Literario

Un botín derecho

Buen Pie Domínguez, un talentoso mediocampista que siempre jugaba siempre con el mismo calzado derecho. O casi siempre...

El botín derecho de Buen Pie Domínguez murió de muerte natural, o de cuero envejecido, o de demasiado fútbol, durante la tarde de un miércoles de nubes escondidas. Murió de golpe, cuando se acababa un partido cualquiera tras una jugada idéntica a montones en la que no hubo ni siquiera un mal pisotón. Murió —se rompió, se partió, se deshizo— y Buen Pie Domínguez dejó de jugar y de correr y, por supuesto, también de patear. Sólo se derramó en la cancha y, transformado en cien tristezas y en mil soledades, lloró fuerte y lloró largo porque sintió que algo que se parecía al aire, al fuego o a un gol de los mejores se le iba, sin remedio, junto con ese botín derecho.

Buen Pie Domínguez, un mediocampista de talento, jugaba siempre —exactamente eso: siempre— con ese botín derecho desde que muchos años antes se lo regalara un amigo que no tenía calidad deportiva pero sí grandeza como para advertir que ese futbolista y ese calzado merecían compartirse. Inicialmente, el obsequio incluía el par completo de botines, pero a Buen Pie Domínguez el botín izquierdo original le duró poco, y lo reemplazó por otro, y luego por otro más, y en alguna época hasta por ninguno, porque, en realidad, su sociedad armoniosa con el botín derecho le era suficiente para jugar con todo el arte y para percibirse libre mientras lo hacía. Por eso mismo no le hacía falta nada más: como cualquier juego, el fútbol bien entendido es un poco de arte y otro poco de libertad.

Una hora después de la muerte del botín derecho, Buen Pie Domínguez organizó la entrañable despedida en la misma cancha. De cara a su familia y a un entrenador sensible, desplegó un breve discurso dirigido al botín: “Mi querido compañero —le dijo—, voy a extrañarte porque soy gente cuerda: acaso haya quienes crean que entre un individuo y un objeto sólo existe una relación mecánica. No es así. Quizás no todos lo sepan, pero los buenos hombres suelen trasladar mucho de sí mismos a las pequeñas cosas. Muchas gracias por tantos momentos. Y muchas gracias por ayudarme a entender que sólo es posible tener los pies sobre la tierra si se los llena de sueños”.

Enseguida, apoyó el botín derecho sobre el césped y se fue caminando, tan despacio como descalzo, mientras las nubes escondidas empezaban a hacerse ver.