Mario Ghersetti

La clase media del deportista

Llegó a Italia en 2001 y estuvo dos años jugando para pagarse su pase, su representante le compró una computadora para hablar con su familia y él se la pagó en cuotas; es sinónimo de lucha y a los 38 años sigue compitiendo en un altísimo nivel, el tandilense que es un gladiador del básquetbol

El cuento de hadas para los deportistas no es moneda corriente. Es sabido que hay miles de casos en los que conseguir una carrera depende mucho de un guiño del destino. Que llegar a conseguir un nombre va de la mano del esfuerzo y la dedicación. Pero poder convertirse en una estrella y contar y contar dinero no es para todos. Hay una cantidad enorme de deportistas que necesitan defender su futuro y formar parte de la clase media de los atletas. En ese contexto, ganarse la vida como jugador de básquetbol fue la elección Mario Ghersetti. A los 38 años construyó su historia en Italia, pero el camino permite comprender de qué se trata ser un laburante en este universo de redes, aros y pelotas. De aquellos 600 pesos por mes jugando en el TNA Argentino a poder tener una buena vida después de batallar en Europa.

Llegó a la Isla de Cerdeña en 2001, después de arrancar su carrera profesional en Peñarol de Mar del Plata, en la Liga Nacional, y encontrar continuidad en Central Entrerriano. La urgencia de un país que no mostraban un panorama sencillo, lo empujó hacia el Viejo Continente: “Me acuerdo que cuando decidí irme a Italia, estaba en la puerta de mi casa, cuando jugaba en Gualeguaychú, y llorando le dije a mi viejo: ‘Me voy a la mierda’”.

Mario es uno de esos tipos que con sólo escucharlo se puede comprender de qué se trata salir a ganarse el mango en el universo del deporte: “Hay que tener mucha constancia, hay que tener un poco de suerte y confianza de que puede suceder algo. Quedaron muchos jugadores de mi camada en el camino. Desde chicos se viven una presión desmedida para llegar a ser profesional. Acá en Italia no existe eso. En Argentina es un premio llegar a la Liga Nacional. En mi caso tuve más que ese premio, porque después de salir de Peñarol, me fui a Central Entrerriano, en el TNA. Y una vez que me vine a Italia, me dije que iba a trabajar de jugador de básquetbol”.

Pero claro, cualquiera podría pensar que hasta aquí el recorrido es el tradicional al de cualquier jugador. Sin embargo, en la ruta de Ghersetti hay algunos guiños que son elementales para escribir capítulos de los que encantan en la cadencia del relato: “El club que me recibe en Italia (Silver Basket Porto Torres) me da la posibilidad de comprarme mi propio pase. Sí, me pagué el pase, durante dos años ellos me descontaban un porcentaje alto de mi suelo a cuenta de mi transferencia. No me quedaba ni un mango. Después le pedí a mi representante que me comprara una computadora para comunicarme con mi familia y arreglé pagársela en cuotas porque no tenía para hacerlo de otra forma. Yo estuve dos años hablando con mi familia por teléfono público. Salía a las 12 de las noche, sin importarme la temperatura, iba hasta el teléfono que estaba a dos cuadras y charlaba con mis viejos. Si no encontraba a nadie, tenía que esperar como una hora y media, volvía y ahí sí los contactaba”.

Padre metalúrgico y herrero de nacimiento, le dio a Mario las herramientas para ser un luchador. Pasó por 10 equipos del básquetbol de Italia y ahora es jugador de Mantova, de la Legadue (la segunda división), pero no se olvida de cada uno de los momentos que vivió desde muy chico. “Cuando me portaba mal, cuando era pibe y me castigaban me llevaban al taller a laburar. Así que recuerdo cómo soldar, pero no mucho más. Igual son recuerdos hermosos. Además, mi viejo también fue entrenador de rugby, un buen técnico. Y yo fui jugador de rugby durante siete años. Jugaba de foward, lo hice en dos clubes: en Los 50 de Tandil y en Caribu”, dice. “A los 13 años tuve un viaje contemporáneo con el básquet y con el rugby y me decidí por el básquet. Pero ojo, me encantaba el rugby”, sostiene.

Su pelea por encontrar un destino haciendo lo que más le gusta, tiene momentos que marcaron su vida, como cuando terminó de pagar los 20.000 euros que costó su pase: “Cuando terminé de pagarlo, fue una liberación. Cuando se acaba la segunda temporada en Cerdeña, me dan un papel y no entendía qué era. Tenía un montón de datos míos, pero no sabía de qué se trataba esa planilla ¡Era mi pase! Y fue genial. Después cada vez que me iba de un equipo me podía llevar mi pase, que ni jugadores de alto nivel lo pudieron hacer. Jugadores que eran mejores que yo no podían lograrlo porque los costos son altísimos. Así que cuando lo tuve, fue algo fantástico”.

Sencillo, directo y con una naturalidad para contar su vida que impacta. Apasionado con cada palabra que ofrece. Extraña la Argentina, porque sus raíces están en Tandil, pero sabe que en Italia sus posibilidades se multiplican. Tiene claro cómo pensar por fuera de la pelota y el aro. “Para mí, la verdadera vida empieza cuando terminás de jugar al básquet, porque esta es una vida en la que ganás un dinero que te permite tener un pasar bueno, pero si no invertiste bien podés quedar mal parado. Acá en Italia te gastás la plata en un día, hay que tener las cosas muy claras. Ahora, a los 38 años, volví a estudiar, estoy haciendo un curso profesional para ejercer como General Manager, porque seguramente voy a estar ligado al básquet. Me gusta estar cerca del básquetbol desde la gestión deportiva”.

El ala pivote de 2,01 metros, repasa los primeros momentos y recuerda que tuvo que comenzar de cero cuando llegó a Cerdeña, que el idioma no lo manejaba, pero que se entrenó día y noche para defender su futuro. Con Martina Benetti, su compañera de vida, planean pasar su tiempo en Italia y en la Argentina, cuando se termine la carrera de Mario como jugador. Pero no pierde su esencia Ghersetti, destila humildad y en cada reflexión deja en claro que es un gladiador adentro y afuera de la cancha: “Cuando hago un repaso de mi carrera, la verdad que son emociones diferentes las que me invaden. Podría hablar días y días de lo que siento. Rápidamente puedo decir que el sentimiento es el de un afortunado, porque hago lo que amo y, como vengo de una familia humilde, yo sé de qué se trata que alguien trabaje de sol a sol. Como lo hace mi viejo, como mi suegro, que trabajan como locos. Por suerte pudimos construir una vida acá, también en la Argentina y pude ayudar a mi familia. Es gratificante saberlo. Es cierto que me hubiera encantado hacerlo por completo en la Argentina, pero el destino me dio esta chance y estoy eternamente agradecido. Por aquellos años duros y por estos que disfruto”.