Literario...

Aniversario de un saque de arco

Una ceremonia que se anida en tiempos inmemoriales y se circunscribe a escenas de la vida misma.

Treinta y dos agostos exactos después de aquella tarde de muchos vientos y muchos gorriones una vez más estaban ahí casi todos. Estaba el marcador de punta, protagonista principal del hecho, igual a sí mismo en su dentadura incompleta, vuelto otro si se le miraba una panza que no sólo se expandía en los agostos. Estaba el arquero, a quien el paso de las décadas le había dejado la memoria intacta y una rodilla rota. Estaban el nueve rival, y el tres rival, y un juez de línea al que ninguno le aprendió jamás el apellido, y seis o siete compañeros que ese día de hacía treinta y dos agostos fueron testigos a la distancia, y estaban unos cuantos de los viejos hinchas que en la tarde que ahora era recuerdo habían gritado en las tribunas desviando el viento e ignorando a los gorriones. Estaban como si fuera una fiesta patria, o el cumpleaños de una buena novia, o la fecha justa de una dulce vuelta olímpica. Estaban como siempre, con las ganas intactas, la sed de escucharse y el hambre de mirarse para evocar con sonrisas algo que en general no se evoca: el aniversario de un saque de arco.

“Yo le pegué fuerte y ni siquiera pensé adónde”, contó, como todos los años, el marcador de punta. “Creo que la pelota iba hacia la derecha, pero en el camino se arrepintió”, dijo el arquero, quien le había dado al marcador de punta la responsabilidad de patear. “La pelota viajaba por el aire, qué redonda y qué linda que parecía”, acotó el juez de línea del apellido perdido, que en algún rincón de sus deseos todavía ansiaba ser un módico poeta. No hubo ni uno de los participantes que transcurriera el encuentro sin rememorar algún detalle.

Es que sucedía algo idéntico a todos los agostos: al aniversario del saque de arco lo dominaban la pasión y la emoción.

Alguien que no conocía esa ceremonia de todos los años interrogó cuál era la razón del festejo. Uno de los viejos hinchas le respondió sencillo: “Un saque de arco”. El que preguntaba decidió insistir: “¿Y qué pasó con el saque de arco?, ¿fue hasta el otro arco?, ¿terminó en gol?, ¿cambio ese partido?” Desdentado y panzón pero inevitablemente conmovido, el marcador de punta le contestó: “No, no. No pasó nada. Fue una jugada cualquiera con un desenlace cualquiera. Pero, usted comprenderá, más o menos así es casi siempre la vida: una colección de rutinas, de circunstancias comunes, de acciones que simplemente suceden. Le diría que si nos juntamos cada año, es para rendirle homenaje a nuestras pequeñas y esenciales cosas”. Fue un digno cierre del encuentro. Enseguida, todos se despidieron hasta la vez siguiente. Estaban seguros de que, para entonces, los esperaban el pretexto de un saque de arco, las ilusiones de un nuevo agosto y la certeza de tenerse unos a otros. Inclusive, en una de esas, en la próxima cita hasta volvía a haber muchos vientos y, también, muchos gorriones.