Enganche Literario

Un homenaje pendiente

Un club y un espacio para celebrar algo que todos conocen pero no todos lo saben.

Aquel era un club de gratitudes y, por lo tanto, también era un club que vivía de homenaje en homenaje. Pero en la ceremonia de esa noche el reconocimiento no iba a ser, como otras veces, para un antiguo goleador o para el arquero que atrapó más penales. Esta ocasión tenía una dimensión distinta, enorme y, sobre todo, justa. Eso explica que muchos de los socios empujaran los zapatos de un lado a otro por encima de las baldosas del lugar. No era para menos: la homenajeada de esa noche era la Ley de Gravedad.

“Y sí, señores —arrancó, enfático, el presidente del club—, aquí estamos para hacer algo que nos debíamos”. Estaba acelerado o conmovido y cada dos oraciones creía que la fuerza de sus latidos cardíacos le iba a desacomodar el segundo botón del saco. Igual siguió: “Porque, les pregunto, ¿qué hubiera sido de nuestra pasión por el fútbol, razón repetida de nuestra existencia, sin la Ley de Gravedad? Pensemos: ¿dónde hubiera ido a parar aquel tiro libre que nos dio el primer campeonato si la Ley de Gravedad no existiera?, ¿la pelota, esa pelota inolvidable, hubiera bajado alguna vez hasta el ángulo inferior derecho del arco rival? Sabemos que no. Y sabemos también que las tribunas no podrían ser ese espacio mágico de gente que salta y salta si la Ley de Gravedad no nos retornara a los tablones después de cada salto. ¿Y los jueces de línea? Si no fuera por la Ley de Gravedad, ¿alguien duda de que empezarían a flotar en el aire en cada oportunidad en que levantaran sus banderines? Podría darles mil ejemplos más pero no me parece necesario. No hay razón para vacilar: tenemos fútbol gracias a la Ley de Gravedad“. Hizo un respiro. y, luego, cerró su discurso: “Y, entonces, digo por eso mismo: muchas gracias, Ley de Gravedad“.

Un aplauso estruendoso premió la exposición y el presidente del club pensó que hubiera sido lindo que la Ley de Gravedad tuviera hijos o nietos y así poder abrazarse con alguno de ellos. Como no era posible, atendió a un socio joven que le dejó una propuesta: “Fantástico el homenaje. A veces uno se olvida de las cosas esenciales. La próxima vez que nos juntemos podemos homenajear el hecho de que estamos vivos”. Al presidente, le nació una lágrima feliz. Primero le ocupó los ojos porque estaba emocionado. Después se le cayó al piso, por la Ley de Gravedad.