Azul Pedemonti

El tenis en la sangre

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Con 19 años, la concordiense logró una beca al 100% en la Universidad de Houston, donde podrá continuar con su desarrollo como tenista, al tiempo que estudia Marketing. "Es una oportunidad para seguir adelante con mi sueño y me aferro a ella", afirma.

Llueve torrencialmente en Concordia, Entre Ríos, durante cuatro días. Una cortina de agua, soberbia e imperturbable, cesa recién en la madrugada y Azul Pedemonti no se resigna. Quiere mantener los entrenamientos en doble turno, a rajatabla. A ella poco le importa que el clima no colabore con su cometido. Su entrenador de entonces, Juan Pablo Maciel, la pone a prueba. Desde el auto y a simple vista alcanza para darse cuenta que las canchas están inundadas de lado a lado. “Azul, vamos a hacer una entrada en calor antes de pegarle a la pelota”, le indica y Azul sale disparada para cumplir con la orden. “No le importó que estuviera inundado, ella sólo quería entrenar”, agrega Maciel para calificar a la entrerriana como una tenista a la que no hay que motivar para jugar porque “ella siempre está con ganas de aprender”.

Le dicen la Flaca. Tiene 19 años y en agosto de 2019 hizo un cambio radical en su vida. Partió de su Concordia natal rumbo a Estados Unidos para continuar con su sueño a cuestas en la Universidad de Houston, donde en agosto próximo estima iniciar la carrera de Marketing. “Es una oportunidad para seguir adelante con mi sueño y me aferro a ella”, sostiene.

Azul se desvive por el tenis. En verdad, le corre por las venas, lo lleva en la sangre desde los 7 años cuando su papá la llevó al club Libertad y dio sus primeros pasos en el polvo de ladrillo. A esa edad, por supuesto, todo era lúdico. Pero Azul aprende y suma horas de cancha. Parece incansable. Ella sólo busca pegarle a la pelota más veces que el rival que tenga enfrente.

Fotos de Azul para la Universidad de Houston

El progreso de la concordiense no se detiene y un viaje a Italia termina de sellar definitivamente lo que quiere para su vida. Tenía apenas 13 años, estaba sola ante el mundo. Sola pero decidida, más allá de los kilómetros de distancia que recuerda aquel como un paso fundacional. “Si hoy pienso en ese viaje no caigo que subí a ese avión. Cuando subí no entendía nada. Pero todo eso me sirvió mucho. Estaba acostumbrada a viajar con mi papá. Fue un gran cambio que me hizo madurar. Mis viejos sufrieron mucho porque no podían estar conmigo. Fue duro para ellos soltarme y para mí soltarlos. Pero eso me ayudó a desenvolverme sola, a madurar”, le cuenta Azul a Enganche.

Su sueño crece a medida que aumentan los viajes. Y, con ellos, aparecen las primeras carencias. Las económicas, claro. “Es difícil ser jugadora de tenis en este país. Y mucho más si sos mujer”, dice. Y continúa: “Hace dos años atrás dejé de jugar. Estaba frustrada, enojada por no saber qué hacer porque demandaba mucho dinero para mi familia y ellos no podían seguir bancándome porque no tenían los recursos. Viajar, torneos, entrenamientos es muy costoso. Sobre todo para un sudamericano, por el cambio y por la distancia. Todo eso te juega muy en contra muchas veces en cuanto a la presión y ya no quería seguir lidiando con eso”. Tras un intenso 2016 cargado de viajes y un enorme estrés, Azul tuvo un arranque flojo y decidió dejar de lado la raqueta. “Me choqué con una realidad, con una pared. Fue duro jugar a tan alto nivel y que no te vaya bien. Me replanteé si eso era para mí. Para mis rivales, jugar al máximo nivel era frecuente. Y para nosotras era algo poco frecuente, sobre todo para las sudamericanas. Estuve dos meses sin jugar y ahí me di cuenta lo dura que era mi vida sin el tenis. Quería hacer una vida normal, cuando en realidad no lo era. Lloraba todos los días. Tenía mucho tiempo libre porque iba al gimnasio y preparaba alguna materia para el colegio y no más. Y decidí volver, le dije a mi papá que quería volver. Quise competir rápidamente y me sentía mal, sufría jugar. Entonces, decidí solo entrenar porque competir me estaba frustrando. A fin de ese año me cambié de club”, se sincera con tal crudeza que acepta y se reconoce tan autocrítica como competitiva. “Pero me di cuenta que esto es lo que verdaderamente me gusta, lo que quiero hacer y apareció la oportunidad de ir a la Universidad de Houston. Entonces empecé a investigar sobre el tema porque tenía la experiencia de amigas que se habían ido antes y me gustó la idea. Unos años antes había rechazado algunas propuestas porque no me imaginaba aún lejos de los míos y porque quería ser profesional. Pero las cosas se fueron complicando porque se tornó en un deseo casi imposible de cumplir para mi familia. Leí mucho, investigué y me gustó la vida que podía tener allá”, continúa.

Azul, en 2013

–¿Cómo es la vida en términos de educación y deportes porque allá se concibe de manera distinta al deportista, se lo ve como una unidad indivisible entre deporte y educación?

–Sin dudas, el estudio tiene tanta prioridad como el deporte. Depende de la carrera que hagas, la demanda del tiempo es fundamental. Como mi inglés es aún básico di los exámenes preliminares que hay que hacer y que te demandan las universidades para continuar con el proceso de estudios. Me costó mucho al principio por el idioma, por eso todavía no estoy dentro de la carrera que elegí pero en agosto de este año ya podré ser parte de la carrera. Después entrenamos y estudiamos mucho porque se te demanda cierto nivel académico para sostener la beca. Entonces el esfuerzo debe ser doble. La mayoría de los fines de semana jugamos torneos. Y, al lunes siguiente, de nuevo al ruedo. No paramos.

–Es un sistema mixto en el que se combina de manera igualitaria entre estudio y deporte…

–Sin dudas que sí y allá los jugadores son mayores porque antes van a la universidad y luego saltan al tour internacional. Cada vez es más común iniciar la universidad y luego dedicarse al profesionalismo. Muchos optan durante las vacaciones, que allá son entre mayo y agosto, a jugar torneos profesionales. Y muchos logran durante la universidad jugar torneos profesionales para no perder su ranking. Y eso te eleva el nivel deportivo sin olvidar la parte académica. Y los torneos entre las universidades son de muy buen nivel.

–¿Qué pasa si a futuro te ofrecen jugar para Estados Unidos, en función de que allá fuiste 100% becada para seguir adelante con tu sueño de ser profesional?

–Es una pregunta difícil porque amo a mi país y lo representé de más chica y es algo que te queda para toda la vida. Pero admito que la razón por la que me fui es porque en mi país no podía seguir adelante con mi sueño de jugar. Creo que haría todo para tener una oportunidad de jugar por el país porque la bandera la llevo siempre, más allá de que cuando jugás para una universidad lo hacés bajo la bandera estadounidense; es decir, te nacionalizan pero yo siempre hablo de mi país.

–¿Cómo defendés tu argentinidad?

–Con el mate. Ando con el mate por todos lados. Una vez fui al zoológico y todos me preguntaban qué era porque lo ven como una cosa rara. Y el idioma no nos deja expresar como lo hacemos los argentinos, además de tener un humor distinto. Muchas veces me preguntan sobre mi té argentino. Es difícil explicarlo. Es algo que llevo adentro. Como Concordia, el asado, la familia y los amigos.