Literario

Carlino, a los 72, de palomita

En medio de la polémica por las restricciones para las personas mayores de 70 años, he aquí la evocación de un gol legendario, hecho por un personaje legendario, en un lugar legendario, pasadas sus siete décadas.

A “La Saca”

Me preguntan preocupados, mis fieles lectores, si he tenido noticias del Enviado en estos complejos días de cuarentena. Tranquilos, está bien, aislado (recordemos, aunque jamás lo hizo explícito, que el Iluminado ha pasado los 70 años, esa sagrada edad referida por la Biblia, el Dante, Schopenhauer y el Gobierno de la Ciudad). Hace unas noches salí a sacar furtivamente la basura y me encontré con un árbol forastero y con barbijo que me susurraba:

–Estoy bien, discípulo…nos vemos cuando las normas se flexibilicen…o cuando sea normal hablar con los árboles, cosa para la que, sospecho, falta poco…

Reprimí las ganas de abrazarlo y, ya echado en la cama, me puse a pensar a propósito de la polémica sobre la posibilidad de restringir la libertad de las personas mayores a 70 años, en alguna anécdota futbolística propiciada por una persona de esa edad, que mereciera le evocación literaria. La ecuación “Anécdota –persona de más de 70– inolvidable” conduce, para las personas de mi generación, a una única Roma: Alfredo Carlino.

Traté entonces de reconstruir aquella histórica tarde en Domselaar, para transmutarla en escritura. Aviso para quienes creen que toda reconstrucción literaria “mejora” la realidad histórica de ciertos hechos que este axioma, que efectivamente se puede aplicar a casi todos los mortales, tiene una de sus excepciones en Carlino (que, por si hace falta todavía aclararlo, no era como todos los mortales). Es, lo sé, imposible no empobrecer aun con la mejor narrativa (que no vendría a ser la mía, además) cualquier anécdota del poeta del pueblo. He visto a cantidad de muchachos fracasar en empresas menos arduas, como simplemente contar una anécdota de don Alfredo; mueven las manos, tratan de recuperar cada detalle del acontecimiento (porque los genios como Carlino convierten cualquier detalle en un acontecimiento), repiten como un mantra con la imitación del tono inolvidable la palabra “Querido”, que presidía cualquier alocución de Alfredo, seguida luego de una lección de esas que dejan en claro que uno no entiende nada de casi todo. A veces, en esa reconstrucción oral de las gestas carlineanas, ocurre algo milagroso, propiciado sin dudas por los milagrosos ojos de Carlino: los ojos del bardo se van poniendo de un azul verdoso, aspirando a emular los del poeta (ese efímero prodigio, milésimas más milésimas menos, suele durar lo que la mirada de una mujer cuando nos habilita para el beso).

Bien, vamos pues, a la historia.

Convocados por Mariotto a un asado en la quinta del inolvidable Juan, estábamos jugando un picado antes de un asado (¿o después? ¿O antes de volver a comer lo que quedó del asado del mediodía?). ¿Quiénes estábamos? Ah…como el día del debut de Diego, nadie quiere no haber estado el día del gol de Carlino, así es que a medida que pasa el tiempo, más gente estuvo. Está bien: los genios como Carlino, se sabe, merecen que quienes sientan haber sido testigos de cualquiera de sus hazañas sean homologados en ese sentimiento. No es mi memoria andropáusica, por otra parte, la más adecuada para definir quiénes estuvieron o no; solo haré una referencia vaga pero paradójicamente precisa, que hace justicia con la magnitud de la epopeya: estábamos todos los que Mariotto había logrado que nos quisiéramos. Involuntariamente celestino de la amistad, Mariotto tiene entre tantas características, una que creo lo define: la capacidad de lograr que personajes destinados a no encontrarse ni quererse, terminen encontrándose y queriéndose.

Ahí estaba entonces esa variopinta caravana de treintañeros, cuarentañeros, cercanos a los 50, y Carlino, lindo, infinito, pasando los 70. Se desplegaba, como en todo picado pre post asado, toda una feria de inconvenientes anatómicos: panzas, ahogos, amagues de infarto, tirones en el abductor, caídas en cámara lenta, patadas a destiempo, patadas a tiempo; había, también, todo tipo de reclamos: me hacés picar al pedo, el existencialista ¿no ves que estoy solo?, encáralo que está muerto, bajen la concha de su madre, largala morfón, reventála boludo no salgas jugando. Alguien, puesto por los dioses al servicio de la leyenda, convocó a morfar. Entonces se escuchó una de las frases más dramáticas que ha generado la historia del fútbol (y del deporte…y de la humanidad): “El que hace el gol gana”. Frase que tiene un nivel de crueldad solo comparable a esa metáfora del liberalismo que es el juego de la silla. Después de tanto esfuerzo, el que hace el gol gana; suma cero: toda la gloria de un lado, toda la vanidad del esfuerzo del otro.

El que hace el gol gana. ¿Y quién podía estar llamado a consumar esa victoria al final de los tiempos sino Carlino? ¿Y quién (seamos sinceros hasta la vergüenza) pudo pensar que sería él, que casi no había hecho otra cosa que mirar jadeante el partido, el héroe de la gesta? Hombres de poca fe, titubeantes discípulos, confundimos el estado físico con la metafísica. Profanos competidores de la disputa deportiva, no pudimos ver que ese era un desafío para que se revelaran, no los gratuitos avatares de la habilidad, sino las aladas potencias de la voluntad.   

Poeta, boxeador (¿acaso no es la poesía el fino arte de boxear con el lenguaje?), peronista (¿acaso no es el peronismo el obstinado arte de boxear contra el destino?), Carlino hace un último esfuerzo por su compañeros. Va, boina ajustada, pantalones caídos, hacia el área, con la fe que lo empecina. Julito Rivero, súbitamente Houseman, desborda (Julito es tan bueno que pone en duda ese rol decisivo, pero yo, con la impunidad de quien escribe la historia, he decidido que ese centro merece haberlo tirado Julito). Parece que se le termina la cancha, la energía, la habilidad o la esperanza; pero al filo de ese difuso límite que decide cuándo termina la canchita en un asado, logra que la pelota viaje al centro del área. Allí, aparentemente, no hay quien pueda hacer algo con ese centro desesperado. Pero desde atrás, como vienen los pobres; desde atrás, como viene el peronismo; desde atrás, como viene el principio, llega el poeta, el tipo cuyos ojos nunca envejecieron porque debían custodiar que los sueños no envejezcan. Hay un cuerpo que vuela, como el de un pibe de 20; hay una boina que vuela, como la de un viejo de 90; hay una pelota que vuela, sin edad, arquetípica y eterna, inmortal. La pelota va para un lado, la boina para el otro; Carlino, en el medio, abrazado por todos, hasta por los que perdieron, porque cuando los tipos como Carlino ganan, ganan todos.

Creo que, como hacen los hinchas de Central con la de Poy, nosotros todos los años deberíamos ir a Domselaar a conmemorar la palomita de Carlino.

Habrá, seguramente, muchas razones por las que no lo hacemos. La principal, creo, es porque no creo que el llanto nos deje mover las piernas.