goles. Los tipos saben que va a hacer eso. No inventa mucho. Cada tanto hace una cosa impensada, pero no necesita inventar cosas raras, porque lo que hace él es tan superior, tiene una velocidad de piernas tan superior, una precisión y una pegada tan superior, que no tiene que engañar a nadie. Le tirás la pelota al costado y te la mete en el ángulo. ¿Qué engaño te va a hacer? Tiene tanta superioridad que ni siquiera necesita mucho amague. El tipo te dice que va a ir por ahí y va y gana.

-Alguna vez Jorge Valdano dijo que Cristiano Ronaldo era el superhombre atlético que el negocio esperaba y que Messi era la figura opuesta en un chiquitito que no crecía, que físicamente era poco y que aún así tenía la esencia del juego en los pies. ¿Coincidís?

-Todos hemos creído ya desde hace mucho que el fútbol era la revancha de los gorditos. O de los flaquitos enclenques. En cualquier otro deporte, si no medís 1.80 y tenés 80 kilos y no estás lleno de músculos, no jugás. Y en el fútbol por ahí aparece un tipo que es medio gordo, que no es muy veloz y que es lo contrario a un atleta y resulta que es un crack. Después, el profesionalismo de hoy hace que esos tipos bajen diez kilos o suban músculo y los van armando. Vos lo veías al gordito que jugaba con Pelé, a Coutinho, y no lo elegías. O vamos a jugar un partido de aficionados y viene Iniesta, que parece un oficinista medio pelado y lo elegís octavo.

-¿Y Cristiano qué es?

-Yo creo que es un punto menos que Messi. Es un hombre al gusto del criterio estético del deporte actual. No tiene los talentos de Messi, pero ahí está. Y un punto no es un escalón, eh. Está ahí nomás, abajo. Es extraordinario. Tiene otros recursos. Messi no salta dos metros y clava un cabezazo al ángulo. Y tal vez Cristiano no necesita jugar como Messi. Había un campeón de billar, Raymond Ceulemans, que vino a jugar a la Argentina y que era un tipo que no se equivocaba nunca. Era aburrido para los billaristas, porque no fallaba jamás. Y alguien le dijo: “¿Por qué no tira massé?”. Massé es una jugada espectacular con el taco arriba que hace que la bola haga un movimiento de ida y vuelta que a veces es necesario. Y le insistían: “¿Usted no sabe tirar massé?”. Y el hombre les respondió: “Es que no lo necesito”. El jugador perfecto no necesita hacer chilenas. En el equipo perfecto, además, nunca te van a tirar una pelota atrás de donde estás parado en una altura que no es la de la cabeza ni nada. Si todos los pases son buenos, no hay lugar para chilenas.

-Pienso en tu permanente amor por Riquelme. ¿Cómo te llevás con la nostalgia respecto de los buenos futbolistas que ya no juegan?

-Yo trato de luchar contra la nostalgia, porque es una forma de pensamiento inmovilizante. Uno escucha a esos viejos que se juntan en una pizzería y empiezan a hablar: “Antes era distinto”. Y antes era una porquería. Y en general es así. La vida es un poco mejor que hace 50 años, por más que sucedan desgracias. La gente se muere menos. La gente se enferma menos. Después podríamos hablar. Y en el fútbol pasa igual: se juega mejor ahora. Pero ahí se produce lo siguiente: mi vida es mejor ahora que lo que era cuando yo era chico, pero igual mi papá se murió. Entonces, cuando uno hace un juicio sobre el pasado no puede evitar ese chantaje sentimental de recordar a los muertos queridos. O de recordar que tenías 10 años y ahora tenés 60 y sabés que te queda menos. Uno tiende a mejorar el pasado en el recuerdo. Yo trato de no hacerlo, pero no puedo evitar con el fútbol un sentimiento muy parecido al que uno tiene cuando añora a los seres queridos que se han muerto. Y dejar de jugar, lamento decirlo, es también una forma de partir. Y uno piensa: ¿Qué mundo es este en el que Maradona no juega? ¿Por qué no juega Ernesto Grillo? Y es ese sentimiento inevitable de la nostalgia. Eso no es racional y en general inmoviliza. En el fútbol es donde más me lo permito.

-Con Riquelme, sobre todo, nos pasa. Increíblemente, vemos sus notas como si fueran partidos.

-Las notas son como sus partidos. Yo creo que pocas veces he disfrutado tanto como viéndolo jugar. Y eso que nos perdimos al mejor Román, que creo que fue el del Villarreal. Lo vimos menos. Claro que acá hizo lo que hizo y ganó lo que ganó. Yo disfruto de la astucia, de la inteligencia estratégica y, sobre todo, del pensamiento colectivo. A mí los jugadores como Román o como Zidane me hacen más dichoso que los jugadores como Ronaldo. Los veo pensar. Los veo economizar movimientos. Los veo, con menos, hacer más. Esa clase de inteligencia me gusta mucho más que la de un tipo que la agarra por la punta y con gran velocidad gambetea a cuatro. Eso también me gusta, pero menos.

-¿Eso es estilo?

-Sí. A mí en ese sentido no me gusta tanto el Liverpool. Tiene fenómenos, como Firmino. Pero hay menos de eso. Hay verticalidad y simpleza. Y esa simpleza es hija de una gran potencia física. Y a mí me divierte un punto menos.

-Klopp dijo que en sus equipos le gusta mucho más el heavy metal que la música clásica.

-Se nota. Yo no simpatizo. Son extraordinarios, eh. Es un capricho personal lo mío.

-Hablamos mucho del fútbol profesional, pero seguís sosteniendo la alegría de jugar entre amigos. ¿Lo vas a dejar alguna vez?

-No lo quiero dejar. El tiempo ha sido piadoso conmigo y, mientras algunos viejos colegas andan con dolores, tengo la suerte de haber venido gambeteando las lesiones. Es algo que disfruto muchísimo. El deporte es un ámbito que fortalece muchísimo la amistad. Los buenos compañeros del fútbol son como una metáfora de los buenos amigos. Una metáfora. No siempre lo son, eh. He tenido grandes compañeros del fútbol con los que me encantaba jugar y con los que afuera de la cancha apenas cruzábamos palabra. Y he tenido enormes amigos con los que en la cancha no pegábamos una. Pero sigue siendo conmovedor el producir un fenómeno colectivo. Es una alegría el poder llevar adelante una jugada de a varios. Hoy lo comparto con mis hijos, todos los martes, en un partido ordenado en el que se juega bien. Y es por eso que puedo ir. Porque juegan bien y me la hacen más fácil. Por ejemplo, vos jugás un partido en la playa de San Clemente del Tuyú con 36 grados donde la pelota la ves pasar por arriba y sufrís. Y no te conocen. Y seguro ahí te lesionás. Esos partidos no hay que jugarlos.

-La ultima. Se ha dicho que el fútbol es la más importante de las cosas menos importantes. ¿Qué es para vos hoy?

-A mí no me parece que sea una cosa tan tremenda como la que los números dicen que es. Yo creo que se le da una importancia exagerada. Aún así, admitiendo el componente de negocios sostenido por una corte de periodistas que todo el tiempo hablan de cosas que a nadie deberían de interesarle, aún así, tiene algo maravilloso y atractivo. Después, que se haya convertido en el asunto más comentado de la tierra, eso es un poquito demasiado.