De tablón

Cuando Chacarita jugó con la camiseta de sus hinchas

Si los fanáticos están para apoyar al equipo y enorgullecerse por sus colores, los del Funebrero dieron un paso al frente y desde el 94 se golpean el pecho porque ellos vistieron a sus jugadores.

El día del hincha tiene que ver con muchos acontecimientos distintos en cada club. Pero ninguno dentro del mundo del fútbol tiene el motivo por el cual Chacarita festeja el suyo. Si Eduardo Galeano o el Negro Fontanarrosa lo hubiesen escrito en uno de sus cuentos todos levantarían la voz diciendo que era demasiado romántico para ser verdad. Porque lo que pasó en San Martín, el 26 de marzo de 1994, en la vieja cancha del Funebrero, fue una realidad que superó a la más fantástica literatura futbolera. Es que no hay nada más importante que la camiseta, que esos colores que se aman. Y en esa tarde calurosa de hace ya más de 25 años las camisetas no volaron desde la cancha para la tribuna. Fue al revés. Cayeron desde la tribuna al campo de juego para que los futbolistas pudiesen jugar un partido que estuvo a punto de ser suspendido. 

Fecha 11. Torneo Clausura de la B Metropolitana. Chacarita recibía a Almagro. Hasta ahí todo normal. El dueño de casa llegaba como el gran candidato para ascender a la B Nacional, luego de ganar el Apertura. De hecho, un par de meses después, aquel equipo del Viejo Guerra y el Gato Leeb daría la vuelta olímpica en el Monumental tras ganarle las dos finales al Tigre de Mario Rizzi. Pero eso de andar festejando todavía era futuro aquella tarde. Los dos equipos que se enfrentaban tenían algo en común: la marca que los vestía. Ambos estrenaban pilcha de Penalty con el mismo modelo: blanco y tricolor. Cuando apareció el árbitro Gustavo De Genaro y observó que las indumentarias eran casi gemelas obligó al local a cambiar de vestimenta. 

El capitán era Rubén Darío Checchia, quien recuerda la circunstancia que derivó en el día del hincha de Chacarita: “Me acuerdo que nosotros habíamos cambiado la marca que nos vestía y nos habían dado un solo juego de camisetas. Si mal no recuerdo era blanco. No teníamos las titulares todavía y encima veníamos jugando bien. El jugador de fútbol enseguida toma cábalas y sentíamos que esa camiseta nos daba suerte. Por eso jugábamos sistemáticamente con ella. Hasta que llegó ese día…”. Y ahí empezó la odisea. 

“No había Plan B. Nosotros no teníamos camisetas (porque la marca aún no había confeccionado el modelo titular) y Almagro al ser visitante había traído un modelo. Enseguida hablando con los dirigentes se propuso ir al polideportivo a buscar un juego de camisetas de las inferiores, porque el árbitro había sido claro en decir que si no aparecía otro juego de camisetas con nuestros colores iba a suspender el partido”, recuerda el ex volante central. Entonces se empezaron a vivir minutos de zozobra, porque nadie sabía qué hacer. Entre tanta desesperación alguien dijo al aire, como quien tira sobre el paño la última ficha en el casino: “Juntemos camisetas de la hinchada”. Hay que ponerse en contexto para entender la dificultad de armar un juego de camisetas del 2 al 11 y del 13 al 16. En ese momento, el Gato Leeb era la figura y sobraban camisetas con su número, pero había otras que eran complicadas de conseguir. La 13 y la 16 no aparecían y si alguien las tenían también dudaban, porque nadie les aseguraba que así como la camiseta bajaba iba a volver a su poder. No había un ticket o un comprobante al hincha que cedía su manto sagrado… Pero el amor a la camiseta pudo más y veinte minutos después del pedido por la voz del estadio se juntaron las que necesitaban para salir a la cancha y Chaca formó con Arrabal; De Bonis, Nicastro, Pagés, Trucido; De Lucca, Checchia, Bonomi; Gnoffo; Leani y el Gato Leeb, entre otros.

Rubén Checchia, de espaldas y con una camiseta prestada. Foto: Domenech.

Las camisetas eran de distintas épocas, de diferentes marcas, con varios sponsors y detalles que poco tenían que ver una con la otra. Solo tenían un denominador común: el tricolor formado por el rojo, el negro y el blanco. “Vinieron también con distintos olores (a transpiración, a cigarrillo) y estaban mojadas; pero nos formamos y pudimos salir. Alguno de los muchachos se quejaba por el olor que tenía la camiseta que la había tocado”, recuerda Checchia. Él todavía tiene impregnado en su mente el de la que le tocó. “La gente estaba desde temprano, y hacía mucho calor, muchas tenían olor a tabaco. Algunas a otras cosas, jajaja”, suelta varias carcajadas al viajar hacia ese día. 

Las casacas de los hinchas duraron sólo 45 minutos. En el entretiempo aparecieron unas de la marca anterior para que el collage dejase lugar en el complemento a uno uniforme más acorde. El partido, lo de menos en esta historia, terminó 3 a 2 para el Funebrero, que se quedó con la Copa Penalty que había puesto en juego la marca que vestía a ambos clubes. Pero en las fotos quedaría registrado no el logo de la marca brasileña, sino el de la anterior.

“Muchas veces se eligen días del hincha por distintas situaciones. Pero el día del hincha de Chacarita es el que más lógica tiene porque le dieron su camiseta y sus colores para que los jugadores salgan a defenderla”, explica Checchia para sentenciar lo que pasó ese día para la historia del club. En su web, el Funebrero cuenta que “fue la mayor demostración de fidelidad a un club por parte de su gente en nuestro país”. Y no les falta razón, porque no hubo otro día como aquel en el que los hinchas le ofrendaron sus camisetas a los jugadores.

Nicastro, autor del segundo tanto para el Funebrero. Foto: Carlos Rivero.