Claudio Biaggio

El formador que no sabe venderse

El Pampa es de esa persona obstinada, que siempre va en busca de los resultados por encima de los estilos. Un técnico versátil, que dice que no es marketinero. El que no renuncia jamás a su sueño de volver a dirigir. "La adrenalina que tiene el fútbol no creo que esté en otro lado", se sincera.

“¿Una nota a mí? ¿Y de qué vamos a hablar? Mirá que mucho no lo hago, no me gusta…”. Claudio El Pampa Biaggio se defiende, por las dudas. “Mañana te llamo y te digo”, responde, convencido, y después se ríe, como si en ese gesto estuviera pidiendo disculpas. Al día siguiente suena el teléfono y ataca, confirma el encuentro con Enganche. ¿El lugar? El complejo Marinas Golf, en Tigre, un oasis para respirar, para hacer deportes y disfrutar de las vistas al Río Luján. Una hilera de palmeras adorna el camino hasta el encuentro con el hombre resultadista que aguarda con la misma serenidad que sabía bramar en las áreas ajenas. Allí sólo se escuchan los ecos de las palabras del Pampa Biaggio, Apenas un ruido a cristal suena cuando levanta su copa para tomar una gaseosa. “Esto es para despejarme de la vida. Acá vengo a estar en paz, la paso bien, disfruto, miro, observo mucho y no me entero de lo que pasa afuera”, dice, con tono apacible. Después se sienta en un sillón, que pareciera estar sin estrenar. Observa todo el paisaje desde la ventana, como si estuviera distraído, pero en el momento menos pensado eleva apenas la voz para decir: “Acá estoy, hablemos”.  

¿Cómo es tu día a día hoy? 

–Mirá, yo tomaba con mucha pasión el fútbol, lo que es ser técnico. Siempre espero la chance de volver a tener un equipo. Y ahora empiezo a mirar equipos de todos lados, así como hacen casi todos los entrenadores que están sin trabajo. Miro cosas importantes, lo que hacen técnicos de renombre en Sudamérica. Quiero que el día de mañana se abran las puertas en otro lado. A su vez, estoy con el gremio de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE). Con ellos doy muchas charlas deportivas. Para los más chicos y también para la tercera edad. Quiero que estén comprometidos y vinculados al deporte. Lo digo más allá del fútbol. Y también comencé un emprendimiento en la parte textil, con telas de jeans. Es todo nuevo y estoy aprendiendo.  

El Pampa posa para Enganche. Fotos: Carlos Sarraf

¿El fútbol sigue estando presente o cada vez menos? 

–Yo quiero ser entrenador, mi señora me quiere matar porque miro partidos de todos lados. Del Argentino A, del Nacional B, de la Superliga, de la Champions, de la UEFA, de México. Donde haya un partido, me lo pongo a mirar. Uno como entrenador mira más allá de lo que puede ser un resultado. En lo táctico, en cómo juega. Y me pongo a pensar. Sigo esperando que suceda algo. 

Desde la parte mental, ¿cómo venís transcurriendo este año sin dirigir?

–Desde la cabeza, con tranquilidad. Sé que la decisión de no dirigir, también la estoy tomando yo. No es que no me sale nada. No es que no dirigí porque no quiero. Sólo que no están dadas las condiciones. 

¿Qué límites te ponés? 

–En realidad, a veces me dicen que vaya a la B Nacional. Lo que pasa es que cuando uno llega a un nivel… Pensá que yo estuve 11 años en inferiores de San Lorenzo. Después, con el primer equipo. Un trabajo muy largo y que tuvo como recompensa dirigir a la Primera. Me dio ese golpe que necesitaba para la confianza. Sé que hay cosas que salieron muy bien, que fueron muy positivas. Como la venta de jugadores, aparecieron muchos juveniles, la clasificación a la Copa Libertadores, salimos terceros en un campeonato. 

Después de dirigir San Lorenzo, ¿es difícil bajar? 

–Yo no tengo problemas de bajar. Lo que quiero es que me den la posibilidad de poder trabajar tranquilo, de poder hacer las cosas bien. Quiero creer que las cosas a largo plazo se pueden hacer. Pienso así y hay técnicos que lo pueden hacer. Cuando hay proyectos, hay ideas y hay ganas, se puede. Y eso quiero.

El Pampa como DT de San Lorenzo.

¿Qué te reprochás de tu pasó por San Lorenzo? ¿Lo pudiste disfrutar? 

–Te voy a decir la verdad. El momento fue hermoso, la pasé muy bien, con errores, con aciertos, con nervios, con desazón en todo ese año y tres meses. Dirigir un club tan importante como San Lorenzo no es fácil. Muchos técnicos dirigieron San Lorenzo y estuvieron mucho menos. No llegaron ni al año. Pero no lo pude disfrutar mucho. El día a día, el tener que ganar y si las cosas no salían, siempre había que mejorar. Siempre estás pensando en algo que no te permite relajarte. Pero San Lorenzo es mi casa. La adrenalina que te lleva a que cada partido lo vivas como una final. No importa el partido, siempre es una final. Vos te jugás tu trayectoria, tu idea, tu estilo y tu forma. Yo lo disfruté a mi manera, a mi forma. Seguro que ahora pasó el tiempo y me digo que lo podría haber disfrutado más. Pero me quedo tranquilo, lo di todo.

Esa adrenalina de la que vos mencionás que te daba el fútbol, ¿hoy dónde la encontrás? 

–La adrenalina que tiene el deporte, el fútbol y lo que a uno le apasiona, no creo que esté en otro lado. En la vida cotidiana aparece por momentos y mucho más cuando jugaba. Y la verdad que, al momento de jugar, muchas veces tampoco lo disfruté. Y como entrenador me pasó lo mismo. 

En San Lorenzo tuviste muy buen porcentaje de efectividad y se te criticaban las formas.  

–Te soy honesto, yo sabía lo que tenía que hacer con ese plantel para tratar de sacar la mayor cantidad de puntos. Estaba limitado a un montón de cosas. Pero entendimos cómo jugar. Sabía que no tenía la jerarquía que podían tener Boca, River o Racing. Yo tenía que tratar que a San Lorenzo no le conviertan goles. Y lo logré. Junto con Boca fuimos de los equipos a los que menos goles les hicieron en ese torneo. Yo sabía que futbolísticamente no era muy vistoso. 

¿Siempre fuiste consciente de eso?

–¡Siiiiiiii, siiiiiii, siiiiiii! La tenía re clara. Pero re clara. Lo que yo tenía era para jugar de esa forma. Y sabía que jugando de esa forma iba a ganar mucho más de lo que iba a perder. Y así fue. 

 –¿Cuál es tu estilo de juego? 

–La realidad es que yo soy más ofensivo, me gusta tener un enganche, tener dos delanteros, me gusta tener tres volantes. Puedo jugar con línea de 3, con línea de 4. Yo de entrada en San Lorenzo apenas agarré jugaba con un 4-3-1-2. Belluschi de enganche. Nos defendíamos pero salíamos rápido de contra. La realidad es que uno intenta tener posesión de pelota, que los laterales pasen al ataque, que los delanteros tengan movimiento y que el enganche sea útil a la hora de jugar. Dos volantes internos que se puedan soltar. A veces tenés la idea pero no lo podés hacer. Tenés que adecuarte. El estilo te lo da el armado del grupo. Si yo quiero jugar con enganche y no lo tengo, me tengo que adaptar. ¿El 4-4-2 es ofensivo o defensivo? Y la verdad que depende de los jugadores.

¿Cuán importante es saber vender la imagen en la profesión de ustedes, los técnicos? 

–A mí me pasó que no supe venderme cuando estuve en San Lorenzo. Eso es. Hay entrenadores, sin desmerecer, que tienen menos efectividad de puntos de lo que tengo yo, pero se venden tan bien que siempre se pasean de club en club. Uno que tiene un montón de efectividad, que hizo un montón de cosas buenas, le cuesta agarrar un club. Hay técnicos que tienen una forma de venderse y que les da resultados. Yo no soy así. Lo mío es el hecho, es lo que se ve, es el trabajo, pero sobre todo es el resultado. Cuando analizás el entorno y giran siempre los mismos y todo sobre un mismo representante, cuesta todo mucho más.

Estamos en un fútbol que exige resultados y vos los conseguiste, ¿qué es jugar lindo para vos? 

–Entiendo a periodistas y a la gente que dicen que jugar lindo es salir de abajo, tocar, tener tenencia de pelota, ser más ofensivo, atacar por todos lados, presionar, presionar… Pero eso no lo podía hacer con los jugadores que tenía. Y sin desmerecer a mis jugadores. Yo sabía que el fútbol que a mí me gustaba, no podía hacerlo. Soy versátil. Y me adapté a otra cosa.   

¿Qué era esa otra cosa? 

–Y defenderme más en mi arco, tratar de que no me entre el rival, y después cuando yo tuviera la chance convertir, porque se necesitaba ser efectivo. Y convencer a los que les tocaba atacar en ese momento. Y eso pasó. Pasó con Cerutti (Ezequiel), con Blandi (Nicolás), con Belluschi (Fernando), con Botta (Rubén), que son los jugadores que más goles hicieron en la etapa que estuve. A veces vos decís jugar bonito es tener la pelota, estoy de acuerdo. A mí me encantaría, yo soy muy ofensivo, me gusta atacar. Pero tengo que entender el plantel que tengo.  

 –¿Hablaste de este tema con los jugadores?

–Sí, sí, sí. Lo sabían y yo tenía una conversación de todos los días con ellos. Y sabía que a nosotros nos criticaban el juego, que no era vistoso. Que San Lorenzo no jugaba a nada. Pero no jugaba a nada y ganaba 3 a 1. No jugaba a nada y ganaba 3 a 0. Fuimos a la cancha de Lanús y ganamos después de 14 años.

¿Cambiarías en algo la relación con los periodistas?

–Creo que en el fútbol los entrenadores dependemos mucho de los periodistas, de cómo nos ven. Hay técnicos que ya están con su idea y es más difícil de cambiar. Alfaro (Gustavo) y Zielinski (Ricardo), por ejemplo. En donde sea van a jugar igual. Serán criticados por su forma de jugar, pero tienen su estilo. Hay otros como Coudet, Gallardo, como podía ser Crespo. Ellos son más ofensivos y tienen otra idea. Y pareciera como que está mejor. Yo no tuve la fortuna de encontrar mi estilo de juego. Te soy honesto, en San Lorenzo quería ganar sin importar la forma. No me importaba jugar mal. Yo quería ganar. Repito, yo no podía tener los jugadores que quería y se te hace más difícil encontrar el estilo. Y creo que no me entendieron.

“Creo que en el fútbol los entrenadores dependemos mucho de los periodistas, de cómo nos ven”.

¿Liderar es convencer a los jugadores de esa idea? 

–Hay técnicos que son líderes por naturaleza, hay técnicos que lo que dan se transmite en la cancha y los jugadores te creen. Hay técnicos que laburan mucho y por ahí no tienen esa identidad con el jugador. Pero hacen lo que tienen que hacer y funcionan también. El liderazgo es natural de cada uno. Uno razona y sabe que depende siempre de los jugadores. Y cuando uno maneja un grupo tiene que saber las decisiones que va a tomar. A veces erróneas, pero saber que eso era lo que el equipo necesitaba. Los jugadores van entendiendo también el liderazgo de un técnico. 

¿Quiénes fueron esos líderes que a vos te inspiraron? 

–El máximo fue el Bambino (Héctor Veira) por la motivación, por las formas de su persona. Por ejemplo, el Coco Basile, Miguel Russo, fueron entrenadores de carácter fuerte. Tomaban decisiones complicadas. Y no porque ellos eran complicados, más bien porque tenían la convicción de que eso era lo mejor y se tenía que hacer así, y así ganabas. Me pasó irme a Francia y el entrenador me dijo que tenía que hacer tal cosa y si no, afuera. Cada entrenador te deja una huella. Por ejemplo, Gareca (Ricardo) me marcó mucho en Colón. Él tenía sus dos delanteros que eran Enría y Fuertes. Un día le dije: “Ricardo, dame la chance”. Y Gareca me respondió: “Te voy a dar la chance cuando no esté ninguno de los dos titulares”. Fue muy sincero. Yo aprendí mucho de Gareca. Como jugador fue mi ídolo. Como entrenador también porque aprendí de la honestidad de un DT, en decirle siempre la verdad al jugador.  

–Estuviste durante 11 años en las inferiores de San Lorenzo, que fue más vinculado en hacer docencia y en educar en valores. ¿Se puede hacer docencia también en un vestuario de Primera donde los egos, las estrellas y dentro de una sociedad cada vez más individualista y menos dispuesta al diálogo?

–En Primera vos sabés que terminan el partido y ya antes de bañarse agarran y miran el celular. Ven lo que pasó, lo que dijeron, lo que pusieron. En inferiores es una etapa muy complicada para el juvenil porque es una docencia hermosa para dar si estás convencido de lo que querés. Y todo se hace más fácil cuando el club acompaña. Me parece que hace años con la conducción de Hugo Tocalli está esa idea de educar al jugador. Saber que, para llegar, hay que prepararse mucho. Y cuánto más cerca estás, más difícil se te hace. La exigencia es mayor. Porque ya no es lo mismo si no le sabés pegar con la derecha o con la zurda. Si sos delantero y no hacés goles. En Primera, el disfrute y el placer queda de lado. Y cada día más. Si hablamos de docencia, en la etapa juvenil es muy productiva para el jugador y para el entrenador. Es ver todo el crecimiento mutuo.  

Y a vos te pasó mucho eso de potenciar a muchos juveniles…

–Claro… Senesi (Marcos), Barrios (Cristian), Pereyra (Elías), Herrera (Marcelo), Gaich (Adolfo), Kannemann (Walter) y hay muchos más. Todos jugadores que yo tuve en Inferiores, después en la Reserva y a muchos en Primera. Todo el proceso mío, también fue el de ellos. Y cuando llegan a Primera uno dice “¡Faaaa, qué lindo!”. Porque yo lo veía cuando era un nene que recién estaba con sus primeras armas en San Lorenzo. A Senesi lo tuve en octava, en séptima, después lo tuve en Reserva y hoy está en el Feyenoord. Entonces vos decís, ¡qué lindo todo! Y encima sumale que salimos campeones en Reserva, después de 16 años. 

En las juveniles, ¿también buscabas ganar? 

–Uno como entrenador siempre busca ganar, incluso en las juveniles. Vamos a ser honestos, el resultado sí importa. Sea en inferiores, sea en la reserva y ni hablar en Primera. 

Entonces, si el resultado importa, ¿por qué te fuiste de San Lorenzo? 

–Nunca lo dije públicamente porque no quedaba bien. Voy a ser honesto, yo con San Lorenzo quería ser campeón de algo. En mi cabeza, cuando estaba en mi círculo íntimo, cuando estaba solo, yo pensaba en ser campeón. Clasificamos a la Copa Libertadores, pero yo quería pelear arriba. Es como si todo entrenador dijera yo quiero salir campeón. Y es muy difícil, sale uno solo. Uno a voz viva no lo dice, pero lo piensa.

¿Pensás que tu trabajo en San Lorenzo se valoró mucho más con las malas campañas que vinieron después? 

–Trato de no pensar. Uno como entrenador sabe. Yo sabía lo que me tocaba. Cuando llegué me dijeron hay que potenciar a los juveniles y yo venía de ese mundo. Te quedás o no, me dijeron. Listo, me quedé. Esa es la realidad. No hay otro misterio. Me hubiese gustado tener la posibilidad de poder elegir. Porque después se hizo, llegaron muchos jugadores. Lo que digo es que los jugadores que yo pedí, no vinieron. Después pasa lo que pasa, me voy del club y viene una tanda de jugadores. Y todo eso pasó cuando me fui. Duele porque soy del club. Pero con lo que tenía, hice algo positivo. 

¿Dónde quedó el maestro mayor de obras? ¿Qué tenés de Santa Rosa, tu ciudad de origen? 

– (Risas) La realidad es que apenas me recibí hicimos con un amigo unos planos. Pero enseguida me fui a jugar al fútbol a Peñarol y después quedó en el olvido. Te soy honesto, es una profesión que me encanta, pero no me veo haciendo eso. Ya quedó lejana. De Santa Rosa quedó mi hija, muchos recuerdos, amigos, primos y no mucho más. Ahora hace como diez años que no voy a La Pampa. 

¿Es cierto que cuando estabas en Danubio te quisieron de la selección de Uruguay? 

–Cuando pasó lo de Uruguay, yo tenía la dicha de convertir muchos goles y tenía la posibilidad de obtener la ciudadanía uruguaya. Pero había un conflicto entre el técnico Cubilla y los jugadores de esa camada. Francescoli, Sosa, Fonseca. Ellos no querían venir a jugar y por eso pensaron en mí. Uruguay me dio un montón de cosas, pero yo sabía que no la tenía fácil. En ese fútbol uruguayo había nombres para tirar para arriba. Para pelearla ahí sin ser uruguayo, preferí pelearla en Argentina. Y estuve convocado en un amistoso frente a Venezuela, previo a la Copa América de 1995.

¿Tuviste que ceder más cosas de tu personalidad siendo jugador o siendo director técnico? 

–Como entrenador, sin dudas. Tendría que haberme puesto más firme en el tema refuerzos. En lo demás, no. En el armado del equipo, en los cambios, jamás. Y en mi etapa de jugador uno resigna un montón de cosas por querer quedarse o por querer ir a tal lugar. Y pasa el tiempo y te replanteas. Por ejemplo, mi paso por Francia. O fui a Japón y no disfruté casi nada.

Jugaste en 19 clubes y terminaste tu carrera en torneos regionales,¿cuán difícil fue retirarte? 

–Además de Argentina, estuve en Uruguay, en Ecuador, en Bolivia, en Japón, en Francia. Pero siempre eran estadías de poco tiempo. Después de los 36 años pensé que no jugaba más. Yo estaba en Japón. Y Néstor Clausen, que era técnico de Oriente Petrolero me hizo ir a Bolivia para jugar una Copa Libertadores. Hice muchos goles ahí y quise seguir jugando. Y después seguí jugando ligas regionales. Ya dirigía inferiores en San Lorenzo y los sábados al terminar los partidos, agarraba mi auto y me iba a jugar a Mercedes, a Tapalqué, a Teodelina, a Olavarría y ahí jugaba y después me quedaba todo el día. 

¿Jugás hoy los campeonatos de seniors? 

–Hasta hace poco lo hacía. Jugar en el Seniors es hermoso. Te encontrás con todos los que fueron campeones con vos. Volver a juntarse con ídolos, con gente que vistió la camiseta del club, realmente es espectacular. Pero después cuando empezás a jugar al partido lo sufrís. El físico no es el mismo. El que es hincha de San Lorenzo tiene ese recuerdo tuyo bien y ahora te cuesta todo. Tenés de rival a alguien que tiene cinco años menos y es una diferencia abismal. Y antes lo pasabas en velocidad, lo gambeteabas. Ya no puedo convertir los goles que hacía antes. Ahora quiero patear de afuera del área y no llego al arco. Por la fuerza.  Entonces te empezás a fastidiar, terminás dolorido. A veces te vas un poco triste. 

“Tendría que haberme puesto más firme en el tema refuerzos”.

¿Qué te dice la gente de San Lorenzo en la calle? 

–Hay de todo, el que me dice “fuiste como técnico y no te dieron nada, al que vino después le dieron todo”. Otros me dicen que vuelva. Algunos que no vuelva. Cuando fui jugador, la idolatría estaba, pero cuando pasás a ser técnico, si las cosas van bien, todo sigue igual. Y si las cosas no van tan bien, todo baja demasiado rápido. Pero el cariño no se pierde, está. 

 –¿Se le puede enseñar algo a un “crack“?

–Siempre le podés enseñar algo. Lo más importante es decirle a un crack que lo que haga se vea reflejado en un partido y salga bien. Y el tiene que estar convencido de mi idea. El que se cree crack sabe que tiene que escuchar y entender. De lo contrario, no va a jugar. Por ejemplo, yo he hablado mucho con Belluschi, me parece un jugador extraordinario, con una capacidad terrible. Le hemos dicho algunas cosas y las ha cumplido a la perfección. Hay otros que no son tan cracks y no te entienden. 

¿Te tuviste que capacitar mucho para pasar de las juveniles a la Primera? 

–Yo estuve diez años esperando ese momento de dirigir. Imaginate si es capacitación. Era mi sueño, pero nunca lo contaba en los pasillos del club. Jamás le dije a nadie que quería estar en el banco de la Primera. Solo en mi casa lo decía. Yo siempre lo tuve visualizado. Y me preparaba para el gran momento. Y ese momento me lo dio Bernardo Romeo, el que más confió en mí.  

¿Estás un poco ansioso por volver a dirigir? 

–La realidad, sí. 

¿Hacés terapia? 

–La terapia es mi familia, la que más me bancó en este momento. Es Marita, mi señora. En tratar de que cuando uno tiene ese bajón siempre tiene una mano que lo sostenga. Cuando uno ve que se está complicando se viene para estos lugares y trata de relajarse. 

¿Tenés un método, una organización, ves entrenamientos, te juntás con otros técnicos a hablar?

–Ahora estuve en Paraguay, me fui a ver entrenamientos allá. También en Uruguay. Fui a ver el complejo de la selección paraguaya. Acá hablé con muchos entrenadores, no los quiero nombrar, pero siempre estoy en contacto. Hay una frase que me dijo Oscar Ruggeri: “Preparate en lo que vayas a hacer. No te quedes a mitad de camino. Después te puede ir bien o mal”. Me quedó grabado. Siempre hay detalles que uno tiene que seguir corrigiendo. 

¿Por qué te cuesta hablar? 

–Mirá, ahora tengo una persona con la que hablo cada 15 días, es alguien que ha capacitado a Lula, a mucha gente de la política. Se llama Horacio, un gran amigo mío. Un día me agarró y me dijo que lo bueno era que al empezar a hablar, enseguida, agarraba ritmo, no tenía problemas en abrirme. Y lo malo, es que por ahí hablaba de más en algunas cosas. Y pienso en eso. Ahora tengo charlas cotidianas con él, me recomienda libros y también sé que hay cosas que tengo que modificar. Me lo está diciendo una persona cercana a mí, que tiene conocimientos, que estudió. Sé que me tengo que preparar de otra forma para el diálogo. Pero también tenés que saber con quién hablar. Y cuando me llaman para hablar me gustaría decir que estoy dirigiendo en tal equipo. 

Estuviste un poco pesimista al momento de empezar la charla, pero después en la acción se te ve muy optimista y enérgico en las respuestas

–Cuando más o menos sé de lo que va la nota, me suelto mucho más. El fútbol es lo que más me apasiona y hoy no lo tengo, entonces siento que tengo poco por responder. Todo me lleva a hablar de San Lorenzo. Y lo sé. Esa es mi casa.   

¿Podés estar sin pensar en fútbol? 

–Mi señora hace triatlón. Yo todavía no me animé a eso porque me cuesta nadar. Tengo ganas de empezar y no me animo. Ahora tengo una aplicación en el teléfono. Ayer hice 55 kilómetros en bicicleta a un promedio de 30 km por hora. Cuando estoy arriba de la bicicleta y me empiezo a cansar me digo qué carajo hago acá arriba, tengo que estar dirigiendo. Cuando voy en el auto y veo una canchita de fútbol y están jugando a la pelota, paso despacio para ver si hay alguno que juega bien. Y veo cómo le pegan. Y ahí me quedo. El fútbol me genera todo eso en cada picado que veo. Es mi pasión. Y uno cuando ama esta profesión, la toma de verdad. Por ejemplo, tengo miles de cuadernos con anotaciones, con formas de jugar, con pensamientos de otros entrenadores, de ver lo que hacen y que sirvan para cambiar ideas.  

¿Te googleaste alguna vez?

–Sí, como todos…

¿Y con qué te encontraste?

–La última vez que lo hice me quería matar. Aparece un codazo mío a Pep Guardiola en una Copa Joan Gamper jugando contra el Barcelona. Mirá que hice goles para que aparezcan y esté ese codazo. Trato de saber quién fui, pero ya está, ya fui. Eso lo tengo, sé lo que soy, pero la vida continúa y tenés que seguir haciendo. Todo lo que viví como jugador fue hermoso, pero hoy quiero ser alguien importante como entrenador. Quiero que mi familia confíe mucho en lo que hago. Quien soy no me lo va a sacar nadie. Soy el Pampa Biaggio. El día que me muera dirán: “Se murió el Pampa Biaggio”. Pero ahora no me puedo quedar, no me puedo quedar. 

 –¿Algo que te gustaría que te haya preguntado? 

–Quizá un poco más de mis emprendimientos textiles… También si aspiro a dirigir cosas importantes. Pero algo hablamos de eso. Estoy conforme.