Alicia Casamiquela

La matriarca del voleibol

Símbolo gimnasista que le dio esencia y sustento a Las Lobas, el equipo femenino tripero. La vida de una formadora que construyó a su semejanza la identidad de sus jugadoras con las que ganó tres Ligas A1.

Lúcida y pensante. Alegre y sensible. Madre, abuela y tía todoterreno. Mujer empoderada. Valiente y locuaz. Alicia Caporali, porque ese es su apellido paterno, se convirtió en Casamiquela por su vínculo afectivo y deportivo con su esposo, Rodolfo. Dice que se parece mucho a Pedro Troglio. “Soy lo que ves, no soy otra cosa. Y Pedro es eso: un chico grande, siempre sonriente, cariñoso, educado. ¡Educado! Trabajador, muy honesto. Él es así como lo ves siempre”, cuenta, acaso, la figura femenina más importante en la historia de Gimnasia y Esgrima La Plata. Su imagen está a la altura de Carlos Timoteo Griguol. El Viejo es al Bosque lo que Alicia al Polideportivo de Calle 4. Uno y otro, sin competencia claro, se erigen como estatuas que tarde o temprano podrán contemplarse en La Plata.

A los 85 años (nació el 25 de agosto de 1935 en La Plata) admite que la pandemia por el Covid-19 le robó tiempo, pero no le quitó las ganas de vivir, de bailar y de seguir detrás de una búsqueda permanente: ser feliz. “Asumo que me cuesta bastante esto que nos pasa. Me sacan en auto, sin bajar, para dar una vuelta y ver a la gente, ver un poco de movimiento. Siempre fui muy activa. Lo que más extraño es ver a mi familia. Mi hermano, mis amigos, mis sobrinos. Toda la gente querida (se emociona, se le hace un nudo en la garganta) que no la puedo ver, no la puedo abrazar. Y, sobre todo, no podemos hablar salvo ese ratito en el que te comunicás por teléfono o, como ahora, por Zoom como estoy hablando con vos. Y no es lo mismo. El contacto real es fundamental. Pero otra no queda”.

Cuesta imaginarla quieta, serena, inactiva. Porque toda su vida fue lo opuesto. Movimiento y acción. Y mucha pasión para edificar un sueño, su sueño: darle identidad, la suya, a un equipo de mujeres en el club de sus amores. Un equipo que, en verdad, se convirtió en un símbolo colectivo. Una marca. Un antes y un después, en todo sentido. “Trato de estar activa, de hacer la comida, de atender a los tres perros que tenemos, de darle la comida a mi nieta, a mi hija Paula. Circunstancialmente viene mi hijo, de vez en cuando. Escucho música, que me produce lindas sensaciones porque a mí me gusta bailar. De chica quería ser bailarina. El baile es una manera de expresarse. Sigo bailando, me muevo, me gusta moverme. Cuando estoy en casa, haciendo la comida, bailo sola”, detalla la madre de Las Lobas, el mote que identifica al equipo femenino de voleibol de Gimnasia. Una denominación que no provino del propio linaje tripero sino que surgió luego de una sesión de fotos en el año 2000 tras el primer título. “Surgió por una producción especial para El Gráfico. Fue un hecho circunstancial que no salió de Gimnasia. Acá nos decían las Mens Sanas  o las Gimnasistas. Como campeonas nos llevaron al Bosque y estaba Caperucita Roja y el Lobo. De ahí surgió y nos lo apropiamos porque sentimos que representa todo nuestro espíritu”, recuerda.

–¿Ser bailarina fue tu cuenta pendiente?

–Hice deporte y lo hice porque era una manera de expresarme físicamente porque mi mamá no me dejó seguir adelante con mi deseo: ser bailarina clásica. Y cuando yo empecé a hacer deporte imaginate el lugar que tenía la mujer. La mujer siempre estuvo en un segundo plano y tenía que imponerse.

–¿Y cómo hacías para imponerte?

–Muy simple. De chica jugaba al fútbol con mi hermano y mis primos. Iba al arco porque me mandaban al arco. Trataba de atajar pero me hacían muchos goles porque cuando agarraba la pelota la tiraba para adelante y yo les pateaba a ellos.

–¿Fueron esos partidos los que te generaron tu amor por el deporte?

–Mi papá y mi hermano jugaban muy bien al fútbol. Lo hacían en Gimnasia y sí, ahí nace mi amor por el deporte. Por el deporte y por Gimnasia.

–Está bien, pero vos no empezaste a hacer deporte en Gimnasia sino en Estudiantes…

–Sí… en realidad, cuando yo estaba en la escuela secundaria, en la Normal 1 (a sus 14 años), y empezamos a hacer deportes como pelota al cesto y voleibol, lo hacíamos en Estudiantes. Entonces, ellos me llamaron para jugar ahí. Pero pisé Estudiantes y me fui a Gimnasia, porque todos, en mi familia, éramos gimnasistas. Fui a ver cómo era pero no pude, me fui a Gimnasia. No porque no los quisiera y aclaremos algo: son rivales, no enemigos. Ese discurso, no se tolera y eso es algo que les inculqué siempre a mis jugadoras. Estudiantes es un adversario circunstancial al que se le quiere ganar. Creo que por eso tuve amigos en tantos lados, tantos clubes, incluso en Estudiantes.

–Hablando del sentimiento gimnasista, hace un tiempo José Luis Calderón nos contó que su papá, fanático del tripero, estuvo casi una semana sin hablarle por haberse ido a probarse a Estudiantes y, encima, quedar. ¿Vos hubieras hecho lo mismo con Paula, tu hija?

–Mis hijos siempre fueron libres de hacer lo que quisieran. Me hubiese disgustado mucho, sí. Pero sabía que eso no iba a pasar (se ríe) porque mis hijos son tremendamente gimnasistas. Eso no podía pasar nunca. Tanto es así que Paula, como jugadora de Gimnasia, fue tentada por River y no quiso ir. Lo mismo cuando la llamaron de Europa. Y no, se quedó acá, por la pertenencia que tiene Gimnasia.

–¿Cómo definirías esa pertenencia tripera?

–Cuando hablo del sentido de pertenencia me refiero al compromiso que tiene un jugador de cualquier deporte, más allá de los colores futbolísticos. Es una sensación de que esa camiseta te pertenece, es tuya. Que ese club, donde están jugando, les pertenece. Y Gimnasia tiene eso, es un lugar distinto. Eso es sentir la camiseta. Es importante porque el sentido de pertenencia se logra desde el compromiso. Por eso, muchas jugadoras que vinieron a Gimnasia, sobre todo las del interior, se hicieron hinchas porque Gimnasia les da el sentido de familia, de retención y contención, de estar presentes no sólo en el rendimiento deportivo sino en saber cómo están sus familias, sus hijos, cómo van con los estudios. Eso es algo que, por lo general, hacen un padre, una madre. Y eso, nosotros, lo llevamos a la dinámica del club, al día a día.

–¿Como entrenadora los más difícil fue dirigir a tu hija Paula, hoy entrenadora de Las Lobas?

En familia. Alicia junto con sus hijos Paula (actual entrenadora de Las Lobas) y Hernán (árbitro de vóley)

–… (hace una pausa)… Sí, si hablamos del dolor que me causaba enojarme con ella y ver que la estaba no dejando de lado sino exigiéndole mucho. Me dolía cuando la retaba, cuando le marcaba algo. Pero lo tenía que hacer porque ahí, en el equipo, eran todas iguales de importantes. A un entrenador le toca resolver para favorecer al equipo, nunca a un jugador.

–¿Cómo te definís: formadora, docente o entrenadora? ¿O todo junto?

–Un entrenador tiene que ser formador y docente, por más que no tenga título. Me quedo con el formador. El deporte le enseña a los deportistas cosas importantes, más allá del deporte en sí: responsabilidad, sacrificio, compañerismo, honestidad. Todos valores imprescindibles que no solo sirven para el deporte sino para su vida. Y algunos valores se han perdido.

–Por ejemplo…

–Porque hoy, como está el mundo y el país, está todo cambiado. No me refiero a que todo tiempo pasado fue mejor, sino hablo del respeto. Gimnasia nunca fue un club de tener jugadores con sueldos grandes. Sin embargo, las jugadoras que venían a Gimnasia sabiendo que iban a ganar mucho menos de lo que les podían ofrecer otros equipos como Boca, River, San Lorenzo, elegían quedarse acá. Porque el club les daba otra cosa: todo un acompañamiento general. Eso es así. Por eso, en su momento, sentí que debía desplazar jugadoras porque no eran compañeras, eran críticas de sus compañeras. Yo no pretendía que fueran amigas afuera de la cancha. Pero adentro, son las mejores amigas y compañeras. Se comparte todo: lo bueno y lo malo, el triunfo y la derrota, la alegría y el llanto. Es un conjunto de sentimientos que se hacen uno: cada una es lo mismo que la otra.

–Hablás de ganar y de perder, del triunfo y de la derrota. ¿Cuál es tu mirada sobre el éxito y la derrota? Marcelo Bielsa dijo que el éxito es deformante, nos hace peores, y que la derrota es formativa…

–Te aclaro que soy Bielsista. Es al técnico que más respeto de todos los entrenadores de fútbol. La derrota sucede porque el otro fue superior o porque el otro equipo se equivocó menos. Cuando tenés una derrota es porque cometiste más errores que el rival. Por eso es vital entender que de los errores se debe aprender y eso les inculqué siempre a mis jugadoras. Los errores en el vóley son como en el tenis: el que se equivoca le da un tanto al contrario. En el fútbol es diferente, tenés más margen. En el vóley cuando te equivocás siempre suma el contrario.

–Tomando esto, ¿qué es ser exitoso? Porque se habla mucho de la selección nacional de fútbol que no paró de acumular fracasos desde que no gana un título. Y no creo que sea tan así, tan lineal o básico. Desde ese discurso podría decirse que Griguol fracasó porque en la última fecha ante Independiente, con el gol de Javier Mazzoni, en 1995…

–… cuando me convertí en entrenadora se buscó hacer un proyecto. Algo a largo plazo en donde la idea era dejar de pelear el descenso y empezar a jugar por los puestos de arriba. Primero por estar entre los mejores ocho, después entre las cuatro y así. Cuando llegás a estar entre las ocho no fracasaste, lo mismo entre las cuatro cuando llegamos a semifinales. Y cuando llegás a la final, perder es circunstancial. Cuando llegás a la final no sos un fracasado, porque hiciste un trabajo enorme para estar ahí. La gente no piensa eso, es simplista y dice que perder es fracasar. ¿Esa gente que habla así fracasa en la vida porque no llega a ser jefe en su trabajo? No, no fracasa. Cuando Gimnasia perdió aquel último partido lloré y me puse mal. Pero haber llegado a donde llegó es una demostración de que se recorrió un camino. Ese dolor, es enorme dolor, no fue un fracaso. Recuerdo el silencio de todos los que estábamos en la cancha. Fue un silencio de dolor.

–En alguna nota dijiste que en Gimnasia se hacen buenas jugadoras, pero antes de ser eso debían ser buenas personas. ¿No es un poco idealista ese pensamiento?

–Conocía a casi todas las jugadoras del país. Y si no me gustaba su actitud no las pensaba para el club. Por ejemplo, hay deportistas que ante el error del compañero lo insultan y lo exponen. ¡Eso no vale! Al compañero, ante el error, hay que alentarlo. Esos jugadores que miran quién se equivoca o no, nunca me gustaron, los rechacé.

Alicia, símbolo del vóley femenino.

–Y con ustedes, con los entrenadores, ¿sucede lo mismo? Porque hay ejemplos de directores técnicos violentos o maltatadores a los que no les cabe otra definición que malas personas…

–Es lo mismo. Si es una mala persona no puede ni debe ser entrenador nunca. Ni que hablar en las edades formativas. Ahí, a los chicos hay que formarlos desde la cabeza y desde el corazón. Ser amables, alentarlos, enseñarles que se gana y que se pierde. Y si cometen errores, fortalecerlos porque están en formación. Por eso digo que los entrenadores, en todas las categorías, deben ser formadores. El deporte es formación, es educación. Los primeros valores que se les dan a los chicos vienen de la familia, se continúan en el colegio y se completan en el deporte. Es un círculo que debe ser virtuoso. El deporte debe ayudar a hacer personas de bien, a formar personas de bien. Tal vez soy una romántica, pero formar es educar.

–En todo momento hablás de mis (tus) jugadoras (fue desplazada de Gimnasia a fines de 2019). ¿Te sentís pensando como entrenadora?

–No, me gustaría ser entrenadora de los entrenadores. Pasa que a las jugadoras las hago mías. No desde el lado que me pertenecen, sino que las trato como quiero que sean mis hijos: buenas, honestas, leales, compañeras.

–¿Cómo te llevás con la palabra feminismo?

–Siempre defendí a la mujer porque cuando me di cuenta de las injusticias que había, hasta en la docencia, me revelé. Lo mismo que en el deporte. ¿Cuán grande es la diferencia para que la mujer esté en un segundo plano? Si las mujeres nos casamos, tenemos hijos, nos enfermamos. Y además, trabajamos. Además, somos profesionales. La diferencia la hace el hombre, nunca la hace la mujer.

–¿Creés que es por temor?

–No. Pero siempre tenemos que demostrar. Como primer entrenadora en la Argentina, me costó mucho. Al principio me costó acomodarme porque era un plano en el que estaban los hombres. Tuve que soportar risas socarronas, casi burlonas o escuchar “y, es una mujer”. Eso me dolió mucho pero no me quedé ahí. Busqué crecer, afianzarme para decir “aquí están mis jugadoras, aquí está mi equipo, aquí están mis hijos, aquí está mi casa”. Me enoja mucho la frase que dice “detrás de un buen hombre hay una buena mujer”. ¡No! ¡Nunca detrás! ¡Siempre al lado! ¡Al lado!

–¿Recordás alguna situación de machismo explícito como entrenadora?

–En 1999-2000 estábamos en Salta. En un partido me di cuenta que el primer árbitro recibía la planilla de cómo salía el equipo, mi equipo, primero y así se enteraba el rival cómo salíamos. Cuando ganamos le dije lo mismo a los dos. Les dije que estuvieron mal pero que, a pesar de eso, le ganamos igual. Nada más. Me di media vuelta y me fui.

–¿Qué cosas te revelan, te enojan?

–La situación del país. Me enoja todo lo malo que le suceda a los chicos: el hambre, que no tengan para vestirse. Los chicos nacen buenos, no nacen malos. Es así. No eligen dónde nacen. ¿Cómo no vas a llorar cuando ves a un chico que te pide algo para comer porque no tiene qué comer? ¿Cómo no te vas a poner a llorar al ver a una madre que no tiene con qué mantener a sus hijos? Eso no me gusta, eso me ofusca.

–Si pudieras volver el tiempo atrás, ¿hay algo que cambiarías en tu vida?

–Viviría como viví. No me quejo. Tal vez hubiese querido completar mi carrera docente universitaria en Filosofía y Letras. Nunca me arrepiento de lo que hice porque lo que hice lo hice con un gran convencimiento y amor. Desde ahí, desde el amor, siempre es más fácil. Todo.

Fotos de Prensa Gimnasia y Somos Vóley.