Ariel Dopazo

Convivir con la muerte

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Ariel Dopazo es un piloto del Turismo Internacional del automovilismo argentino. Pero debajo del traje antiflama hay una historia de guerra forjada a sangre, adrenalina y coraje...

“La muerte en la guerra uno la llora por dentro. A mi me pegó muy fuerte cuando se terminó la guerra para mí. Cuando me tuve que volver a Texas, eso me devastó. En el momento de estar en Irak no tuve tiempo para llorar. Además, la adrenalina supera al dolor. Una vez relajado en mi casa me di cuenta por todo lo que había pasado”. 


El ruido del motor es una música para los oídos de un cerebro que necesita vivir con adrenalina. Es que después de pasar diecinueve meses en lo que, quizás sea la mayor inyección constante de adrenalina, el cuerpo de Ariel necesita revivirla. Los zumbidos de las balas quedaron atrás. Al menos por un ratito. El campo de batalla pasó de estar repleto de tanques, armas y bombas, para ser un autódromo en el que un montón de pilotos quieren ser más rápido que todos para subirse a lo más alto del podio. Su vida cambió para siempre cuando pisó Irak para defender la bandera de los Estados Unidos. Y volvió a cambiar para siempre cuando decidió volver al país en el que nació y al que volvió para encontrarse con su otra vida.

La historia de la familia Dopazo empezó como la de tantas familias argentinas que buscan arrancar de cero en otro país. El pequeño Ariel estaba en cuarto grado cuando sus padres armaron las valijas y enfilaron para los Estados Unidos. Terminó la primaria e hizo toda la secundaria. Pero en 2002 tomó una decisión poco común por estas tierras, pero muy repetida en aquellas: se enlistó en el Ejército. “Siempre me llamó la atención lo que es el Ejército. La preparación física que tienen y eso hizo que me decida a anotarme”, explica para empezar a contar una historia que lo tuvo recorriendo varios estados, como Carolina del Norte, Virginia, Kentucky y finalmente Texas, donde tenía base la infantería. 

En esas miles de historias que conviven en un escuadrón, ninguno de sus compañero sabía nada acerca de su pasado. “No le dije a nadie que era argentino. Algunos cuando hablaba por teléfono con mi papá en español miraban raro porque no sabían de dónde era, ni que idioma hablaba. El apellido Dopazo sabían que no era norteamericano, pero hay muchos López o Martínez que son descendientes de hispanos pero que no hablan español”, recuerda un soldado que siempre tuvo claro que estaba en el camino correcto. 

Lo que las películas de Hollywood se encargan de exagerar a la hora del entrenamiento militar parece que no es tan exagerado. O al menos esa fue la experiencia de un Dopazo que recuerda los gritos en la cara que recibía de sus superiores a la hora de sus primeros pasos en el ejército: “Es igual que en las películas. Te gritan en la cara, pero yo lo tomaba como un entrenamiento físico y mental lo pasa sin problemas. Ahora si uno lo toma personal no la pasará bien”. Al ir con la idea fija de ser un soldado norteamericano para Ariel la idea de desertar no era una posibilidad: “Nunca pensé en abandonar. Como lo elegí solo y era lo que quería hacer no se me ocurrió”. 

¿Qué siente cuando ve una película de guerra en la televisión? ¿Se enoja? ¿La puede ver? “Las veo y les busco los detalles que están mal. Hay cosas que son muy de películas y que no son tan así. La mejor que vi de guerra es “El Francotirador” (NdeR: La película sigue la vida de Chris Kyle, que se convirtió en el francotirador más letal en la historia militar de Estados Unidos con 255 muertes en cuatro viajes a la guerra de Irak, 160 de los cuales fueron confirmados oficialmente por el Departamento de Defensa). A esa película no le pude encontrar ni un error. A las demás la hacen muy al ‘estilo Rambo’. En la guerra no se puede salir así nomás a disparar. Es mucho más técnico todo, más cuidado, porque estamos hablando de tu vida”, se sincera. 

Desde que se anotó en el Ejército el argentino, que hoy es piloto en el Turismo Internacional, esperaba la famosa carta que anuncia la partida hacia el combate. “Desde que entré la esperé.  Estados Unidos es un país bélico y uno sabe que va a ir a la guerra. Y se prepara para eso. Más en la unidad en la que estaba yo, porque Fort Hood es la que está en todas las películas que vemos porque es una de las unidades más viejas”, asegura Dopazo. Y ese llamado llegó. Los altos mandos del ejército reunieron a toda la unidad en Texas para avisarles que debían salir a combatir a tierras enemigas. Para él lo difícil no era subirse al avión. Nada más alejado de eso: “Lo más difícil fue comunicárselo a mis padres. No quería decírselos por teléfono y en uno de los cuatro días que tenía antes de partir viajé de Texas a Florida para decírselos personalmente. No les gustó nada. Mi papá lo aceptó un poquito más rápido, pero cuando volví me contaron que sufrieron cada uno de los días de los diecinueve meses que estuve en Irak. Mientras estuve allá no me lo hicieron sentir”.

En la guerra vale todo. Con la muerte que se siente en el aire, parece que los sentimientos de los hombres y mujeres que están batallando se endurecen como la piedra más dura del lugar. Pero hubo momentos que marcaron a Dopazo de la manera más cruenta. “Lo más duro fue la pérdida de los compañeros, que dejan de ser compañeros para ser hermanos”. Uno de esos hermanos que murió cayó en combate al lado suyo y Ariel lo recuerda como si aún lo estuviese viviendo. “No lo vi caer. Pensé que estaba recargando, porque para recargar se usa apoyar la rodilla, pero nunca se levantó. Cuando lo miro ya había perdido la vida. Uno no puede dejar el cuerpo de un compañero ahí, entonces fue levantarlo cargarlo en la Hammer y llevarlo a la base. Eso es lo que más te pega, porque uno da la vida por lo que está al lado”. Pero el llanto derramado por sus compañeros no lo hizo pensar en volverse, al contrario, lo alentó a seguir en combate, haciendo honor a la vida de su amigo. 

La mitología bélica tiene muchísimas aristas. Una de ellas es el tiempo que un soldado pasa en batalla. En esos diecinueve meses que estuvo en Irak Dopazo tira un dato tan revelador como asfixiante: “Todos los días combatimos. Porque salíamos de la base a diario, nosotros proveíamos seguridad a los grupos de logística, y cuando estábamos en la base también porque nos bombardeaban la base también, entonces no había respiro. Era difícil poder dormir”. Es más, la guerra no lo dejó ni aterrizar ‘cómodo’..“Ya desde el viaje de ida me di cuenta que iba a estar duro. Nosotros hicimos escala en Irlanda, luego en Kuwait y después tomamos otro avión hasta Irak. La base donde estaba no tenía aeropuerto, sino helipuerto, entonces nos trasladamos en helicóptero. Y cuando estábamos llegando a la base, empezaron a tirarle bombas al helicóptero. Ese fue el recibimiento de una guerra que fue así todos los días”, recuerda. 

Las secuelas de cualquier guerra son muy profundas en los hombres que están dispuestas a dejar su vida en el campo de batalla. Y Ariel no fue la excepción. “Mentalmente tuve secuelas. Por ese motivo termino en Argentina de vuelta. Mi hermano vivía acá y al verme mal me dijo que venga para despejar la cabeza. Eso fue en el 2010 y no volví nunca más. Sí de vacaciones, pero no a vivir. Acá también conocí a mi señora, con la que tuve dos hijos, y formé una hermosa familia”. 

El arrepentimiento no es un posibilidad en la cabeza de un hombre que parece tener mil vidas dentro de una vida. “No me arrepiento. Al contrario. Me sirvió mucho para ver la vida de otra forma, para el día a día, para estar más cerca de la gente que quiero. Porque cuando uno no está frente a una situación límite no se da cuenta de lo que tiene alrededor y yo aprecio mucho a mi familia y a mis amigos”. 

El auto de Ariel (derecha) y su hermano Pablo (derecha)

Pero una vez asentado en el país apareció la otra gran pasión de un Dopazo. “Con el automovilismo siempre estuve vinculado porque mi papá corrió en casi todas las categorías de Argentina y mi hermano es el que empezó corriendo en Turismo Internacional. A mi me fascina todo lo que tenga motor y el año pasado se me dio la posibilidad de subirme a un auto y correr. Este año pude comprarme uno y hace unas semanas debuté con mi auto junto a Fefo Camps, que también debutaba. Es una categoría muy familiar y eso me gusta mucho”. 

Muerte. Esa palabra que es tan tétrica como natural cuando de guerra se trata no es una palabra más para  un Ariel que se toma un respiro para hablar de ella: “En ese momento es uno y el otro. Yo estaba peleando contra terroristas y trataba de liberar Irak de ellos. En ese momento son ellos o nosotros”. Y dentro del trauma constante que se vive en un conflicto bélico, quizás ninguno, sea tan duro como el de matar. Y esa primera vez en la que el argentino se enfrentó a ese “él o yo” quedó grabado en el inconsciente hasta la eternidad. “No es nada lindo de contar. Por suerte lo revivo cada vez menos en mi cabeza y cuando me toca son esas noches en las que no duermo”.