El Constructor

Las casas del fútbol

La historia de un constructor que decidió que cada pared que levantara y cada ladrillo que colocara sobre otro ladrillo tendría una única dirección: la que dicta el fútbol.

El Constructor puso las bases de su primera casa apenas unas horas después de atajar con los dedos diestros el título de arquitecto con el que soñó desde que en una tarde de infancia alguien le sugirió que además de fútbol la vida tenía un futuro. Trabajó sin descanso: reunió los escombros de la tribuna más vieja de un estadio, los mezcló con la cal que en otro tiempo había pintado el contorno de las áreas grandes de dos canchas y puso todo a secar bajo el sol de un atardecer de domingo y de triunfo. Le quedó una vivienda bonita, dentro de la cual los que no toleraban la falta de compañía escuchaban los ecos de una hinchada y los que necesitaban soledad paladeaban la sensación de un arquero en el segundo previo a que le pateen un penal. El resultado sorprendió a muchos. No a él: también en aquella tarde de la infancia. El Constructor había resuelto que cada pared que levantara tendría la lógica que enseña el fútbol.

Como ninguna originalidad humana pasa en vano, especialistas diversos se pronunciaron sobre El Constructor. Algunos aseguraron que era un elemental, otros lo vieron como un vanguardista sin vuelo, unos pocos asumieron que se trataba de un talento y la mayoría, por envidia o por miopía, lo ignoró.

Por un tiempo, El Constructor insistió en lo suyo. Para edificar con solidez, a los contrapisos los cargó con el aire que se respira en un vestuario antes de una final; para encontrar la luz justa, a las ventanas las proyectó con la perspectiva de un goleador frente al arco rival; y para que se adaptaran a las jornadas donde soplan vientos peores y mejores, a los jardines les esparció los brotes de un césped sobre el que veintidós jugadores habían puesto el alma en un anochecer de tormenta.

Pero las críticas de ciertos colegas lo fueron hartando. Hizo un magnífico edificio en el que los rincones encantaban porque exhibían banderines de córner. Después desapareció.

Aunque no hubo modo de verificarlo, cuentan los que añoran sus obras que El Constructor se radicó desde entonces en una ciudad irrevelable y habita una cabaña hermosa, diseñada por él mismo, hecha con la madera noble de los postes de muchos arcos. Seguro que si eso es cierto, allí vive, y vive a pleno, sabiendo como supo siempre que el fútbol no es otra cosa que la construcción infinita de un sueño atrás de otro sueño.