Metegol

De arquero vale doble…

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Con olor a barrio y con un abanico de anécdotas, se escriben miles de historias de la mano del metegol; entre el deporte y el entretenimiento, se erige una actividad que sabe de pasiones, ilusiones y sueños ambiciosos.

“De molinete no vale”, avisan los chicos previo a que la pelotita empiece a girar. Siempre hay un lugar para disfrutar de una buena mesa de metegol. En los kioscos, en los bares, en los clubes de barrio, hasta en los salones de cumpleaños, los niños y, muchas veces, los más grandes se divierten con esos “muñecos” que carecen de movilidad para pegarle a la pelota que rebota por todos lados. “De arquero vale doble”, se entusiasman los protagonistas. El Luna Park albergó el primer torneo de metegol en 1980. Había 200 mesas americanas. Una vez finalizado el certamen, esos “estadios” fueron distribuidos en los mejores locales de Capital Federal. En 1985, por decisiones personales, el grupo que llevó a organizar algunos torneos y difundir el juego, se disolvió. Fueron poco más de 10 años los que la actividad estuvo paralizada, casi como hoy está el país.

En 1996, en plena década menemista (una paradoja entre el ayer y el hoy), de la mano de Rafael Colaso y Antonio Caruso, se fundó la Asociación Argentina de Fútbol de Mesa. “Desde el año que se fundó hasta 2015 visitamos Alemania, Italia, Francia, Estados Unidos , Brasil y otros países para promover el Metegol”, le cuenta Rafael a Enganche.

Rafael Colaso, además de ser directivo, por supuesto, también es jugador. “En este deporte, los jugadores son parte de las asociaciones y/o federaciones”, explica el vocal titular de la Confederación. Con sus 55 años, admite que cada vez le cuesta más y que los pibes le ganan con cierta facilidad. “En 2017, junto con Marcos Lombardo, ganamos el último torneo de dobles profesional”, narra con un tono de nostalgia y orgullo a la vez.  Este deporte, porque para ellos es un deporte, es un juego que cuenta con su parte de alto rendimiento y su costado social. Además, hay una categoría para jugadores en silla de ruedas. En enero del año próximo, la Confederación visitará Italia para discutir el tour 2020. “Tenemos previsto viajar para charlar con Máximo Ragona, presidente de la Federación Italiana de Calcio Balilla”, se ilusiona Colaso. Rafael, con algunos dirigentes, recorren escuelas para contar, desarrollar y difundir el juego.

Hacen un trabajo de scouting y reclutamiento. Cuentan su pasión y, con ella, buscan cautivar, incentivar y motivar para que las nuevas generaciones continúen con un legado que habla de su infancia, de sus sueños, de sus ilusiones. También realizaron torneos en Córdoba, Mendoza, Salta, Entre Ríos y Santa Fe. Todo, con el mismo objetivo: evitar que la práctica del metegol perezca y quede como un recuerdo, como una historia de la infancia argentina en épocas en las que la tecnología apenas aparecía en un radio o un televisor y no en las tablets, smartphones y demás implementos tecnológicos que atraviesan a las denominadas generaciones digitales.

Matías y Marcos Lombardo, el 1 y 2 de una familia que juega a ganar.

Los partidos se juegan a cuatro goles y es al mejor de tres encuentros.  El que saca debe gritar “va” y el rival tiene que responder de la misma manera. Si la pelota ingresa en el arco y vuelve a salir, se cobra gol.  En el fútbol de mesa hay distintos tipos de infracción: movimiento de la mesa, distraer al rival de cualquier forma o soltar la manija de la barra y tirar sorpresivamente. El árbitro juzgará las infracciones y sancionará con un disparo desde la delantera según su interpretación y su decisión es inapelable. Para hacer más dinámico el juego, un equipo tiene 8 segundos de posesión en cada barra. Si supera ese tiempo, la pelota será del rival. Además, si la pelotita sale del rectangular, repone el equipo contrario desde la defensa aún si este fue el último en tocar la pelota.

Argentina está representado, entre otros, por un joven de 21 años: Matías Lombardo. De pibe veía jugar a su papá con sus amigos. Por eso, comenzó a entrenarse entre tres y cuatro horas por día para intentar tener el nivel de Marcos, su padre. “Observaba a mi viejo y a los amigos y me empecé a enganchar. Quería jugar al nivel de ellos y a los 7 años ya estaba mezclado entre los grandes”, se sincera el promisorio crack de metegol.

Su primera desilusión llegó en 2015. Como consecuencia de temas económicos no pudo viajar a Europa para participar de un torneo y es algo que dice aún lo marca. Papá Lombardo, quien le transmitió la pasión por este juego, lo ayudó a sanar esa tristeza y lo impulsó para seguir adelante. “Mi papá lo siente más que yo. Cuando viajaba en colectivo y veía un metegol, se bajaba para jugar”, recuerda mientras sonríe por la pasión de su papá. El pequeño Lombardo, con resignación, entiende que vivir en Argentina de este juego es complicado. Casi imposible. Con ilusión por ser unos de ellos, relata que en Europa hay miles de jugadores que se dedican al fútbol de mesa. 

Uno de los tantos torneos que se disputan en el país.

En esta idea de continuar con el legado Lombardo, Matías no le escapa a la responsabilidad de representar al país. Por ello, cuenta que cambió la presión por la confianza. “Al principio sentía muchos nervios y eso me hizo perder muchos partidos. Antes me fijaba en el rival y no me tenía fe. Ahora juego tranquilo y voy con mucha seguridad sin importarme el rival”, expresa el mejor jugador argentino de la actualidad.

“Fue una sensación hermosa ser parte de la selección Argentina, fue lo mejor que me pasó en la vida”, agrega. Si bien existe un ranking en el que Matías lo lideró bastante tiempo, los logros para determinar que Lombardo es el mejor jugador de la Argentina se ven en los últimos tres torneos profesionales ganados. Estos éxitos tuvieron el mismo adversario: Marcos, su papá. “Los últimos tres torneos que gané, jugué la final ante mi papá y gané yo. Los dos somos muy competitivos, no queremos perder nunca, y nos enojamos mucho. Enfrentar a mi papá lo veía como un paso más, siempre quise tener su nivel y un día lograr ser mejor que él. Y ese día llegó. Me siento mejor que mi papá”, describe Draq (sus amigos lo llaman así), con una mueca de broma pero con un tono que hace notar la confianza en su juego.

Lombardo es un pibe de 21 años con desafíos cumplidos, con torneos ganados y la esperanza de seguir aprendiendo y creciendo en todos los aspectos. Pero como todo adolescente tiene un gran sueño. Y ese deseo se llama Europa. “Mi único sueño que me queda por cumplir es jugar torneos afuera y ganarlos. Sería el mayor logro en mi carrera deportiva”, se esperanza. Matías, el chico que venció a su papá en tres finales consecutivas, aspira a expandir su apellido por todo el Mundo. 

Matías Lombardo es la punta de lanza con la que la Federación Argentina tiene la ilusión de imponer el fútbol de mesa. Para ellos, por supuesto, de molinete no vale. Lo que vale, son los sueños. Y van por ellos, porque están para ser cumplidos.