Chelo Díaz

En Marte

La vida es eso que pasa mientras se mira fútbol. Mejor dicho, mientras se disfruta, se sufre y se vuelve a disfrutar el deporte más global de todos. Pasaron un puñado de días desde que este nuevo Racing, más afín a las buenas costumbres, terminó de desmoronar lo que queda de un Independiente que no encuentra su rumbo. Las dos caras de la misma moneda. en la pluma del Profesor.

Y sí, ¿qué voy a decir? ¿Que no lloré? Lloré. Lloré, sí que lloré. Lloré y me sonreí. Lloré y me reí. Lloré y me volví a reír. Lloré y volví a llorar. Lloré y miré al cielo, al suelo y a todas y a ninguna parte porque no sabía si miraba o si no miraba, si mirar o no mirar, porque además no sabía y menos aún entendía qué se mira cuando pasa algo así y si es posible mirar cuando pasa algo así.

Uno de mis hijos me abrazó. Me abrazó y creo que lloró, y creo que sonrió, y creo que rió, y creo que tampoco supo qué se hace con la mirada cuando pasa algo así. Sólo sé del todo que me abrazó, me abrazó, me abrazó, me dijo gol y me dijo papi, o no me dijo ni una de esas cosas porque lloraba y se sonreía y se reía y quizás no lograba decir nada, pero no era necesario porque yo escuché papi y escuché gol y acaso sea eso lo que se escucha, lo único posible de escuchar, cuando pasa algo así.

El Chelo Díaz metió su derechazo de artista y salió corriendo hasta Marte, el señor que a mi lado lloraba y reía le dio un beso a su papá de puras canas que reía y que lloraba, el tipo que en el segundo escalón arriba del nuestro había puteado a las madres y a los padres de todos los que tienen alguna genética se tiró para adelante como si fuera un gorrión o como si ya no le hiciera falta hacer nada más con los pies sobre la tierra o como si hubiera aprendido de golpe a volar, una nenita vestida con la camiseta del Licha López se amarró a la pierna diestra de su papá igual que los náufragos hacen con las balsas o igual que cuando la gente se tiene infinito amor, un pibe morocho con otra camiseta del Licha López y con musculatura de gimnasio se apretó los diez dedos contra la cabeza como si su colección entera de esfuerzos de gimnasio se hubiera justificado para ese gesto y por supuesto lloró y se rió, y, finalmente, a un costado de la cancha y con el cuerpo exhausto el Licha López verdadero con la camiseta verdadera del Licha López saltó, gritó, indicó y en una de esas, no con los ojos pero sí con su estirpe de crack entre cracks, lloró, sonrió y se rió.

El Chelo Díaz volvió de correr hasta Marte y siguió jugando el pedacito que quedaba de su partidazo, y yo pensé apenas pero no pensé demasiado en si nos iban a empatar, tal vez porque empezaba a embobarme del todo, tal vez porque a veces no nos sale fácil el acto de pensar. La cabeza, en cambio, fugada de ese partido fugado de la lógica, me migró hasta el anochecer en el que mi viejo me regaló la primera camiseta celeste y blanca, y hacia la alegría de mi mamá en ese anochecer por registrar mi alegría que si era mía se volvía suya, y en mi primera pelota desde luego que celeste y blanca, y en la madrugada en la que le revelé a Roberto Perfumo que yo había sido Roberto Perfumo trotando por la General Paz con esa camiseta y con esa pelota, y en la tarde en la que no pudimos dejar atrás el episodio de la B y el Negro Juvenal escribió en un diario “mi viejo Racing, te quiero”, y en la cantidad inacabable de veces en la que yo repetí para adentro y para afuera “mi viejo Racing, te quiero” o “las buenas ya van a venir” o “Racing, mi buen amigo”, y en el fin de semana en el que le notifiqué a mi hermanita que ella también era de Racing, y en los recorridos larguísimos con mi amigo Guillermo en la adolescencia desde cualquier sitio hasta Avellaneda para ver decenas de empates o a los jugadores a la salida de un práctica con lluvia, y en uno de mis mediodías jóvenes en el que viajé pegado a Pizzuti en un bondi y no me atreví a hablarle, y en mis hijos en esa cancha nuestra y en tantas canchas esperando milagros que no sucedían y respirando el milagro de existir juntos, y en mis hijos otra vez, y en mis hijos un millón de veloces veces, y en los brazos angostos de mi sobrino estirados hasta la felicidad en una noche de Copa Libertadores, y en la jugada salvadora de Maxi Moralez y el Colo Sava durante el domingo en el que cacheteamos a la Promoción, y en la tarde de martes en la que uno de mis chicos caminó por un pasillo mientras el maestro Ezra Sued le apoyaba una mano en el hombro, y en los cuatro banderines de Racing frente a los que escribo cada mañana en mi casa, y en los hijos de puta que nos golpearon la tarde del descenso, y en el recorte de diario que guardo en el que aún dice que vuelve Milito, y en los desconocidos y en las desconocidas que se nos hermanaron en la celebración de los títulos que retornaron, y en que la historia personal suele ser un itinerario en el que excesivas cuestiones se esfuman pero Racing, desde que recuerdo, ni se esfumó ni se esfuma nunca.

Cuando se acabó esa excursión rumbo a la persona que soy, también se acabó el partido. El Chelo Díaz perseveraba en andar en Marte, pero ya no corriendo sino de fiestas. Tan de fiestas como cada una y cada uno que había transpirado en la cancha, como cada una y cada uno que habíamos transpirado esa victoria desafinando sobre el cemento histórico de ese estadio que es un hogar. Uno de mis hijos me abrazó fuerte fuerte, más tiempo, y me dijo papi o yo escuché eso. Unos cuantos amigos de Independiente, dueños de un vínculo con su club tan hondo como el que yo respiro con el mío, propietarios de una escala de valores sobre el fútbol que nos arrima más allá o más acá de la circunstancia de la rivalidad y de qué lado se posen la tristeza o los júbilos, me felicitaron con mensajes al teléfono, un poco porque los valores son los valores y otro poco porque la nobleza es la nobleza. Dos centenas de amigos y de amigas de Racing me mandaron mensajes y más mensajes un poco para certificar que eso que ocurría era cierto y otro poco para confidenciarme que lloraban y que sonreían y que se reían. Para ese entonces, yo también lloraba, lloraba y sonreía, lloraba y me reía, lloraba y me venía la tentación de llorar de nuevo.

Abracé a gente a la que nunca había visto que desenfundaba su celular y me mostraba el gol del Chelo Díaz, abracé a gente a la que sí había visto aunque yo ya no reconocía caras y me señalaba un televisor en el que García continuaba atajando, y Nery Domínguez permanecía sangrando, y Pillud oía como el planeta repetía la palabra Pillud, y Becaccece perseveraba en que lo imposible era posible, y Montoya trepaba por la derecha intuyendo que en algún destino lo esperaba alguna hazaña, y Cvitanich embarullaba y corajeaba, y el Lolo Miranda abría las piernas como quien abre las ventanas del universo, y el Chelo Díaz convertía su gol que ya no era solo un gol y comenzaba su trayecto hacia Marte. Abracé a gente que acaso hoy esté haciendo lo contrario a lo que me impulsa en cada jornada y abracé a gente por la que me cortaría un dedo. Y, en el medio de tantísimo abrazo, alcancé a pensar que el fútbol y la vida merecen todos los intentos de comprensión que hagamos pero que, en general, casi nunca comprendemos nada.

Sobre todo cuando pasa eso que pasó y que pasa: un triunfo en un clásico, con dos menos durante una eternidad más prolongada que la eternidad, con un gol de un brillante que hace casi la totalidad de lo bueno que el fútbol inspira menos los goles, con la verificación de que si algún domingo uno se muere, muerto y todo seguirá contento por esto.

Lo sé y lo siento ahora. Ahora que no tengo ni idea si el Chelo Díaz algún día regresará de Marte. Ahora que sonrío, ahora que río y ahora que, de nuevo, me pongo a llorar.