Literario

Ay, ay, ay, ay… sos amargo, amargo virtual

Partidos sin público pero con falso sonido de tribunas. Un verdadero despropósito al que la pasión transforma en un verdadero desastre.

El domingo pasado aproveché la ambigua flexibilización capitalina y me fui a ver al Enviado a su hábitat natural, con el razonable miedo a no encontrarlo. Más que la pandemia, temí que algún entrevero con las fuerzas del orden lo hubiera puesto en peligro; pronto comprendí que por estos días de agotamiento existencial las fuerzas del orden ni son tan fuertes ni tienen tanto orden, de modo que esa anomia me permitía ejercer cierta esperanza. Comencé mi expedición mimetizado entre un grupo de runners; a las dos cuadras un ahogo me convirtió en caminante; a las tres cuadras otro ahogo me mutó en espectador. Por un momento pensé que mi falta de entrenamiento solo me permitiría mezclarme con los vecinos que protestaban caceroleando, pero a pesar del cansancio extremo todavía me quedaba algo de oxígeno en el cerebro, así que no fui parte de esa turba aristocrática.

Encontré al maestro en su habitual postura meditativa; posición de loto, con sus palmas abiertas al cosmos.

–Ni una moneda me dan estos garcas…- dijo, y cerró las manos.

–¡Maestro! – le dije, y le ofrecí mi codo.

–Ah…los codazos…pensar que Passarella y Pernía se saludaban así desde tiempos inmemoriales…¿Cómo anda discípulo?

–Bien, maestro…quería verlo y saber cómo está. Veo que está bien, sabrá disculpar que no venga más seguido, no quiero poner en riesgo su salud…

–No pasa nada, hijo. Me asusté hace unos días cuando luego de una calma mortuoria de golpe todo el mundo salió a correr… Imagínese, de nadie a todo el mundo corriendo, pensé lo peor…

–¿A usted le gusta correr, maestro?

–La última vez que corrí no fue en un contexto de pandemia…fue escapando de un marido celoso. Bueno, ya sabemos…no hay pandemia más peligrosa que el amor…

Le conté entonces al iluminado que lo estaba buscando para ponerlo en autos sobre lo que, a mi criterio, es la peor falta de respeto al público de la historia de los medios de comunicación (y miren que hay faltas de respeto como para una historia universal de la infamia): esto de pasar partidos de fútbol sin gente en la tribuna pero poniendo de fondo sonidos de hinchada.

–Discípulo…no me tome por idiota…

–No, no…en serio, maestro. No solo se está jugando sin público, sino que los canales que transmiten los partidos lo hacen poniendo de fondo sonidos de hinchadas… 

El Iluminado salió de su posición meditativa como si se hubiese sentado en un hormiguero, y comenzó a gritar:

–¡Es el final! ¡Es el final! Ni las plagas ni el sonido de las trompetas apocalípticas pueden competir contra esto que me dice. Pero… ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar, cómo hemos borrado el horizonte? Salvo que, salvo que…

Y entonces me contó, a modo de profecía, esta historia.

Luego de unas semanas en que se asumió como normal ese sonido de falsa multitud en partidos sin gente, ocurrió la primera señal auspiciosa: uno de los encargados de semejante infame tarea le comentó a otro con quien trabajaba en la producción de esos sonidos impostores:

–Che…en la empresa nos piden que le demos a la gente la sensación de que están en un partido normal, ¿por qué no avanzamos con otros artificios tecnológicos? Yo tengo un amigo que hacía efectos digitales en Pipsar…lo rajaron porque se chamuyó a la novia de uno de los directivos, pero es un groso y está al pedo… Si la gente se engancha les va a gustar…

Entonces, de a poco, como conviene en estos casos; se empezó a meter en cada partido algún efecto realista. Al principio, falsas oleadas de gente que, como en la play, fingían los movimientos de los hinchas en serio. Durante unas semanas esta fue la gran novedad, con buena respuesta del público.

Pero ocurre que los muchachos, además de geniales y creativos, eran argentinos, así es que la nostalgia por lo que realmente ocurre en un partido empezó a estirar el alcance de los efectos. Una tarde, en un partido de la liga germana, de pronto se vio a un morochazo con la camiseta de Los Andes insultar al alemán del Borussia Dortmund que iba a patear el córner. En la liga española, mientras tanto, el encuentro entre Osasuna y Alavés se siguió jugando a pesar de que en la tribuna dos facciones de la hinchada se estaban agarrando a trompadas.

De allí a la militancia por los propios colores hubo un paso. No se entendió por qué en un partido de la liga inglesa, al equipo que tenía una camiseta roja le arrojaron azúcar desde el cielo; pero nada costaba suponer que era porque el encargado de hacer los efectos de ese partido era de Racing. Tampoco se pasó por alto ese desaforado que, en un match de la liga suiza, se agarraba los genitales mientras revoleaba un chocolate. Luego de un par de semanas de tensa calma la cosa aumentó exponencialmente: en un partido de la champions se escuchó de fondo, claramente: “Tomala vos, damela a mí, el que no salta, murió en Madrid…”; pero la sangre en el ojo no se quedó quieta: durante la transmisión de Atalanta contra Torino, una de la hinchadas  flameaba fantasmas con una franja roja cruzando la sában al ritmo de “Vos sos de la B…”.

Un botellazo cayó en medio de un partido de la liga de Portugal, mientras un árbitro, también fraguado en los estudios de realidad virtual, pedía a la gente que se calmara. En la semifinal del brasileirao, no se terminó de entender cómo una de las hinchadas bajaba una bandera gigante con la cara de Caniggia.

Mientras tanto, entre los hackers crecían las tensiones; entre ellos, porque era evidente que sus preferencias futbolísticas los ponían cada vez en situaciones menos manejables, pero además porque pronto recibieron la visita de algunos barras que no pudo disimularse, a pesar de que se maquilló la situación con la eufemística frase de siempre:

–Vinieron a alentarnos…

Una frase colgada de un pasacalle parecía decir otra cosa:

–El domingo hay que hackear, como sea…

La tensión se transformó pronto en violencia de hecho; en el anodino partido entre el PSG y Mónaco, el estudio se transformó en un caos, volaron computadoras, módems, monitores, mouses… Uno de los genios le gritaba a otro:

–Cagón, ayer te fuiste a tomar un café cuando entró la yuta al estadio…

Pronto los inadaptados fueron expulsados de sus respectivos trabajos y se decidió dejar el sonido real de los partidos; un verdadero monumento a la tristeza, pero que al menos considera al espectador televisivo un estoico capaz de ver un partido sin público, pero no un imbécil capaz de ver un partido sin público como si lo hubiera.