Cristian Coria

De cosechar limones a entrenarse con Pacquiao

Del trabajo de jornalero en el norte argentino a entrenarse en Estados Unidos con una estrella del deporte mundial, Cristian Coria va por todo; estudio y boxeo para pelear en todos los frentes.

Mientras observa a su ídolo lanzar manos por los aires en una sesión de entrenamiento en Los Angeles, Cristian Coria tiene ganas de contar su historia. Tiene ganas de contarle al mundo que él también hizo historia, animado, tal vez, por la emoción que causa ver a pocos metros al mismísimo Manny Pacquiao, rápido como un rayo de Zeus, como un punga del Tren Sarmiento, como un billete de cien pesos de hoy. Sin embargo, esas manos asiáticas -con todo respeto- no parecen ser veloces como las de este norteño. ¿Es chiste? No, esas manos legendarias nunca irán a estar cerca de la marca que él consiguió y que mantuvo durante quince años, conquista que ningún escriba jamás documentó. Porque Coria es el cosechador más demoledor que jamás se haya visto en el Ingenio Fronterita. Él solo, certifican fuentes confiables de Famaillá, Tucumán, era capaz también de pelar un limonero entero, de pies a cabeza, con una escalera y un alicate como ayudantes. Esos limones caídos del cielo le permitieron llevar un sueldo de jornalero a su casa y soñar con un futuro que al fin llegó.

Antes de hablar del pasado y del futuro hay que ver el presente de Coria, quien se sacó la lotería dos veces en lo que va del año. Metió en febrero una puñada impresionante que le permitió ganar por nocaut en los Estados Unidos a Joel Díaz, un boxeador prometedor que iba a firmar un contrato con el mítico promotor Bob Arum. Y dio otro golpe que, de sopetón, levantó de la siesta de todo el norte del país, porque hace quince días cumplió el sueño de su vida: gracias a la gestión de un amigo, Gustavo Sosa, Pacquiao le permitió entrenarse junto a su equipo. Así como leyeron. Durante 21 días, Coria acompañó al profeta a la montaña, corrieron por Hollywood y el Griffith Park de Los Angeles, antes del triunfo del filipino ante Keith Thurman. Por eso, Pacquiao sirve como un provechoso pretexto para contar a un boxeador que, a los 36 años, pasó la copa del árbol, porque la escalera del jornalero Coria no terminaba ahí donde todos pensaban.

“Dale, Cristian, metele que no llegamos”, le dice una voz en la fría mañana de norteamérica. Y tiene razón. Manny Pacquiao enciende el modo Pacman y se come a la montaña: para llegar a la cumbre hay que sortear ocho kilómetros de serpenteantes caminos, que se hacen cuesta arriba para todos, menos para el filipino. “Dale, Cristian, metele que no llegamos”, le dice una voz en la fría mañana de Famaillá; porque hay que juntar limones a rolete y el que no junta no come. “De pibe tenía que ayudar en casa, eramos siete hermanos que dormíamos en un mismo cuarto con mi madre. El trabajo del limón era duro y cansador, había que llenar maletas de diez kilos a lo loco”, comenta Coria, quien se acostumbró a deslomarse trabajando en el campo para poder llegar algún día a estudiar y ser maestro rural de una escuelita de allí.

El tractor va y vuelve: Manny Pacquiao corre que da calambre de solo mirarlo. El tractor va y vuelve: en ese lapso debe meter, apurado, 50 kilos de papas en la bolsa de arpillera, antes de que la máquina vuelva. La pucha, si no llega, el castigo es doble: el tractor lo cubre de tierra y, de paso, lo bardea el maquinista. Es un pecado demorar el trabajo en el campo. Ahí está Coria entonces, diez, doce horas por día agachado, carbonizado por dentro y por fuera, de cuatro de la mañana a cuatro de la tarde. “La cosecha de papas fue en Concepción, bien al sur, en el límite entre Tucumán y Catamarca. Me pagaban cuarenta centavos por bolsa”, precisa. “Armaba entre cuarenta y sesenta bolsas de las grandes. Sacá la cuenta de cuánto era mi guita…”. Embolsar entre 2.000 y 3.000 diarios de papas estaba lejos de alcanzarle, apenas permitía llenar la alacena con granos arroz y moños de fideos. 

“Estar todo el día agachado, eso sí que era hacer cintura”, bromea Coria. Hacer cintura, en la jerga boxística, es balancearse para pasar por abajo de una trompada o de una soga, flexionando las rodillas y moviendo torso al mismo tiempo. ¿Igualito, no? Coria trabajó de todo durante toda su adolescencia, porque en Tucumán nadie le escapa a la caña de azúcar; por eso, se curtió en el ingenio la Fronterita. Y precisamente ahí mismo afinó el ingenio. “Ese trabajo no me va a llevar a ningún lado”, pensó. Y empezó a buscar otros mundos. Mientras alternaba changas, taló pinos en el monte y agarró el volante de un remís. Levantó paredes en casas y derribo muros de pobreza. “La verdadera pobreza es la que está en la mente”, dice Coria, quien empieza a revelar cómo salió de esa vida desbordada de nadas.

Tuvo que hartarse de vivir jornaleando para darse cuenta que a ese destino había que agarrarlo a las trompadas. “Se acabó, Gorda, voy a cosechar frutas y verduras, y también dinero para mi familia”, le dijo a su mujer, mientras soñaba con ser un gran boxeador. No era fácil su rutina. Porque peleaba arriba del ring, intentando hacer una digna carrera, y peleaba abajo, yendo de punta a punta, de norte a sur, a buscar el mango. Durante cinco temporadas, del 2010 al 2014, ya casado con Verónica y con una hija, se lanzó a la aventura del trabajo golondrina. El negocio era marcharse a Río Negro, de agosto a diciembre, y cosechar peras y manzanas, doce horas reloj de lunes a lunes. En cinco meses juntaba para tirar todo el año. Si hasta horas extras le daban embalando zapallos. Estaba feliz, acaso la única en quejarse era su espalda: los colchones que les prestaban para descansar eran fetas de fiambre tiradas en un piso de chapa: “Dormíamos amontonados en un container”.

El boxeo siempre estuvo en su vida. Por eso, luego del encallarse las manos en los campos del país, dejó la cosecha, pero siguió maltratando sus puños dándole duro a la bolsa que colgaba del techo de su casa. “Maltratar”, a los ojos de un ignorante. Lo que Coria hacía, en realidad, era dejar salir a la bestia encajonada en su interior. Se carrera como boxeador empezó a tomar cierto vuelo en el 2014. Empezó a organizar, con la ayuda de su esposa, festivales de boxeo más seguido. Y así se aseguraba pelear, mantenerse en forma. Hasta que le empezaron a surgir desafíos más grandes. Sin embargo, se lesionó la rodilla y tuvo que colgar los guantes por un tiempo. Viajó a Mar del Plata a trabajar en una obra en construcción con su suegro, cuando recibió un llamado inesperado. “Tenía veintiún peleas, con veinte ganadas y una sola perdida, por el título argentino ligero,cuando me llaman para hacer una pelea en Namibia, con Paulus Moses, el primero de marzo de 2014, por el título internacional de la OMB. No podía correr, estaba endurecido por el trabajo de obra. Entonces pedí prestada una bicicleta. Y me entrené como pude en un gimnasio, el de Fernando Sosa. Al final perdí, perdí por puntos. Di el peso, con lo último. Lo bizarro fue que la pelea se hizo en una carpa y había tanta tierra, que por la lluvia se hizo un enchastre. Subí al ring todo embarrado”.

Del barro había venido y en el barro estaba Coria, hasta que empezó a subir poco a poco, peldaño a peldaño. Luego fue a pelear a Uruguay, Canadá, y llegó a los Estados Unidos: “Primero peleé con el japonés Hiroki Okada. Estuve entrenando en Estados Unidos casi cinco meses. Perdí por fallo dividido. Luego, tuve de nuevo la oportunidad para Top Rank de medirme con Joel Díaz. Cuando vi que el árbitro le dijo: ‘no va más’, fue una felicidad enorme por todo lo que pasé. Se me cruzaron miles de cosas por la cabeza. Todos los trabajos. Todos los sacrificios que hice. Fue y es una lucha. Una lucha personal mía. Y una lucha de mi mujer. De hecho, 35 de las 39 peleas que hice, las organizamos con la familia. Yo fui mi propio promotor. Por tal motivo, fue muy emocionante para mí llamar a mi esposa y a mis hijos para decirles que gané en Estados Unidos”.

De la dureza del trabajo de jornalero en el norte al entrenamiento con una estrella del deporte mundial,

Sin importar que no tenga ni una faja, ni un fajo, ahí anda Coria. A este chango no le vengan con títulos mundiales, ni millones de dólares, porque lo suyo es contar batallas,batallas que ganó antes de las peleas. Las historias hay que contarlas desde el principio. Y este señor a decir verdad se llama Cristian Coria. Fue su madre quien le pidió que se cambiara la identidad: “Como mi viejo se las picó, yo llevaba puesto el apellido de mi mamá (Julia Carrera). Me llamaba Cristian Rafael Carrera, de hecho, ese fue mi nombre hasta los seis, siete años. Vivía con mi abuela en Córdoba porque mi mamá no me había podido cuidar. Pero un día apareció mi vieja de la nada y le pidió a mi abuela si me podía cambiar el apellido. Es que ella necesitaba cobrar un plan social porque la estaba pasando mal económicamente en el 88, 89, en la época de Alfonsín. Y para ayudarla, siendo un niño, acepté. Resulta que Coria era el apellido de su nuevo marido. Ese tal Coria, a quien llegué a conocer un tiempo después, terminó abandonando a mi mamá. La dejó a cargo de seis hijos, en pampa y vía”, revela.Esos recuerdos de pobrezas pasadas lo constituyen y, de algún modo, lo revitalizan aún más todavía, porque esas piñas del pasado le permitieron ponerle la cara a los desafíos que los débiles esquivan. “Todo eso que superé me hizo más fuerte, yo tengo un Dios aparte desde que nací. Mi vieja me cuenta que en los primeros tres meses de mi vida vivimos en un convento. Era el único lugar que teníamos. Porque cuando se enteraron que ella estaba embarazada, los padres la corrieron de la casa, y nos tuvimos que ir a una iglesia de Loreto, en Santiago del Estero. Casualmente, allí se hace todos los años el pesebre viviente. ¿Y quién hizo de niño Jesús? ¡Adivinaste! El bebé Cristian”, dice, risueño.Y, orgulloso, muestra los guantes Everlast que le firmó Pacquiao. Gracias al filipino, Coria llega entonado para su enfrentamiento de septiembre. Se presentará por tercera vez en Estados Unidos, ante el uzbeco Fazliddin Gaibnazarov, ganador de la medalla de oro en los Juegos de Río de Janeiro 2016.

Al momento, Coria cursó tres años de magisterio en Tucumán. Y prometió retomar los estudios, hasta recibirse. Lo que no sabe es que él ya es un maestro. La nota inexorablemente llega a su final, porque el material desbordante irá a parar al libro autobiográfico, libro que en algún momento alguien irá a escribir. Nadie mejor que él para contar una historia.

FOTOS GENTILEZA: GUSTAVO SOSA Y PACQUIAO PROMOTIONS