Champions

Alemán Campeón

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Los que creen que lo más importante de la final de la Liga de Campeones de Europa del 2013 entre Bayern Munich y Borussia Dortmund fue el partido que jugaron entre Bayern Munich y Borussia Dortmund merecen enterarse de esta historia.

El más prestigioso de los fruteros de nuestro barrio jamás pensó y jamás dijo que todo tiempo pasado fue mejor. Casi al revés, creía que lo que podía y merecía ser mejor era todo tiempo futuro. Por eso era tan fiable como las frutas radiantes que les vendía a las abuelas y les regalaba a los pobres. Por eso nadie le refutaba ni una sola de sus frases y ni una sola de sus memorias sobre el fútbol, que era la única cuestión que le interesaba tanto como las frutas y tanto como vivir. Por eso en nuestro barrio estaba claro que si él aseguraba que Alemán Campeón había jugado como ninguno, no surgía ni una insinuación de debate. Alemán Campeón, seguro o más que seguro, había sido una certificación con pelota de la existencia de un dios.

Alemán Campeón ahora era viejo, bastante más viejo que el frutero, pero en otra edad de la historia supo mover su cuerpo corto y ancho, idéntico al de su padre napolitano, en los partidos con árbitros de alta categoría y en las citas de potrero en las que la ley funcionaba como una intuición que desembocaba en consensos o en trompadas. Las pastas inempardables al estilo del sur italiano con las que lo nutría su papá o las paellas épicas que su mamá valenciana hacía nacer en cada domingo lo habían constituido con una solidez montañosa y con la agilidad de las brisas. Sabía atacar y defender, ser sutil y ser valiente, avanzar y resistir, hacer goles y evitarlos, sonreír y pelear. Aunque nunca lo sedujeron las cajas fuertes del profesionalismo, su calidad de jugador lo había tornado en un prócer de las canchas más allá de las fronteras de nuestro barrio. Cuando aún no gozaba de prestigio y apenas era un chiquito que se entrenaba en diferenciar las manzanas plenas de las manzanas podridas, el frutero no se había perdido casi ni una de las exhibiciones que Alemán Campeón hacía entre un arco y otro arco. Según sus recuerdos verosímiles, ese era un hábito que no le pertenecía en soledad. Lo compartían los paisanos napolitanos del padre de Alemán Campeón, las cocineras valencianas como la madre de Alemán Campeón, los aprendices de frutero de muchos sitios y, en especial, los que tenían un paladar hambriento de fútbol.

Las precisiones que recorren cualquier barrio argentino y futbolero, edificado sobre el rompezacabezas riquísimo de una confluencia de inmigrantes, corroboraban que, hijo de napolitano y de valenciana, Alemán Campeón no portaba ni una célula que lo ubicara como alemán. Las imprecisiones que, también, circulan en los aires barriales indicaban que el apodo de Alemán Campeón se lo habían estampado a causa de su fanatismo por la Alemania campeona del Mundial de 1954. Esa versión guardaba dos errores: por un lado, el seudónimo venía de antes; por el otro, en aquel Mundial, Alemán Campeón simpatizaba con Hungría, un equipazo que encendía el pasto alrededor del talento gigante de Pancho Puskas y que cayó en la final contra Alemania. Una observación más honda revelaba que, además, había un tercer error: Alemán Campeón no podía ser fanático de la Alemania campeona porque ni en esa época ni después ni tampoco mucho después consideró positivo transformarse en fanático de nada.

Por suerte en algunos barrios como nuestro barrio hay individuos como el más prestigioso de los fruteros. Indiscutible por su sinceridad, derribaba las imprecisiones dotado de la misma eficacia que Alemán Campeón había ejercido para superar rivales en sus años brillantes. Con hora, con detalles y, sobre todo, con honor, contaba que el bautismo de Alemán Campeón se gestó, en realidad, durante el mismo atardecer en el que a su genial pierna diestra la atravesó un corte grave que la lleno de dolor y de sangre, por lo que no le quedó más remedio que meter su primer gol de tiro libre con la zurda. Esa vez, Alemán Campeón jugaba de mediocampista central, abastecido desde los costados por otros dos mediocampistas, uno judío y otro árabe. Los tres componían una sociedad impecable que se extendía fuera del césped para pasar juntos Rosh Hashaná, Ramadán, Navidad, otoños, primaveras, derrotas y triunfos, una sociedad a la que no dañaron ni las guerras ni las disidencias legítimas y ni siquiera los idiotas.

Hubo veinte o, tal vez, treinta espectadores que, en el final de ese atardecer, se arrimaron a Alemán Campeón para felicitarlo por el golazo de tiro libre, para sugerirle cómo curar el corte grave de su pierna diestra y para preguntarle cómo había hecho para patear una maravilla exacta de zurda si era derecho. Espectador o no, hubo, en cambio, otro tipo que se aproximó con una intención diferente. Era nazi. Un nazi a la distancia en la etapa en la que los nazis iban a perder pero todavía no estaban enterados. Fiel a la certeza como en todos sus charlas, el más prestigioso de los fruteros de nuestro barrio confesó que sus oídos agudos de niño y de frutero en formación no le alcanzaron para escuchar qué le vociferó el nazi a Alemán Campeón cuando se le plantó a medio metro, pero sus ojos transparentes le permitieron registrar el golpe seco, estremecedor, asombroso y glorioso con el que Alemán Campeón sentó de culo al nazi.

Aunque no muy seguido, los barrios y el mundo albergan circunstancias en las que el tiempo se frena igual que se frenan los autos delante de los semáforos o los delanteros dúctiles en el segundo que antecede a gambetear al arquero. Esa resultó una de esas circunstancias. Y fue tan nítida y tan irrepetible que, década tras década y evocación tras evocación, el frutero pudo volver a verla cada vez que evaluó pertinente narrarle ese acontecimiento a los nuevos ciudadanos del barrio, o cada vez que pretendieron convencerlo de que en la Tierra no caben las hazañas, o cada vez que las noticias de los hombres y de los países lo lastimaron y le hizo falta reconciliarse con la humanidad: con el solo arte de bajar los párpados y enfocar hacia lo importante, ahí siempre aparecían el golpe maravilloso y el nazi sentado de culo.

Lo que sí escuchó y vio el frutero en aquel atardecer fue a otro alemán de nuestro barrio, antinazi militante, futbolero consecuente, admirador de los jugadores generosos y de la gente con nobleza, que le dio un abrazo. Después, mientras el nazi se erguía a los tumbos y se marchaba sin acompañantes, el otro alemán, el antinazi, levantó el brazo del crack del barrio y, entre la sonrisa y la lágrima, le dijo, ni una palabra más ni una menos, “Alemán Campeón”. Valió para la eternidad.

Quien en alguna oportunidad, con la sensibilidad abierta, puso los pies en un barrio puede preverlo: en los meses posteriores nada resonó tan seguido en nuestro barrio como el interrogante sobre el golpe de Alemán Campeón al nazi. Vecinas que perseguían la ruta de todos los rumores sentenciaban que el nazi había agraviado al mediocampista judío, especulaban con que la provocación fue destinada al mediocampista árabe, conjeturaban en torno de una brutalidad apuntada a los napolitanos antifascistas y suponían una agresión a los valencianos que reivindicaban a la República Española. Comerciantes con erudición sobre cada vereda del barrio sostenían una hipótesis contraria: para ellos, el nazi había asociado la grandeza real del juego de Alemán Campeón con los argumentos falaces del nazismo. El otro alemán, el antinazi, no aventuró respuestas, pero proclamó que eso de “Alemán Campeón” le salió del alma y lo gritó porque no tenía dudas de que un día que pronto llegaría los alemanes como él verían por el piso a los nazis y que ese día, también ese día, su equipo, el Bayern Munich, retornaría a la cumbre luego de las infamias y de los castigos a los que lo había sometido un régimen de oprobios. Y Alemán Campeón, por su parte, nunca reveló nada. A sus compañeros apenas les dijo que había hecho lo que en general procuraba: algo justo. Hay otra cosa que dominan los que caminaron un barrio: los grandes temas de hoy son los grandes olvidos de mañana. Y de aquel  momento impactante lo que más perduró fue una expresión que no se esfumaría. Para todos los tiempos, Alemán Campeón.

El declive de los huesos, la pasión por una brasileña espigada que se volvió su esposa y las inclemencias de una economía en vaivenes provocaron que Alemán Campeón mutara a partir de algún domingo en ex jugador. Del fútbol no se desligó, clavó las pupilas en partidos de famosos y de anónimos, en campeonatos mundiales y en torneos de nuestro barrio, y, quizás estimulado por su apelativo único, clavó las pupilas en las fabulosas estrellas que Alemania le mostró al planeta: Haller, Seeler, Overath, Schnellinger, Maier, Beckenbauer, Muller, Netzer, Breitner, Bonhof, Rummenigge, Klinsmann, Voeller, Matthaeus, Brehme, Ballack, Klose, Schweinsteiger, Ozil, más, más y más. En verdad, no se sentía un experto, pero la leyenda de su categoría en la cancha y el eco de un sobrenombre que se le había vuelto casi nombre promovían que, ante cada actuación relevante de los alemanes en el fútbol, alguien comentara al pasar que Alemán Campeón debía andar contento.

Es probable que un comentario se haya anudado con otro comentario y este con más comentarios y así hasta que sucediera lo que sucedió. O no: puede que lo que ocurriera fuera sólo el efecto de las conmociones que generó la final de la Liga de Campeones de Europa del 2013 entre el Bayern Munich y el Borussia Dortmund, dos clubes alemanes. Lo cierto es que, cuando ese partidazo se cerró, uno por uno, de a poco pero con constancia, los habitantes de nuestro barrio se fueron acercando hasta la casa de Alemán Campeón para saludarlo. No se trataba de una convocatoria formal, de modo que algunos se sumaban como tributo a lo que el fútbol de Alemania acababa de exponerle al mundo, otros entendían que le daban a Alemán Campeón un homenaje que en nuestro barrio estaba pendiente y otros más explicaban que no había que dejar que se fugaran las ocasiones para celebrar al buen fútbol y a las buenas personas.

A Alemán Campeón, la multitud que fue a buscarlo lo tomó sin previsiones. Cuando registró las primeras voces, deliberaba sobre la victoria del Bayern Munich, sobre lo que hubiera disfrutado de la consagración de su equipo el antinazi que fundó la historia de Alemán Campeón, sobre la hidalguía del Borussia Dortmund y sobre el sueño cumplido que implicaba que hubiera ovaciones para los que ganaron y para los que perdieron. Lo hacía con el mediocampista judío y con el mediocampista árabe, quienes hacía muchísimo no eran mediocampistas pero continuaban siendo sus amigos y lo visitaban invariablemente para mirar fútbol. Salió a la puerta y tardó tanto en comprender el paisaje de emociones que le brotaba enfrente que necesitó que su nuera boliviana y un nieto enamorado de una coreana del sur residente en la Argentina le corroboraran que ese era un enorme testimonio de afecto. Alemán Campeón advirtió que, como en sus días de futbolista, debía corresponderse con semejante cariño. Entonces, retrocedió hasta la biblioteca de su casa, atrapó un libro, anotó una brevedad en un papel y regresó hasta la puerta para leer lo que había escrito. O para pronunciar, empujado por todas las culturas de las que formaba parte, la única palabra en alemán que sus labios lanzaron en la vida. “Danke”, balbuceó. Significa gracias.

Nuestro barrio entero se convirtió en un coro. “Alemán Campeón, Alemán Campeón” era el canto que viajaba con los vientos. Con su garganta integrada a ese canto, con su corazón temblando como cuando detectaba una manzana plena, el más prestigioso de los fruteros, feliz, aplaudía.