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Avatares del VAR

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En tiempos en que el VAR es la gran figura del fútbol mundial, el Enviado nos cuenta una historia que, como siempre (tal vez como nunca), puede ser símbolo, delirio o profecía.

Siempre me gustó que mis encuentros con el Enviado fueran propiciados por el azar, las caprichosas divinidades, los astros o el inescrutable destino. No quería profanar con tiempos y lugares pautados la sagrada alquimia de nuestras convergencias.

Pero, para ser sincero, alguna que otra vez forzaba ciertos azares para que se revelaran, especialmente cuando algún tema de candente importancia me hacía necesitar la sabiduría del Iluminado.

Averigüé pues si lo habían visto deambular por alguna plaza, parque, Bingo o potrero, y me dijeron dónde podía encontrarlo. Hacia allí fui, ansioso por saber cuál era su parecer respecto del VAR y su omnipresente importancia en estos días de Copa América. Lo encontré tirado en el pasto, en esa posición tan típica de quien está por filosofar o le están por hacer una colonoscopía. Como siempre, me leyó la mente:

–A mi tío Gabriel le decimos “Fútbol actual”… lo arruinó el “bar”…- pontificó.

Quedé a mitad camino entre la risa y el asombro, no sabiendo si debía o no soltar una carcajada. El maestro intuyó mi vacilación y dijo:

–Es un chiste… debería reírse…

Solté entonces la carcajada reprimida y volví a ser advertido.

–Es un chiste inteligente…no debería reírse tanto…

–¿En verdad piensa que el VAR arruinó el fútbol, maestro? –inquirí–. El Enviado se rascó la barbilla e inició un breve pero contundente monólogo.

–Debimos haberlo sospechado. Fuimos muy ingenuos. ¿Cómo no advertimos que en esa mutación de la hermosa palabra “Bar” en “VAR” no se escondía su antítesis, su antagonista, su apocalipsis… ¿Por qué los profetas del odio no usaron la palabra “Pub” para despedazar? No claro, “casualmente” usaron “Bar”… Y entonces ese bar que es la mejor metáfora del fútbol, porque en cada una de sus mesas se despliega la dinámica de lo impensado de la vida, mutó en este VAR cuya esencia es la pétrea previsión de lo infalible, de lo que inhibe la discusión, el café, la indignación, la trompada, el amor, el abrazo. Nos hemos dejado embaucar como recién llegados a la ciudad, los cipayos han obtenido un nuevo triunfo… nos han hecho el amor con el miembro exhausto… Pronto los partidos de fútbol propiciarán escenas que ni la inventiva distópica de Fontanarrosa o Soriano hubieran podido parir…

–Pero… maestro, ¿no cree realmente que la aplicación del VAR, una vez que encuentre su mejor versión, evitará muchas injusticias?

–Eso es lo que temo… que llegue a ese punto. Será el equivalente al amor sin  dudas, a la política sin conflictos, al arte sin dolor… un pavoroso museo de cera que evocará lo que alguna vez tuvo vida… Ah, la injusticia…la injusticia de haya habilidosos, la injusticia de que una pelota entre y otra no, la injusticia de que un tronco triunfe, la injusticia de retirarse tan joven…sacadle al fútbol la injusticia, y quedará algo muy parecido a la justicia, pero con nada de aquello que alguna vez llamamos fútbol…

Estupefacto como siempre ante la lucidez del maestro, le pregunté si tenía alguna historia sobre el VAR para contarme, y me contó ésta, que como siempre (tal vez como nunca) puede ser símbolo, delirio o profecía.

Resulta que de un día para el otro la FIFA decidió que todos los clubes del mundo del fútbol profesional debían tener el sistema VAR para los campeonatos de inminente comienzo, bajo amenaza, en caso de no tenerlo, de ser desafiliados. En cuestión de horas, la cascada de reclamos se convirtió en coro de débiles. En cada país, el 80% de los clubes no podían hacer frente al gasto de instalar ese sistema. En una reunión hecha con celeridad y cintura política los mandamases del fútbol advirtieron que, de dar marcha atrás con la medida, se mostraría debilidad, y de dar marcha adelante, se haría gala de una obstinación que sería execrada desde todas las latitudes. Finalmente se llegó a una solución: que cada club ideara un sistema tipo VAR que al menos asegurara una instancia de consulta ante fallos polémicos.

Una vez comunicada (y recibida con beneplácito) esta buena nueva, el ingenio popular desplegó sus alas “davincianas”, y como en una cosmología gnóstica, una cascada de implementos que iban desde la perfección absoluta hasta un grado de error cada vez mayor (mejor, diría el Enviado) fue informada a las autoridades.

Así, los clubes poderosos contrataron futuristas islas de edición con veedores, algoritmos, drones, cámaras, pantallas de silicio en 3D y otros artificios al servicio de la abolición del azar. Pero mientras esto sucedía, a medida que el poder se alejaba de ese centro minúsculo, la caravana de dispositivos decadentes a la vez que creativos, no dejaba de mostrar su fisonomía. Muchos clubes siguieron la lógica del VAR tradicional, pero con TVs un tanto arcaicas. Casi hubo que lamentar un accidente fatal cuando un televisor de 32 pulgadas con tubo se cayó desde las alturas sobre la anatomía de uno de los veedores. No menos curiosa (aunque sin dudas, menos peligrosa) fue la anécdota de ese club del interior que pidió prestados algunos aparatos al Albergue Transitorio del pueblo, y cuando hubo que chequear si en tal jugada había habido o no offside, lo que se terminó viendo fue una escena de “La Cicciolina y Julio César”. Mientras tanto, los menos pudientes se esmeraban por estar a la altura del desafío, con sus humildes pero nobles armas. Hubo un club de la D que montó una isla de VAR con viejos escuchando radios, y que defendió el proyecto diciendo que era el que mejor representaba la sigla “VAR” (en este caso: Venerables Ancianos Rati/rectifican). No debemos dejar de señalar otra nota de color: en cada una de estas manifestaciones inéditas, los árbitros debían desarrollar una mímica que se adaptara a cada caso (fue emocionante ver la vieja pantomima del ademán de escuchar radio, que convirtió casi en mimos a los árbitros del ascenso).

Era cuestión de esperar que el sistema de mordiera la cola, en paradójica o milagrosa metáfora, y el milagro (o la paradoja) ocurrió: así, un club de barrio de la capital en plena quiebra, habida cuenta de que no tenía un peso para invertir aun en el más humilde, ingenioso o decadente de los sistemas, propuso que los fallos se discutirían donde, en última instancia, siempre se han discutido, y de donde nunca debieron haber emigrado. Entonces, con una mezcla de estupor y emoción que abolía la pasión por los colores y dejaba flotando sin más la pasión, todos los hinchas de alma de todos los clubes festejaron abrazados ante el recurso que utilizó Deportivo X para emular el VAR: un grupo de hombres, discutiendo a los gritos desbocados el fallo en duda… en un BAR.