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Literario

Amigos son los botines

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Tato tenía nueve años, diez pobrezas y un millón de desamparos la primera vez que habló con sus botines de fútbol. Eso: más allá de que jugó, y de que pateó, y de que caminó, Tato, sobre todo, habló. Habló como habla la gente con la gente, como hablan los que llevan algo para decir... View Article

Tato tenía nueve años, diez pobrezas y un millón de desamparos la primera vez que habló con sus botines de fútbol. Eso: más allá de que jugó, y de que pateó, y de que caminó, Tato, sobre todo, habló. Habló como habla la gente con la gente, como hablan los que llevan algo para decir con los que encuentran algo para escuchar. Habló al principio muy poco porque timideces y faltas de hábito habían puesto a Tato lejos del arte de hablar, y habló después casi una noche entera, mientras iba descubriendo que él, que casi no hablaba, necesitaba hablar sin parar. Habló tanto y tan bien Tato con esos botines que hizo con ellos lo que en general los hombres hacen con los hombres y no con los botines. Hizo una amistad.

Tato recibió los botines unas horas antes de aquella conversación inicial. Se los regaló, sin avisos y sin vueltas, otro chico al que le crecían grandes los pies y, también, la generosidad. Enseguida, Tato sintió que el universo le guiñaba los ojos y que una caja de felicidades guardadas se le abría para tomar lo que quisiera. Luego, jugó con los botines adheridos a los pies. No le importó si bien o mal porque los botines, sus botines, maravilla entera, lo tentaban más que el propio juego. Cuando terminó, anduvo calles y calles con los botines calzados hasta que llegó a su casa y, sin amagar con quitárselos, de golpe les empezó a hablar.

Tato les detalló algunas grandes jugadas que aún no había intentado, describió unas zapatillas heridas que le habían lastimado los empeines y sostuvo que, aunque de la Tierra sólo conocía su barrio, seguro que en ninguna parte existía algo mejor que el fútbol. Acaso porque lo envolvía la confianza que generan los buenos amigos, Tato se permitió todavía más: evocó los días preferidos de su vida de nueve años y, cerca del fin de la noche, también contó alguna de sus diez pobrezas. Al rato, se durmió con los botines puestos.

Tato nunca olvidó esa primera charla de infancia. Ni siquiera ahora, cuando los tiempos volaron y ya es un hombre entre los hombres. Inclusive, de tanto en tanto, busca los viejos botines y les cuenta largamente las dichas y los abismos del mundo. Después los guarda de nuevo y sale a luchar como puede. Sabe lo que son diez pobrezas y un millón de desamparos. Y sabe también, desde el alma, lo que es una vieja amistad.