Italia 90

Cuando Camerún sorprendió a la Selección y al mundo

Hace 30 años, Argentina estrenaba su título de campeón del mundo con una derrota que sorprendió al mundo pero marco el inicio de una épica inolvidable hasta la final.

Su última vez en el campo de juego de ese estadio acorazado había sido el 31 de enero, en el empate 0-0 de Milan y Napoli por las semifinales de ida de la Copa Italia. Al otro día, una foto suya ilustraba la crónica del diario La Stampa, que lo había calificado con modestos 4 puntos.

Es el viernes 8 de junio de 1990 y el mundo, una vez más, está hipnotizado con su magia. Diego Armando Maradona acaba de protagonizar el sorteo de capitanes con Stephen Tataw y vuelve a mostrar que la pelota lo prefiere como a nadie. La alza con el taco de un pie y el empeine del otro en un destello; dos caricias más de su botín izquierdo Puma talle 38 elevan la Etrusco para luego domarla cuatro con veces con el hombro. A su lado, Galídez salta como un chico entusiasmado frente a la increíble demostración de su ídolo, aunque lo que busca no es una palmada o un autógrafo sino que el Diez le dé el banderín que acaba de intercambiar.

El Giuseppe Meazza, en la Vía Piccolomini de Milán, es el escenario en el que Argentina, campeón del mundo, está listo para disputar el partido inaugural ante Camerún, que afronta su segundo Mundial después de haber perdido los tres partidos jugados en España 82. Fuerzas dispares, esas de las que el fútbol suele reírse en tantas ocasiones.

Maradona había terminado la temporada con su segundo Scudetto en la Serie A y por eso sabía que en el norte de Italia lo iban a recibir de la peor manera. Los millones de Silvio Berlusconi no habían podido con la pasión napolitana. Antes de escuchar los silbidos, ya en el vestuario le había vibrado un mal presagio. “Sentí un ambiente raro, en el piel, en el alma. No sé, un silencio demasiado grande, demasiado frío”, recordaría en su biografía Yo soy el Diego. Otro malestar, mucho más concreto, estaba en su pie derecho por una infección en la uña del dedo gordo que le había impedido entrenarse los días previos.

“Fernando Signorini, el hombre que mejor conoce el físico y el alma de Maradona, había asegurado que Diego llegaba a este Mundial mejor que al de México. Pero una semana antes del partido empezó con el problema en la uña y no podía ni calzarse. Entonces, el doctor Dal Monte, su médico de cabecera en Italia, con quien también se había preparado para el 86, le hizo una férula de carbono para colocar sobre una uña que ya casi no existía. Todo aquello alteró mucho su preparación y su ánimo”, recuerda Daniel Arcucci, enviado especial a Italia 90, en diálogo con Enganche.

En la lista de 22 futbolistas, Carlos Salvador Bilardo había incluido a ocho marcadores centrales y para el partido inaugural de la XIV Copa del Mundo colocó a cinco en el equipo que salió a la cancha: Roberto Sensini, Néstor Lorenzo, Juan Simón, Oscar Ruggeri y Néstor Fabbri. El once titular lo completaban Nery Pumpido en el arco, José Basualdo, Sergio Batista y Jorge Burruchaga en el mediocampo, Diego como titiritero danzante y Abel Balbo en el centro del ataque. La formación amurallada cambió su fisonomía cuando tras el entretiempo Claudio Caniggia ingresó por Ruggeri.

El campeón del mundo estaba desdibujado y el destino trazado con líneas firmes. Entonces, el salto felino de François Oman-Biyik, pareciendo sentarse encima de la cabeza de Sensini, congeló el mundo por en un par de segundos eternos. El desastre, inevitable, estaba por suceder. Aunque bien conectado, el cabezazo no era peligroso. Sin embargo, un mal cálculo de Pumpido resultó cómplice para el 1-0 que Argentina no lo lograría revertir en los 25 minutos que restaban hasta el final. Uno de los golpes más sorpresivos en la historia de los mundiales estaba dado con un eco que todavía resuena.

El planchazo de Victor Ndip que casi decapita a Maradona y la patada de Bejamin Massing que hizo remontar vuelvo a Caniggia quedarían en el anecdotario de una violencia premeditada que no atenúa el estruendo. La catalogación de “papelón” estaba lista desde el pitazo final del árbitro francés Michel Vautrot.  

“Diego no solo terminó el partido muy molesto por los golpes -que fueron tantos con el el debut ante Corea en México86- y la derrota, sino fundamentalmente porque Caniggia no había sido titular. Antes de irse del estadio, Diego dejó una declaración muy propia de su sello. Sentado en la conferencia de prensa aseguró que estaba muy contento con que los italianos de Milán habían dejado de ser racistas gracias a él al alentar a los africanos”, repasa Arcucci.

Con su impronta inigualable, Bilardo trataba de espabilar al grupo contándoles cuáles era las dos opciones ante las que habían quedado tras el triunfo de los africanos: llegar a la final programada en Roma para el 8 de julio o hacer que se caiga el avión que los devolvería al país envueltos en el enjambre de una derrota oprobiosa.

“Sepa por qué fuimos un desastre”, fustigó El Gráfico en la tapa de su edición 3.688 dominada por la imagen de Maradona estirando su mano derecha para un saludo, mientras de fondo dentellaba el festejo verde, amarillo y rojo. Los títulos de las notas en el interior de la histórica revista no eran menos contemplativos: “El subsuelo del fracaso” y “Sin fútbol ni alma de campeón”.

La mirada enrojecida de Bilardo, el fastidio en el rostro de Maradona y el arrastrar de los pies del resto de los jugadores argentinos eran efectos residuales de una derrota profunda. Ante un impacto que prometía ser definitivo, nada hacía prever que el camino en Italia sería tan extenso como cuatro años antes, en México, y que luego habría que esperar 24 años para volver a recorrerlo.