Andoni Goikoetxea

El villano cortés

A casi 37 años de la lesión que sacó a Maradona durante 106 días las canchas, una charla con el vasco Andoni Goikoetxea. Del arrepentimiento a sostener que el fútbol es un deporte de riesgo.

¿Es Andoni Goikoetxea uno de los villanos más recordados por los futboleros en la Argentina? Remitir a su nombre y apellido, acaso, para los más veteranos simboliza un antes y un después en la vida del entonces genio del fútbol Mundial: Diego Armando Maradona. Los más jóvenes es probable que recuerden la historia en la voz de algún familiar. A todos, acaso, los une la misma sensación: la de un jugador violento que lesionó a Maradona.

Gracias a las telecomunicaciones nos trasladamos a Bilbao con la intención de cruzarlo. La imagen real con la que nos topamos es totalmente distinta a la construida durante décadas sobre el férreo defensor de la institución vasca. Hoy, como parte de la fundación del Athletic Club, admite que si bien aprendió a convivir con aquella desafortunada jugada en la que quebró el tobillo de Maradona, se siente arrepentido y reconoce que, de volver el tiempo atrás, no lo volvería a hacer.

La sesión se inicia 13.55 de España, tan sólo cinco minutos antes del horario acordado. Ni un segundo más, ni uno menos, se prende la cámara del usuario invitado con una puntualidad que se alinea con el compromiso para la entrevista. Se acomoda en la silla tanto como a los tiempos de distanciamiento social. Parece totalmente adaptado a la modalidad para el intercambio de palabras y, rápidamente, puede vislumbrarse a un tipo absolutamente normal. Uno común que dista del estereotipo típico de un villano. Para nada se ofrece parco o distante. Todo lo contrario. Se muestra cortés y preocupado por la definición de su pantalla, así como por la claridad del audio de su micrófono. A pura sonrisa, desde el rincón que más le pertenece a su hogar, resalta su carrera profesional en Athletic de Bilbao que lo llenó de satisfacción. “Haber pertenecido a las temporadas ’82, ’83 y ’84 en las que ganamos dos ligas, una Copa del Rey y una Recopa, es un orgullo enorme. Además soy el defensor con más goles en la historia del Athletic, con 44 tantos. Tengo una carrera profesional bastante completa”, se presenta Goikoetxea que hoy en día es el principal referente de las tareas sociales y culturales que realiza la institución a través de su fundación. Por ello, advierte, dejó stand by la labor como director técnico. “Está ahí, en un costado. Veremos, uno nunca puede saber qué pasará más adelante. Tuve la posibilidad de dirigir en varios clubes y a la Selección española sub-21. Me hago la pregunta de por qué nunca dirigí al Bilbao. Quizás porque cuando estaba la posibilidad, estuve en otro lado. Pero tampoco siento que sea algo que tenga pendiente”, pregunta y se responde en un ida y vuelto interno que exterioriza.

Aunque asegura sentirse cómodo en su rol actual porque no tiene la presión del resultado, recuerda con gran afecto aquella experiencia como entrenador de Guinea Ecuatorial: “África era un continente que no conocía. Guinea Ecuatorial está en el centro del continente y es el único país de habla hispana porque fue una colonia española. Cuando me llegó la oferta lo pensé bastante”. Y añade: “Terminamos yendo a vivir con mi grupo de trabajo y con mi mujer, que fue a la primera que le consulté. Fue realmente una aventura. Creo que mejoramos mucho el trabajo futbolístico. Pero la vivencia tuvo de todo porque había que tener cuidado con enfermedades como la malaria. Fueron dos años y medio muy intensos”.

El transcurso de la charla permite descubrir mucho más que aquella patada que fracturó el maléolo externo y el ligamento del tobillo izquierdo del Diez aunque, inevitablemente, de a poco se acerca su versión sobre aquella noche del 24 de septiembre de 1983. Su discurso tradicional de sexagenario lo exhibe reflexivo ante los factores que inciden en los objetivos de los futbolistas. La disciplina y el sacrificio, comenta, fueron sus pilares para encaminarse en su carrera. Esa que define como una pirámide. “Es una base ancha, pero que a medida que se acerca la cima se va haciendo cada vez más estrecha. Y la mayoría no llega. Desde muy pequeño jugaba de manera informal a la pelota, luego con 15 años hice una prueba en Real Madrid. Me fue bien y me quisieron fichar. Pero cuando trascendió en un medio local, el Bilbao habló con mi padre y al otro día ya estaba entrenando con el Athletic”, recuerda. Bucear en sus primeros recuerdos como futbolista lo introducen en un tobogán de palabras que brotan una a una con una cadencia acompasada y reflexiva. “Desde ahí lo único que hice fue trabajar y dedicarme a mi carrera. Yo no sé lo que es emborracharse. No conozco ninguna noche vieja. También tuve la suerte de casarme muy joven, con apenas 23 años. Eso también te ordena. El deportista tiene que estar mentalmente y físicamente bien. Porque lo difícil no es llegar, sino mantenerse”.

Esas cualidades lo llevaron a ser considerado una de las glorias que dejaron su huella en el viejo San Mamés, del cual reconoce que siente una profunda nostalgia. “Mi estadio es el San Mamés antiguo. Cuando me preguntan cuál me gusta más, me quedo con el anterior porque la gente se hacía sentir, presionaba mucho. Pero era un campo que se estaba quedando obsoleto e incumplía la reglamentación. El actual está hecho por las necesidades, con toda la tecnología”, afirma. “De hecho iba a ser una de las sedes de la Eurocopa que se iba a jugar este año. Pero por supuesto que cuando me toca ir al estadio, se vienen los recuerdos de los grandes momentos que pasé como futbolistas”, precisa. La narración del añejo recinto lo hace suspirar en más de una oportunidad y lo zambulle en la nostalgia. Lo mismo, cuando subraya el sentido de pertenencia que particulariza a Athletic de Bilbao con su ciudad. “En el equipo no juega cualquiera, sólo futbolistas vascos. Por eso es un orgullo ser junto con Real Madrid y Barcelona, los únicos clubes que no han descendido de categoría. Y competir ante los grandes, con esos presupuestos enormes, que pueden contratar al jugador que se les ocurra y, estar al mismo nivel, enorgullece”, asevera. Hace una pausa y con el pecho inflado sustenta su comentario. Para ello remarca a Marcelo Bielsa como la mejor referencia. “Él sabe lo que es el Athletic. Lo ha expresado en muchas ocasiones. Habla maravillas de la afición, de las formas de trabajar. Creo que hasta se le deben caer las lágrimas. Es como una religión”.

Esa afición es la que lo sujetó en el momento que conceptúa como el que marcó su vida profesional. De ahí en más fue señalado como aquel que fracturó al que él mismo considera como el mejor jugador del mundo en la década del ’80. Además, admite que fue el trance más delicado que le costó superar. “La gente del Bilbao fue fantástica. A sólo 4 días del encuentro con Barcelona jugamos ante Lech Poznan por Copa de Campeones. Ya me habían comentado que la sanción era de 18 partidos. Fue una de las noches más emotivas porque salí con un peso en las espaldas que me lo quité recién cuando convertí el primero de los cuatro goles que anotamos. El público de San Mamés coreó mi nombre y mis compañeros me alzaron al término del partido. No hubo cosa más bonita que pudieran haber hecho por mí. Porque realmente fue muy duro ese momento. Atendía el teléfono de mi casa y automáticamente estaba en el aire de Radio Rivadavia (AM630), de la Argentina. Sonaba todo el día, no podía estar”, cuenta sin evitar mencionar que “recibí grandes amenazas de gente cercana a Diego que el único motivo en la vida que tenían era querer ser amigo de Maradona”. Aquel trance lo obligó, incluso, a irse de su casa. “Me tuve que ir a lo de unos amigos. Creo que hoy sería más complicado porque las redes sociales llegan al instante. Seguro hoy hubiera dado de baja Twitter, Facebook y hasta el WhatsApp, no perdería el tiempo bloqueando”, sostiene.

Tanto Goikoetxea como la infracción, siguen indelebles en el ideario del público argentino y, sobre todo, maradoneano, por más que aquella jugada esté camino a cumplir 40 años. Cuatro décadas de la única lesión ósea que sacó a Maradona de las canchas. “El fútbol es un deporte de riesgo. Cuando la veo es una entrada muy dura. Seguro que no la tendría que haber hecho. Lógicamente que si pudiera retroceder el tiempo no lo volvería a hacer”, señala. Y prosigue: “Donde haya ido, siempre hay uno que dice ‘este es el que lesionó Maradona’. Claro que te marca, pero porque Diego es gigante. No hay un lugar en la tierra que no lo reconozcan. Aprendí a llevarlo y a dejarlo como una anécdota. Pero tengan en cuenta que el mejor Maradona se vio después de esa lesión”.

Seguramente si hubiera una ficción de la vida de Maradona, Andoni Goikoetxea sería representado como uno de sus máximos archienemigos. Y si bien, algunos lo recuerdan justamente de esa manera, cuenta que su relación con el astro futbolístico siempre fue cordial. Sin embargo, se permite hacer una crítica. “Lo respeto y lo admiro como futbolista. Luego ha tenido sus problemas. Creo yo por sus malas compañías. Pero no es fácil llevar el peso del alguien que vaya donde vaya se lo conoce como Dios. Andar con ese peso es muy complicado. Me parece que es una persona que no fue bien aconsejada en su formación como persona. Como futbolista, ha sido un crack desde de la cuna. Lo he visto haciendo jueguito hasta con una naranja y eso no se lo vi a nadie. Pero si el fútbol se lo dio todo, creo que algo le tendría que haber devuelto. Creo que ahí no estuvo fino”.

Pasaron casi diez años de esos polémicos partidos entre Barcelona y Athletic Club, incluida la famosa “Batalla del Bernabéu” por la final de la Copa del Rey de 1984 para que volvieran a verse. Diego volvía al fútbol español, pero esta vez para jugar en Sevilla. Al conjunto blanquirojo le tocaría viajar a la ciudad bilbaína, situación que Goikoetxea aprovechó para visitar a Maradona como lo haría cualquier curioso o amante del deporte: “Estaban en el hotel muy cerca del campo del Athletic y me apetecía ir a verlo, tomar un café. Que venga a mi ciudad y a mi pueblo, quería darle un abrazo y estar con él. Estuvimos un rato y, menos de fútbol y la lesión, hablamos de todo. Fue muy amable. Alguien que ha sido un referente en el fútbol se merecía que por lo menos lo reciba para saludarlo y desearle lo mejor”.

El Mundial de México 1986 podría haber sido un capítulo nuevo, uno más que los enfrentara, con el recuerdo aún fresco de aquella lesión. Pero el penal de Eloy que detuvo el arquero belga Jean-Marie Pfaff, no permitieron el cruce en semifinal entre la Argentina de Diego y la España de Emilio Butragueño. “Es imposible saber qué hubiera pasado. Argentina era sin dudas el candidato, pero se la hubiéramos puesto muy difícil. Eso seguro”, dice.

Esa desafortunada decisión de disputar la pelota con Diego formará parte del recuerdo permanente para encuadrar a un futbolista que siempre será mencionado como aquel que apartó a Maradona 106 días de las canchas. Y después vendrá todo lo demás. Selección de España, México 1986, final de la Eurocopa y 18 años de futbolista solo en primera división. Nada mal. Pero todo eso, que es muchísimo, detrás de aquel 24 de septiembre de 1983. Porque el damnificado, fue nada más ni nada menos, Diego Armando Maradona.