Literario

Un jugador de toda la cancha

El Gordo, el Roto, el Alto y un espacio: el Bar de los Sábados. Todo, en la inspiradora pluma del Profesor.

Hasta las pestañas eran de futbolista. Porque pies de futbolista, chuequera de futbolista e, inclusive, respiración de futbolista tenían y tienen muchos y muchas. Sin embargo, las pestañas ya representaban un toque de identidad supremo e inconfundible. Acaso fue en las pestañas donde reparó el Gordo, cuando al verlo entrar al Bar de los Sábados dijo, a garganta plena, “ese es el marcador de punta rústico de mi equipo del barrio”. Desde luego, no hubiera resultado una observación llamativa si, después del Gordo, no habría hablado el Alto para proclamar que ese, justo ese, “era el puntero izquierdo veloz de mi equipo de la Universidad”. Y hasta eso hubiera constituido apenas una casualidad de no haber surgido el Roto, otro habitué del lugar, para avisar que ese, también ese, “jugaba de volante derecho bien habilidoso en mi club de la infancia”. Los tres lo miraron y después se miraron. No había dudas: el marcador de punta, el puntero izquierdo y el volante derecho eran el mismo individuo.

El Gordo y el Roto, pasmados al descubrir que tantos jugadores cabían en un solo jugador, se levantaron de sus sillas para preguntarle cómo era posible. Eso intentó, pero antes de que terminara de pararse, uno de los mozos más jóvenes del Bar de los Sábados se arrimó al hombre que provocaba el asombro y lo saludó con el tipo de abrazo que se destina a las personas que derraman nobleza. “Jamás vi a un árbitro tan honesto como vos”, le soltó, añadiendo sorpresa a la sorpresa, haciendo público que, además de marcador de punta, puntero izquierdo y volante derecho, ese señor era un gran árbitro.

El Alto, entonces, interceptó a su antiguo compañero de equipo de la Universidad para interrogarlo. Magia o milagro, el otro le dio la respuesta antes de escuchar la pregunta:

-De tanto andar en las canchas, aprendí que la vida es un desafío que atravesamos en distintos lugares. A veces nos toca bailar y a veces hay que quedarse quieto, pero, en lo esencial, si uno no se confunde, siempre es el mismo tipo.

Satisfecho, conmovido, el Alto le regaló una caricia y lo vio dejar el Bar de los Sábados mientras le flameaban sus pestañas de futbolista. Lo esperaba un partido con sus compañeros del Secundario, en el que jugaba de arquero.