Enganche Literario

La vuelta al fútbol

Otra pincelada del Maestro, cuándo no, en un regreso, uno muy esperado...

El hombre cerró la puerta estirando los brazos como si fuera un arquero, caminó hasta la esquina con el ritmo manso de los que llegan temprano a un estadio y se frenó en una baldosa para ver a un chico que, frente a una ventana, relataba un partido que estaba solo en su imaginación. Después, se subió a un ómnibus en el que escuchó cómo el chofer coreaba suavemente una vieja canción de tribunas y cómo un pasajero silbaba, sin advertirlo, esa misma canción. Se bajó frente a la costa este de un río con un puerto pequeño delante del cual seis pescadores practicaban tirar centros y lo cruzó en una lancha junto con un navegante que le contó que toda la vida jugó de defensor. Mientras oía a otro navegante que recordaba la tarde de gloria de un marcador de punta, detectó sobre las aguas a los restos de papel de una entrada para un clásico, que flotaban en resistencia tenaz contra la desaparición. Cuando la lancha lo dejó en la costa oeste, trepó a un puente en el que vio colgar el banderín de un equipo sin fama y también vio a un hombre que abandonaba el resto del paisaje para concentrar la mirada, como si hubiera hallado un secreto, nada más que en ese banderín. El puente era largo y firme como un buen saque de arco y, al final del recorrido, el hombre reconoció al mar.

El mar, a la manera de siempre, iba entre los silencios grandes y los rugidos grandes, igual que una hinchada. Sobre la playa, el hombre percibió al viento haciéndole goles a un arquito abandonado. Más allá de la arena, fijó los ojos en una montaña y la escaló hasta la cumbre, donde descubrió que estaba escrito el nombre de un equipo grande. Al pie de la montaña, brotaba una ciudad enorme llena de estadios para jugar partidos y llena de partidos fuera de los estadios. En el sur de la ciudad, encontró un aeropuerto a partir del que voló hacia otro aeropuerto, desde donde a su vez siguió encadenando aeropuertos. En cada avión comprobó que el cielo era una platea perfecta para enfocar los pelotazos que circulaban por la Tierra. Cuando se bajó en el último aeropuerto, fue en busca de un ómnibus, llegó hasta una esquina y caminó hasta la puerta que abrió estirando los brazos como si fuera un arquero. Alguien le preguntó si había dado la vuelta al mundo. El hombre contestó que lo que había dado era la vuelta al fútbol.