Braian Toledo

Alegoría de la jabalina

La muerte de Braian Toledo dispara inexorablemente dos preguntas: ¿cuántas cosas mueren junto con un hombre bueno? ¿Cuántas cosas renacen para siempre de esa muerte?...

Conocí a Braian Toledo a través de un vínculo muy intenso y profundo que tuve con él… durante diez minutos.

Quien crea que estoy diciendo un disparate o estirando hasta la desmesura las posibilidades de la paradoja, merece (y acaso necesita) una explicación. Ahí vamos, pues.

Durante algunos meses, el año pasado, tuve el honor y el placer de aportar algunos relatos radiales para el programa “Enganche”. En esas incursiones, solía encontrarme en la radio o merodeándola a todo tipo de celebridades. Para mí, que soy un simple hombre de a pie, ver de pronto a Ernesto Cherquis Bialo o a Hugo Conte eran experiencias de esas que desbocan las pulsaciones y piden a gritos volver a casa para convocar alrededor del mate a un auditorio de familiares. Una de esas tardes, mientras pispeaba quién era el invitado, vi a un morochazo, tallado por orfebres anatómicos, hablando con una maravillosa alquimia de sencillez, profundidad y convicción. Había algo en sus ojos que pedía a gritos el tipo de atención que solo merecen quienes con sus palabras nos permiten asistir a esa clase de momentos que dividen aguas. Pregunté quién era, me dijeron, y me quedé afuera de la pecera escuchando cada una de sus reflexiones y experiencias. Enseguida, en medio de ese clima tan “Enganche” que se genera en el programa, comprendí que no estaba en presencia de alguien bueno, sino del “Bien”. Sí, así, con mayúsculas, platónico, metafísico, absoluto, objetivo, trascendental o como carajo se le llame a eso que se nos presenta casi como una especie de pequeña pero sagrada revelación. A quienes crean que exagero esto que digo porque la tragedia de Braian, como toda muerte, exacerba las virtudes de quien ha partido; les digo dos cosas: a) váyanse a cagar si no me creen; b) les voy a explicar amablemente por qué me tienen que creer.

Cuando tuve el honor de hablar con dos grandes tipos como Hugo Conte o Cherquis, abundé en preguntas relacionadas con su vida pública, con su condición de ejemplos y arquetipos de su profesión; puesto yo a tener algo que decir, dije las pavadas del caso: a Conte le dije que yo jugué al volley y mis hijos lo hacen actualmente; a Cherquis, que alguna vez estudié periodismo y que escribí y escribo algunas cositas sobre ficciones deportivas. Puesto, en cambio, a hablar durante esos inolvidables diez minutos con Braian, me desesperé por contarle que una vez di una charla sobre Filosofía para adolescentes en Macros Paz, y que nunca había estado ante un auditorio compuesto por pibas y pibes tan buenos. ¿Por qué le dije eso? ¿Por qué no preguntarle por la técnica del lanzamiento de la jabalina? ¿Por qué no dejar que me contara sobre su rutina en Finlandia? Porque ese morocho de Vitrubio, antes, por encima, por debajo, y después que cualquier otra característica, exhalaba el “Bien”.

Recuerdo que llegué a casa y boceté un texto sobre esta experiencia conmovedora, que se llamaba, literalmente “Hoy estuve charlando con el Bien”, y que eventualmente, si tomaba forma, publicaría en “Enganche literario”. Como siempre tengo ideas más extraordinarias que yo, la iniciativa, que era muy interesante, fue interrumpida por mi impericia, por mi falta de vuelo poético, y por el liso y llano miedo de no estar a la altura de lo que quería decir. Así es que la abandoné, no sin antes garabatear una especie de introducción que intentaba decir algo así como “Hay ocasiones en que uno se encuentra con personas buenas, muy buenas, luchadoras, idealistas, militantes, pero no siempre esas características admiradas producen la sensación de estar frente al Bien, no como atributo de alguien, sino como condición previa o esencial de ese alguien o como la forma que tiene el Bien de manifestarse a través de un ser humano…”. Luego intentaba explicar que cuando esto sucede, enseguida uno se vuelve más bueno; esa gravitación del Bien, esa irradiación de la Bondad, ese fuego del Amor, no puede, a menos que nos obstinemos en la insensibilidad más absoluta, no volvernos un poco más buenos. Hasta pensé, en forma de casi broma, que debería imponerse en la jerga popular la frase “Es más bueno que Braian Toledo…”.

Esa tarde (sigo con la explicación) tenía que dar clases en el profesorado y hablar sobre el concepto de Bien en Platón, y usé mi encuentro con Braian como ejemplo; palabras más, palabras menos, dije: “Hoy estuve con una persona que me demostró en diez minutos que el Bien existe…”.

Cuando me enteré de la muerte de Braian fui con los ojos empapados en busca de mi esposa, y alcancé a balbucear: “¿Viste quién murió?… Braian Toledo…”. Mi esposa, otra morochaza del Conurbano, involuntariamente, en su forma de preguntar, le dio a la escena todo el sentido que parecía estar desalojado por el absurdo. No me dijo, “¿Quién, el pibe que tiraba jabalina?” Me dijo: “¿Quién, el pibe ese que vos me dijiste que era tan bueno…?”.

Como a Platón le gustaba explicar las verdades profundas con alegorías, no puedo evitar agregarle ahora a la explicación esta posibilidad alegórica. Es inevitable pensar que la jabalina era un símbolo de la vida de Braian, o una parábola, para decirlo en honor al movimiento que describe en su viaje desde el brazo al cielo, y de éste a su meta. A la jabalina hay que agarrarla con convicción y firmeza, esa que tuvo la madre de Braian para arroparlo cuando el futuro parecía difícil de conjugar y el presente imposible, a veces, de soportar. Hay que soltar eso que aferramos en el momento justo, luego de un impulso, mirando hacia un horizonte siempre abierto, a veces hospitalario, siempre enigmático, a veces amenazante. Hace falta quien ayude a soñar, quien pueda ver ese horizonte, alguien como ese profe, de esos otros buenazos que andan por el Conurbano con la fe que los empecina, viendo en un chico pobre un deportista de elite. Está luego el entorno adecuado para que ese vuelo acontezca, para que las potencialidades individuales puedan ser: ni el individualismo meritocrático ni el voluntarismo que no puede dar cauce a esas potencialidades; el verdadero punto medio de la parábola, cuando la jabalina está en el aire, cuando el pibe que puede pero no tiene, necesita del contexto que tiene para que pueda (por eso Braian, que bien podría haber jugado el papel del “chico humilde que cumplió su sueño”, prefirió dedicarse, además, a ser “el hombre que trataba de que otros chicos humildes lo cumplieran”).

Y entonces… la muerte. Feroz, absurda, despiadada, con esa precisión quirúrgica que tiene para llevarse a quien tanto hace falta.

Y entonces, la pregunta: ¿es la muerte, en su infinita posibilidad de ser interpretada, la suma de todas las parábolas? ¿O es, en su literalidad insuperable, el fin de todas las parábolas?

Hay en la muerte de Braian algo que solo acontece cuando alguien bueno de toda bondad muere: con él mueren muchas cosas pero renacen tantas otras.

La vida y la muerte de Braian son ese vuelo efímero de jabalina: la salida furiosa y desafiante desde ese brazo macizo, lleno de infancia anhelante y valiente; la mirada soñadora hacia adelante, hacia esa meta que siempre fue desafío y jamás obstáculo; el viaje por el aire hacia su punto más alto; la espera ansiosa que parece suspendida, y de pronto ese declive que cesa abruptamente…

Pero también, y fundamentalmente, es (tenemos el deber de que sea) esa jabalina mágica que, por esos misterios que tiene la física cuando el Amor la vuelve metafísica, puede quedar suspendida en su punto perfecto de estabilidad en el cielo.

No nos hace falta entonces más que mirar de reojo allí, para ver suspendida esa bondad, recordándonos a todos que si del frío en el piso se llega al calor de la gloria, es porque en el medio hubo el Bien. El de la madre y las hermanas y hermanos, el del profe, el de Braian, el del barrio. El Bien que no se mide por metros alcanzados sino por momentos compartidos, el que mejora las marcas propias mientras mejora la vida de otros, el que se guarda la medallas y las devuelve en experiencias, el que extraña en el hotel de Finlandia el colchón de Marcos Paz.

Gracias por aquellos diez inolvidables minutos de Bondad, Braian. Te los agradezco, por decirlo de alguna manera (que espero vos por fin ahora entiendas)… eternamente.