Maradona

D10s Santo

Es totalmente extrínseco relacionar a Diego con Brasil. Pero más allá de la animadversión, los garotos, reconocibles amantes del buen fútbol, siempre fueron admiradores de Maradona. Tal es así que el 10 estuvo cerca de jugar en Santos para heredar la camiseta de O'Rei. Historia en la que el mismo Pelé tuvo un papel tan preponderante como polémico.

No hay mejor ejemplo de dualidad que la del sentimiento de ellos en inventar, ensoñar y hasta querer gozar, aunque sea por un rato, al tipo que más adjetivaron en los últimos 35 años. Ellos, que no vacilan a la hora de sentenciar en un juicio abreviado por doping, en silencio, lo imaginan con la verdeamarelha. Ellos, sí ellos, los que padecen el resquemor de reconocer en privado que su enorme espectro de intérpretes del jogo bonito está incompleto. Y ellos, como no les basta ni les bastará con Garrincha, Sócrates, Romário, Bebeto, Ronaldo o Ronaldinho -entre tantos otros-, apelaron a la fantasía de adoptar a Villa Fiorito a pesar de los miles de kilómetros que los separan. Pero ante estas construcciones de escenarios irrealizables cual publicidad de Guaraná Antártica, quedaba un único intento posible: ver a Maradona jugar el Brasileirao. Y, aunque no suene creíble, esta idea nació de quien supo regocijarse de celos desde los orígenes de Diego. Aquel que sufrió el derrocamiento del trono mundial del fútbol y, con recelo, le apuntó públicamente hasta el escarnio. El mismo que con su faceta de empresario ya había convertido más goles que en su etapa como jugador, no le encontraba solución a un Santos que desde hacía años peregrinaba por la frustración. Tal ofuscación llegó a vislumbrar como excepcional desenredo virtual, abdicar a la máxima referencia del fútbol argentino.

Eran mediados de 1995 y la sanción a Diego por el doping positivo en el Mundial de Estados Unidos estaba a punto de llegar al ocaso. La incursión en la conducción técnica fue su acompañante durante la mitad del camino de la obligatoria abstinencia futbolística. Sin embargo, a falta de algunas semanas para la finalización de la condena, pegaba el portazo como entrenador de Racing, luego de un 0 a 0 ante Gimnasia de Jujuy jugado el 5 de mayo. Más allá de los resultados (2 victorias, 5 empates y 5 derrotas), su vínculo con la Academia estaba atado a la continuidad de Juan Destéfano como presidente del club, cargo que abandonó una vez culminado el acto eleccionario desarrollado ese mismo día y que, finalmente, ganó el binomio formado por Osvaldo Otero y Daniel Lalín. Esa remota experiencia que también había tenido un capítulo anterior en Mandiyú, dibujó el boceto para el último tramo de su carrera deportiva. 

Fue ahí cuando la firma ‘Pelé, Sports y Marketing’, una de las mayores compañías de negociación y administración de derechos deportivos de Brasil en ese momento, inició las gestiones para poseer la primicia del retorno a la actividad del futbolista en Villa Belmiro. Pelé encontró la anuencia de Unicor (sponsor del Santos y San Pablo en aquel entonces) y estaba en la búsqueda de una tercera firma que sería seleccionada por licitación. Los tres se harían cargo de los 4 millones de dólares que requirió el Pelusa para vestir de albinegro por dos temporadas. Esta oculta anécdota fue develada al pasar por ambos protagonistas, cuando Diego fue anfitrión de Pelé en la “Noche del Diez”.

-La mayoría de la gente no sabe que yo quise comprar el pase de este muchacho. Lo llevé a Brasil y le dije que quería que juegue para Santos. Una lástima que no se pudo.

-Es verdad, me acuerdo que tenía un gran equipo y nos reunimos en Río de Janeiro con los patrocinadores.

El murmullo era cada vez más grande y la ansiedad de los hinchas del Peixe empezó a crecer a una velocidad pasmosa. No obstante, la confusión por saber si llegaría como futbolista o entrenador, también jugaba su partido entre los fanáticos que esperaban agazapados el minuto a minuto de la noticia. “La empresa ‘Pelé, Sports y Marketing’ en conjunto con Unicor, ya iniciaron las conversaciones con Maradona y ahora lo disputamos con San Pablo. Pero probablemente sea Santos”, esbozaba Samir Jorge Abdull Hak, presidente del Santos entre 1994 y 1998, en una entrevista a O Globo y, además, aclaraba: “Vendrá completamente como jugador. Desmiento la posibilidad de que llegue como entrenador por respeto a quien ocupa ese lugar actualmente”.

La ciudad y el país estaban expectantes del desembarco. Más allá de haberlo visto como su principal oponente deportivo, la llegada de Maradona era motivo suficiente para extender el carnaval que despuntaban desde julio pasado con la conquista del cuarto título mundial. Asimismo, los integrantes del plantel absorbían el entusiasmo que para fines de mayo ya excedía a la órbita del club. De esa manera también lo reflejaba el delantero Paulo Jamelli, que no disimulaba su exaltación ante la posibilidad de compartir ataque con una leyenda: “Claro que me resulta interesante que venga. Cuando era pequeño juntaba figuritas de él y ahora poder jugar juntos sería una satisfacción muy grande”, declaró en el cierre de una rueda de prensa post entrenamiento.

Pero la chance de ver a Maradona vestido de blanco con el 10 en su espalda fue tan fugaz como la luz de un fósforo. Los problemas en la firma que encabezaba la celebridad brasileña junto con su socio Hélio Vianna (con quien años después mantendría una feroz contienda judicial por malversación de fondos), no tardaron en aparecer. Los días subsiguientes a la filtración de lo que tenían entre manos estuvieron envueltos de discrepancias. Por un lado, relucían desacuerdos entre los porcentajes de los aportes que debían acumular entre las tres partes interesadas a comprar el pase y, por el otro, los medios cercanos a la sociedad insinuaban que Maradona había cambiado a último momento el monto que pretendía adquirir a cambio de sus servicios. Lo cierto es que esas diferencias apagaron la llama a fines de junio y Maradona volvió a jugar pero en Boca el 7 de octubre.   

Inesperadamente los intentos del club paulista tendrían un nuevo brote. Todavía sin lograr saciar una sequía de títulos que ya acumulaba 14 años, volvieron a recurrir a Diego Maradona en sus primeros meses como futbolista retirado. En febrero de 1998, Renato Duprat, presidente de la hoy ya extinta empresa de salud Unicor, afrontaba dos sustanciales contratiempos. Por un lado, las incriminaciones públicas por parte de los jugadores, cuerpo técnico y comisión directiva del Santos, que le apuntaban por los perjuicios arbitrales, dado que Duprat también era miembro de la Comisión de Arbitraje de la Confederación Brasileña de Fútbol. Y por el otro, el desasosiego de revalorizar la apuesta de más de un millón de dólares invertidos por los cuatro años de patrocinio en plena crisis deportiva. Acudir al astro argentino, acaso, era una inyección de esperanza.

Esta vez, el cónclave se produjo en San Pablo y hasta Maradona llegó a deslizar que jugar en Santos era “el primer paso para dirigir el seleccionado brasileño”. Pero ni cortos ni perezosos, los integrantes de su círculo más adosado por aquellos años palparon que la búsqueda del empresario era tan desesperada como banal. La visita consistió en un almuerzo en el que se contaron más anécdotas que billetes y concluyó con un recorrido por el Estadio Urbano Caldeira. En conclusión, más allá del encono, la codicia logró exonerar al que siempre consideraron como la astilla clavada en el universo impoluto de O’Rei.