Literario

Una voz

En el Pueblo de los Goles Contados cada relato incluía mil circunstancias paralelas a las del campo de juego más allá de todo porque allí se respiraba un aire feliz...

A las nueve de la noche de cada una de las noches, en El Pueblo de los Goles Contados se escuchaba una sola voz. No era siempre la misma voz, pero siempre era la voz de alguien del pueblo que encadenaba relatos como éste: “Aquel glorioso número 9 avanzaba entre los rivales con el cuidado de los soldados que en las películas se mueven en las líneas enemigas y con la seguridad de quien sabe que nunca es feo ser testigo de un atardecer en el mar. En la tribuna, un hincha tenso acariciaba la espalda de su hijo menor, y en un costado de la ciudad, una mujer de manos hábiles imaginaba una merienda larga para el regreso de ese hincha y de ese hijo”. Luego, el relato iba incluyendo pormenores de mil circunstancias paralelas a las del campo de juego. Un auditorio de atención irrompible seguía la evolución de la historia hasta que, sin sorpresas, el narrador llegaba al instante del gol. Para cuando eso sucedía, las nueve de la noche era un horario lejano, el amanecer bautizaba otro día y en El Pueblo de los Goles Contados se respiraba un aire feliz.

Así ocurrió durante muchas noches, muchas narraciones y muchos goles. Y así ocurría también la noche en la que visitó El Pueblo de los Goles Contados un hombre que venía de un sitio en el que ya no había tiempo para tener tiempo. Esa noche, un viejo delantero endulzaba montones de oídos detallando que en la tarde de su primer gol la Tierra latía como si tuviera dos corazones. El visitante se inquietó y preguntó si lo que estaba oyendo era cierto. Le contestaron que no importaba. Luego preguntó si aquel gol había sido un golazo. Otra vez le respondieron que no importaba. En eso, cuando lo apuraba otra inquietud, volvió a oír al viejo delantero, con la garganta calma y la teoría de la Tierra y sus dos corazones en pleno desarrollo. Vaya a saber por qué pero al visitante la inquietud se le fue de golpe, sin que hiciera falta que nadie le explicara que lo mejor de un gol es que es la historia de muchos y sin que tampoco nadie le avisara que pocas cosas vuelven tan humano a un individuo como juntarse a decir y a escuchar.

Sólo se sentó como uno más en El Pueblo de los Goles Contados y disfrutó hasta el final del relato del viejo delantero. Una dicha mansa y pequeña lo fue atrapando hasta que, casi sin darse cuenta, lo alumbró una luz finita que anunciaba la llegada de un nuevo amanecer.