Literario

Cuento Caballos de Troya

">
El Caballo de Troya, símbolo atemporal de la trampa sutil, inspira al Enviado el recuerdo de dos historias de traidores ilustres.

A Santiago “Jimy” Wyre

Hay un tipo de literatura (como si ya no tuviéramos bastante con categorías que espantarían a John Wilkins) que ha venido creciendo en las últimas décadas, hasta tomar su lugar inamovible en la taxonomía librera: el de las llamadas “lecturas de verano”. No se sabe bien cuál es el alcance de esta denominación, que incluye desde crucigramas hasta novelas románticas, de suspenso, ficciones históricas, sagas tipo El señor de los anillos, manuales de autoayuda y recetas para bajar veinte kilos en cinco días de playa. También concibe la posibilidad de leer cierto tipo de literatura erótica, pero no lo recomiendo; aún siento el estupor de aquel verano de 2017, cuando una señora, mientras leía Cincuenta sombra de Grey, súbitamente ató a su marido a la carpa y empezó a azotarlo con un barrenador y una palita de playa…

Dicho esto; no parece esta hospitalaria categoría incluir libros como La Ilíada, la Odisea o La Eneida, pero lo cierto es que yo, uno de esos típicos días de playa argentinos, de 16 grados, viento feroz y nublados; estaba en mi sillón playero leyendo La Odisea. Mientras veía absorto todas las formas de la anomia en 100 metros cuadrados de arena, a saber: perros que jugaban debajo del cartel “Prohibido traer perros a la playa”, cuatriciclos amarrados al cartel “Prohibido circular con cuatriciclos en la playa”, familias que ponían reggaeton en columnas de sonido como las que usa Aerosmith en estadios, y cuando un pelotazo en la nuca me dejó al borde del desmayo; otro viejo asombro convocó mi inteligencia desde esas páginas ancestrales: la historia del Caballo de Troya, arquetipo perfecto de la trampa, comandada por ese argentino en el exilio que fue Ulises.

Se me ocurrió entonces preguntarle al Enviado, cuando regresara de mi estadía en Mar del Tuyú, si tenía alguna historia futbolera que pudiera analogarse con la gran estafa de aquel artero “regalo griego”. Ni bien bajé del micro fui hasta la plaza a buscarlo; iba a omitir, por supuesto, decirle que venía de vacaciones, mi culpa de clase me hacía temer que ese comentario pudiera ofender su condición de casi indigente, nunca del todo aclarada. Como siempre, me sorprendió con una noticia inesperada.

–Discípulo…¡¡¡qué alegría verlo!!! Recién llego de la Costa…todavía me duelen los huesos de tanta playa…

–Eh…disculpe maestro, la verdad, no lo hacía disfrutando de las playas…

–Sí, señor…de hecho me inicié en la práctica del parapente…

–Apa…tampoco sabía que le gustaban los deportes extremos…- dije.

–Bueno, en verdad me inicié en esa práctica involuntariamente…quise poner una carpa en Necochea y el viento me llevó volando como tres cuadras…

–Ah…claro…- atiné a decir como siempre, sin saber si eso era una humorada o una confesión.

Entonces, sin mediar introducciones, le conté que ante el hostil clima playero había decidido leer La Odisea, y que el recuerdo del Caballo de Troya me estimuló la posibilidad de escuchar de su boca una o más historias, inspiradas por aquella atemporal trama.

–A un jugador le decían “Caballo de Troya” –recordó el Iluminado–, porque era un caballo, era de madera, y arruinó al club, que creyó estar haciendo un gran negocio porque lo aceptó regalado… Como verá, la metáfora se aplica perfecto al fútbol… Siéntese que le voy a contar unas historias…

Como siempre, iremos de menor a mayor en dramatismo. En la primera de las historias hablaremos de Jonny “Mano de Dios” Schneider, el famoso tatuador de Floresta. Hacia su localcito en la bohemia galería “Faso del Rey” acudían como en peregrinación futbolistas, hinchas y fanáticos de toda laya; en busca de ese dibujo que pusiera en tinta e imagen eso para lo que las palabras son impotentes. Gran parte del encanto y de la clave del negocio de Jonny, además de su indudable talento, era ocultar para qué lado tiraba su corazón de hincha. El tatuador había aprendido de Fanny, su madre peluquera, el arte de escuchar sin opinar; el hombre sabía poner oído a todo tipo de confesiones sin emitir juicios de valor. Un leve coro de “Ajás”, risitas, interjecciones y otras efusiones de la moderación era todo lo que salía de su boca prudente. “La magia está en mis manos, eso es lo que la gente viene a buscar… Hablar, habla cualquiera. Las palabras se las lleva el viento; los tatoos, ni el tiempo…” dijo un día en un reportaje para la revista “Cuestión de piel”. 

Pero el corazón tiene razones que la razón no comprende dijo San Agustín, ese gran futbolero, así es que luego del fatídico clásico en Madrid, Jonny, que era bostero hasta los huesos, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por bancar la caravana de hinchas millonarios que venían en busca de su arte. Fueron días de suplicio y de ganancias brutales, como asimismo de cumbres artísticas; Jonny se cansó de tallar en las pieles imágenes del Pity rumbo al tercero, del Bernabeu, de la fatal fecha “9/12/18”, de Pratto cruzando los brazos sobre su pecho, de Gallardo como Napoleón… La humillación crecía junto con su cuenta bancaria, al punto tal que hasta llegó a cumplir el sueño más grande de su vida: comprarse… ¡¡¡Una Harley!!! Pero algo dentro de sí le susurraba que ese dinero era sucio de algún modo, hecho con el dolor de los compañeros de sufrimiento. Entonces decidió redimirse, y de la manera, como corresponde a un réprobo, más sufriente. Así, cuando “Chiquito” Márquez, famoso hincha del equipo de Nuñez, cuyo diámetro anatómico permitía cualquier tatuaje… y cualquier miedo, vino a dejar para la posteridad en su piel la fecha inolvidable: 9/12/2018, junto a un corazón blanco cruzado por una banda roja; Jonny decidió que era el momento de la expiación. Ofreció a Chiquito “algo de tomar”, le agregó a ese algo un leve somnífero, y luego hizo lo que su arte le permitía y su alma le pedía a gritos. Al despertar, Chiquito Márquez, ante un Jonny que no quiso escapar porque eso era parte de castigo, vio con una perplejidad que ningún láser puede borrar, la frase inconcebible: “Cero descensos”. Con su doble fractura de maxilar recién reparada, dicen los amigos que Jonny alcanzó a balbucear en medio de esa bruma que sucede a los posoperatorios: “Shon de la B…esho no she lo shacan mash…”.

Ahora hablemos de Adolfo Pérez Orozco, “El traumatólogo falso”. Aclaremos en primer lugar que Adolfo no era un falso traumatólogo, vale decir, alguien que ejerciera ilegalmente la medicina. Antes bien, era una eminencia, pero una eminencia fanática de su club, por el que sentía, ya entrados sus 60 años de edad, que había hecho muy poco, como jugador, como médico y como hincha. Por eso, cuando lo convocaron para formar parte del cuerpo técnico del club rival; primero dudó, porque pensó que sería una traición prestar sus servicios al “enemigo”, pero enseguida comprendió que ésa era la oportunidad que tanto había esperado. Hasta tuvo tiempo de permitirse una interpretación mística, bien lejos de cualquier epistemología (salvo, claro, de la de Feyerabend): recordó que él había soñado siempre con jugar en su club y hacerle un gol al rival, pero una feroz lesión lo alejó de esa posibilidad a los 17 años; ahora, con seis décadas, otra vez serían las lesiones las que le darían posibilidad de revancha.

Ya sospechará el lector que Adolfo había decidido, al tiempo que hacer justicia, rifar su prestigio como médico, que tarde o temprano saltaría por el aire. Y eso hizo. Durante un tiempo, al que podríamos llamar el período “sutil”, Adolfo aconsejaba a los jugadores genuinamente lesionados tiempos de reposo exagerados, para “que se recuperaran de manera óptima”, cosa que empezó a levantar sospechas porque justo le recomendó al 10 de su equipo que extendiera su recuperación hasta exactamente el lunes posterior del partido que podía definir el campeonato. Estos primeros ardides fueron respetados porque el aura de eminencia que tenía Pérez Orozco parecía eludir toda sospecha. Pero los rumores empezaron a crecer con la obstinación de un desgarro, cuando Adolfo vio en una resonancia una lesión grave en el hombro del arquero, justo antes de que se jugara un partido que muy probablemente se definiera por penales. Un concilio de médicos no vio nada extraño en el estudio, pero aún la gravitación de Orozco era fuerte y prefirieron respetar la jerarquía, aunque las dudas ya comenzaban a desperezarse.

A estos episodios leves siguió el “período evidente”: Orozco mandó a jugar desgarrado al 5, que duró hasta el primer pique en cancha. En otra jornada, ante un calambre de Pichín Colombo, fue obvio que le hizo el estirón de la pierna al revés, agudizándole la dolencia.

Finalmente, la etapa “vergonzosa-delictiva” hizo su aparición. Como no podía ser de otra manera, este período vio a un ex médico prestigioso mutar de modo elocuente, aún para las tímidas voces que alguna vez lo habían defendido. Es que solo un verdadero descenso al infierno de la perversión puede explicar que el Tanque Borjas, habiendo entrado al consultorio con una molestia en el abductor, saliera con un desgarro de quince centímetros, o que el Zorri Paredes, quien llevó a atender a su mujer, que era jugadora de handball, terminara con una fractura de tibia y peroné.

El peor de los Pérez Orozco posibles, casi un antihéroe de la franquicia Marvel, corriendo con una amoladora y los ojos inyectados de furia a Turbina Velásquez, justo antes del clásico contra el equipo del que el traumatólogo era devoto, al grito de “Vos no jugás, amargo… como que me llamo Adolfo que mañana no jugás…”, fue la última escena antes de que la comunidad científica lo expulsara de la medicina.

Y la barrabrava de su equipo lo hospedara, no sin algo de justicia, en el paravalanchas…