Cuento

Las vacaciones son para fundar canchas

El Roto tomaba los períodos descanso que nunca eran sin fútbol, en una peregrinación de campos de juego a su paso.

El Roto tenía seis sonrisas que le caminaban en los labios y una noticia que le corría en el corazón durante la tarde de febrero en la que regresó de sus vacaciones al Bar de los Sábados. “Ya está”, dijo, mientras las seis sonrisas se le volvían sesenta o seiscientas. Y ahí, en la que era su residencia de una vez por semana para que los vaivenes de la pelota le permitieran reflexionar sobre los vaivenes de la gente, reveló una ilusión hecha realidad. Por fin, había fundado la primera cancha de fútbol sobre el mar.

Cada uno de sus compañeros del Bar de los Sábados estaba enterado: desde que la vida lo había hecho adulto, el Roto dedicaba sus vacaciones —todas sus vacaciones, desde el día inaugural hasta el día último— a fundar canchas donde parecía imposible que hubiera canchas. “Quedó extraordinaria, el arco del Norte sobre una ola más azul que blanca, el arco del Sur sobre una ola más blanca que verde, el círculo central trazado con bastante sal”, detalló, con una alegría invencible. Alguien en el bar se animó a preguntarle si no evaluaba que los vientos de las noches, las mareas rebeldes o cualquier otra de las inestabilidades que hacen que un mar sea un mar podían deshacer su obra. Pero el Roto, en posesión de cada una de sus sonrisas, le explicó que, desde su punto de vista, las grandes construcciones humanas jamás desaparecen y que el desafío es saber buscarlas.

Lo del Roto en vacaciones no era una distracción trivial o una aventura de turismo futbolero. Se trataba de un ejercicio diferente: una militancia. Con las fibras, con la voz y con las ideas, creía que una cancha permitía que las personas desarrollaran una de las grandes justificaciones de la existencia: armar algo con otros y con otras. Y que, si ese era el fin, no debía haber lugar en el universo en el que no se pudiera fundar una cancha.

En el Bar de los Sábados, a nadie se le pasaba que en unas vacaciones de las que el Roto retornó con la novedad de que había fundado una cancha en un lago de cenizas. Menos aún olvidaban el énfasis con el que había defendido la tesis de que sólo la energía y las vibraciones de una cancha eran capaces de lograr que las cenizas dejaran de ser puras cenizas y resurgieran como un campo fértil.

Ninguna de las vacaciones del Roto había quedado vacía. En las copas de los árboles de un bosque impenetrable, en las orillas de un camino de cornisas, en el centro de una avenida supertransitada, en el subsuelo de una cárcel de injusticias y en un jardín habitado por hombres tristes había fundado canchas. A través de los años, agradecidos, los jugadores y las jugadoras de todas esas canchas le escribían, de tanto en tanto, para contarle goles, saques de arco, debates sobre penales y, también, más de una felicidad.

Aquella tarde de febrero, el Roto disfrutó del repaso de su colección de singulares vacaciones. Y avisó que, probablemente, se ausentara algún día de la cita honorable del Bar de los Sábados. Ya con seis mil sonrisas en los labios, confesó que estaba pensando en ir a jugar un partido en la cancha que fundó sobre el mar.