Daniela Giménez

El Gusano y la seda

Nadadora desde los 5 años, a los 28 se asume como una mujer a la que el sentido del humor la ayudó a desdramatizar la mirada infantil, casi naif, que se erige sobre la discapacidad. "Hablar es el camino, siempre que la otra persona sea receptiva. No soy la maestra del mundo. Como atleta paralímpica y más como mujer, me tengo que esforzar el doble", dice.

“Amo el momento incomodo cuando le aviso a la chica del salón de uñas que tengo una sola mano y quiero 50% off”. El tuit lo escribió Daniela Giménez, nadadora paralímpica argentina. Las respuestas, ironía y empatía mediante, no tardaron en llegar. Scrollear ese tuit, del 18 de agosto pasado, basta como botón de muestra para visibilizar y, a la vez, educar. “Podemos ir juntas y pagar la manicura completa entre las dos. No sé. Pensalo”, le respondió una chica, en la que muestra una foto de su muñón. “¡De una!”, contestó Daniela. “Yo soy manicura, te lo re hago el descuento. ¡Cuando quieras ya sabés, estoy en Villa Crespo!”, sugirió otra usuaria al leer la publicación. “Desde dentro de dos semanas voy oficialmente”, respondió la chaqueña de 28 años, que suma tres Juegos Olímpicos y varios mundiales. Su especialidad son los 100 metros pecho.

El humor, asegura Daniela, forma parte de su ADN. Una dosis que alimentó, desde muy chica, a raudales. Su familia, lejos de ser condescendiente, le mostró que no existen barreas físicas y de sus bocas jamás salió un “no podés”. Porque eso no existía en su diccionario. “Mis viejos se enteraron de la malformación congénita en mi mano izquierda el día que nací. No tuvieron tiempo para prepararse. Desconocían todo, no sabían nada. Pero sí estaban preocupados por saber cómo me iban a enseñar”, le cuenta Daniela a Enganche. Y continúa: “Y mis hermanos (Matías, María Eugenia y Nicolás) también se pusieron en esa y nunca me sobreprotegieron. Siempre me empujaron a hacer todo lo que quería y me proponía”.

–¿Tu relación con tu discapacidad siempre fue así, de humor, de tomarte a broma lo que te pasa?

–Siempre, yo nací sin la mano. Una vez tuitié que me había comido mucho las uñas y por eso estaba así y hubo mucha gente que me escribió para saber si era verdad que me había pasado eso porque ellos también se comían mucho las uñas. Nací así, con una malformación congénita. Y desde muy chiquita me sentí cómoda con mi cuerpo. Mi muñón tiene nombre, se llama Gusa. Desde chica con mis amigos le pusimos Gusanito y quedó para toda la vida. Siempre tuve la misma forma de ser que se ve en las redes sociales. En Twitter soy relativamente nueva, porque siempre fui una observadora. Me divierte mucho estar ahora activamente involucrada. Me mato de risa. La realidad es que no estoy exenta de inseguridades, ni de haber atravesado determinadas cosas con respecto a mi discapacidad. Sobre todo, en mis años de adolescente cuando todas mis amigas empezaban a tener noviecitos, a chapar y demás. ¡Y yo, cero! Ahí me golpeé contra una pared, al darme cuenta de que podría no resultarle atractiva a alguien por mi muñón, por mi mano. Lo bueno es que siempre me lo tomé desde otro lado. Jamás lo oculté, ni me sentí mal respecto a mí misma. Y terminé aceptando el hecho de que como para mí también hay personas que no son atractivas, lo mismo sucede conmigo. Y por eso no iba a dejar de ser yo, ni de sentirme orgullosa del Gusa. Mi familia fomentó este tipo de humor. Mis hermanos son muy del humor negro. Y desde chiquita, por ejemplo, cuando le pedía a mi hermano más grande que me rascara el brazo derecho, porque no me puedo rascar, me miraba y me decía con su peor cara de maldito “¿por qué no te rascás vos?, ¿te falta la mano o qué?”. Y así, siempre. Y eso me ayudó a naturalizar, desde el humor.   

–Tu situación, en gran medida, ayuda a naturalizar y mirar desde otro lado la discapacidad. Te habrá pasado que te traten con una mirada condescendiente cuando vos la vida la vivís sin drama y te reís de eso y de lo que venga.  

–Sí, además, siempre digo que al ser deportista paralímpica no soy la única persona con discapacidad que rodea mi vida. La discapacidad me atraviesa por todos lados, son mis compañeros de selección y amigos por todo el mundo que tienen distintas discapacidades. Siempre vi que los límites hacia las personas con discapacidad vienen de afuera hacia adentro. Desde la persona sin discapacidad que, como no sabe e ignora, asume lo que podemos y no podemos hacer. Entonces, desde chiquitos nos van diciendo que hay determinadas cosas que no podemos cuando, en realidad, no hay nada que no podamos hacer. Siempre es cuestión de encontrarle la vuelta. Y también el tipo de discriminación que sufre la persona con discapacidad es muy sutil porque, generalmente, la persona que discrimina, muchas veces, no se da cuenta lo que está haciendo. Tal vez piensa que lo está ayudando, que lo está cuidando. Y todo lo que sea deportes adaptados y proyectos que tengan que ver con la discapacidad siempre tienen un tono naif, casi infantil. ¡Y no! ¿De qué me hablás? No hace falta ese cuidado como si se tratase de bebes indefensos. Al contrario, es tan sutil que la persona discrimina y no se da cuenta. Las personas que no conocen o no recibieron ese tipo de educación porque es un tema del que no suele hablarse y tampoco en los hogares, a veces, se sienten atacados y dicen “pero yo tenía buena intención”. Y la buena intención con ignorancia se anula. Por eso, la mejor forma de tratarlo es desde un lugar relajado. Y para quitarle un toque de seriedad. Somos personas que estamos en la sociedad que convivimos con todos.  

–Mucho se habla de las discapacidades visibles, como la tuya. Pero todos, en mayor o menor medida, tenemos alguna discapacidad: la mía es respiratoria y no se hace visible…

–Exacto. Es una palabra que quedó vieja. Por eso, cuando la revisaron, le agregaron “persona con discapacidad”. La palabra te define, sos eso. Sos un discapacitado. ¡No! La discapacidad es la característica que cada uno tiene. Podés ser narigón y eso no te define. A mí, la discapacidad no me define.

–Además de esa mirada, muchas veces mediada por la ignorancia, cuando vos te tirás a la pileta lo que más querés es ganar y, deportivamente, das todo…

–Obvio, salimos con el cuchillo entre los dientes. No hay deporte de recreación, no hay medalla de participación. Es deporte de alta competencia. Y a la gente le cuesta entender. Y creo que es por ignorancia y no lo digo como un insulto sino todo lo contrario. Es la definición por no saber. Es cuestión de educar un poco más y la forma de hacerlo es hablando. Me pasa millones de veces que un nene en la calle me señale y le diga algo al padre o la madre y que los padres le digan “no mires, cállate, vení”, como si fuera mala palabra hablar de discapacidad. Y no es así, que pregunten porque los niños son curiosos y no es usual ver a una persona en la calle sin una mano. Pero que venga y pregunte porque si no estamos siempre barriendo el problema debajo de la alfombra y lo ignoramos. Y no es acá no pasa nada. Y nosotros nos encontramos en muchos ámbitos sociales, laborales donde no nos creen capaces y la discapacidad se torna un problema. Se torna algo con la que hay que lidiar, algo pesado para el que tiene que lidiar con eso, ya sea empleador, amigos, compañeros de estudio, una obra social. Es nada más que educar para que la gente acepte con humor algo que pasa, que sucede.

–¿Sufriste discriminación y si te pasó cómo lo resolviste?

–Sí, podría llegar a contar alguna situación. Pero la realidad es que nunca viví una actitud agresiva. Sí me acuerdo que me han dicho que yo estaba tan en mi mundo que no me importaba algo que decían o hacían. Estoy muy conforme con mi cuerpo y nunca me sentí atacada. Sí, constantemente, todos los días de mi vida, hay alguna situación en que haya personas que asuman que yo no puedo hacer algo o me ayudan sin que yo pida esa ayuda. Es como hablar sobre el machismo. Ese es un tema en el que cualquier persona debe hacer una revisión interna para cambiar. Y las personas no reconocen que discriminan. Y se trata de aprender y corregir. Siempre trato de educar.

–Pero no te agota tener que educar permanentemente?

–Sí, me harta bastante. Pero también me di cuenta que, de última, puedo ignorar y listo. Pero si intentás hablar mal, a las puteadas, no lográs nada. Hablar es el camino, siempre que la otra persona sea receptiva. No soy la maestra del mundo. Como atleta paralímpica y más como mujer, me tengo que esforzar el doble.

–Es visibilizarlo, hablarlo con sencillez para sacarle esa falsa compasión. Es dejar de creer que porque tenés una discapacidad sos buenita como santificando a la persona con discapacidad…

–Totalmente, porque es una cosa media aniñada donde se nos pone. Hay muy poca representación en los medios. Cuando ves una serie o una película donde un personaje tiene una discapacidad, generalmente muestran discapacidades súper severas o muestran a la persona con discapacidad poco atractiva, insegura de sí misma, resentida por lo que le pasó y ponen a la discapacidad como una tragedia. Y es una fiaca porque la gente que no tiene personas con discapacidad a su alrededor, eso es lo que ve y sabe desde eso que se le instala. Y después no pueden salir de ese encasillamiento que nos hacen. Y siempre aparece el “pobrecito, es buenito”. Por ejemplo, a nosotros cuando volvemos de competir como selección no nos hacen declarar nada y nos ven pasar a diez con los equipos argentinos y entre todos no formamos uno completo y nos dicen “pasen, pasen” y por ahí traemos algo en la mochila. No queremos estar en ese lugar infantil e incapaz. Es difícil imaginar un minón que tenga una discapacidad. Tengo una amiga española nadadora que es preciosa, una diosa y le falta un poquito más de brazo que a mí.

–Sobre romper con ese paradigma de ver al discapacitado como “el pobrecito”, en 2018, en Enganche, sacamos una nota sobre la trampa de un atleta paralímpico. Y para esa investigación, en off, un jefe de equipo paralímpico nos dijo “no nos damos cuenta pero los discapacitados son tan tramposos como los convencionales”.

–¡Sí, recuerdo esa nota! Claro, son personas como cualquier otra. Es terrible ver después de la discapacidad. Somos humanos, pero se piensa que somos frágiles que nos tienen que cuidar. Hasta en eso se asume equivocadamente que no podemos ser malos. ¡Claro que podemos ser unos forros! ¡Obvio que podemos hacer trampa! Como también hacer muchas cosas buenas. Pero no por ser paralímpicos vamos a ser un arco iris con mariposas de colores. ¡No! Yo no voy a poner la única mano que tengo en el fuego por un atleta paralímpico. Solo la pongo por mí. Hay que trabajar para romper con esa mirada superficial.  

Hace unos meses, Federico Grabich nos decía que su relación con el tiempo es obsesiva. ¿Cómo es la tuya?

–El nadador es obse. Y yo soy recontra obsesiva. Tenemos medidas las piletas, se cuántas brazadas voy a dar hasta pasar la línea de 15 metros, la línea de 25, la de 35 y así. Y sabiendo las brazadas sabés dónde y cómo vas. Yo sé en competencia qué es lo que voy a hacer porque lo repetí hasta el cansancio. Antes vivía en San Fernando y me tenía que tomar el tren para ir a entrenar y yo sabía cuánto tardaba en caminar y cómo hacer para que un semáforo me diera justo en rojo para cruzar y así entrar a la plataforma para subirme al tren. Mi cerebro no puede con su vida si no sabe eso.

Daniela, amanace corriendo en Palermo

–La natación es un deporte de mucha entrega, de mucha valentía y sufrimiento. ¿Qué hay de goce en eso?

–Eso es lo hermoso y horrible que tiene la natación. Es un deporte tan hermoso como cruel. La natación requiere mucho entrenamiento para un minuto de competencia. Y ese minuto te conviene hacerlo a la perfección porque 1 centésima te deja afuera de un podio, o de una final.

–¿Y cómo convivís con el error? ¿Te perdonás cuando te equivocás?

–Sí, es obvio que cuando uno tiene un objetivo pensado, planificado y no lo consigue se enoja, se fastidia, se pone triste. Pero yo levanto la cabeza y sigo para adelante y trato de aprender de eso. Sí, trato de pensar eso con mi entrenador para no repetirlo.

–¿Cómo separás la amistad con la nadadora que está en el andarivel de al lado que, en definitiva, quiere lo mismo que vos?

–Yo soy muy amiguera. Siempre le digo a una amiga con la que jugamos juegos de mesa que ella no es competitiva, como ella se define, sino que es tramposa. La gente tiene ese concepto que ser competitivo es ganar no importa cómo. Y no es así. Justo en natación dependés de vos, no hay nada que pueda hacer la persona de al lado para que a vos te vaya mal. Puede nadar mejor, pero tu desempeño depende de vos mismo. Me pasó que el año pasado en el Mundial salí 3° y las chicas que me habían ganado se pusieron mucho más felices por mi resultado en los 100 pecho porque yo había mejorado mi marca. Se me tiraron encima, ellas me habían ganado pero estaban súper contentas. Eso es maravilloso, el oro y la plata de un mundial felicitaban a la plata que había conseguido un objetivo.

–La última, de aquel tuit de 18 de agosto, ¿fuiste a hacerte las manos con la manicura que te dijo que fueras que te iba a hacer el 50% de descuento?

–¡No pude ir! Me hice el service hace unos días porque las uñas en las nadadoras son todo un tema. Me tengo que hacer de acrílico y ella no lo hacía. ¿Viste cómo se prendió la gente? Estamos avanzando. Falta mucho, no es sencillo romper con las construcciones sociales con las que vinieron nuestros viejos y, antes, nuestros abuelos. Eso es aprender y crecer. El punto es aceptar y estar dispuestos a revisarse para ser mejor con el otro.