Fronteras

De inmigrantes, derechas radicalizadas y goles millonarios

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Iñaki Williams, hijo de ghaneses, brilla en el Athletic. Su historia es la de tantos desplazados. Los mismos que hoy los desprecian, mañana gritarán sus goles.

Los 3.318 kilómetros que separaban su casa de ese muro eran nada comparados con el sufrimiento, el calor y la tristeza que habían empujado a sus pies y a sus almas desde Acra, la capital de Ghana, hasta Melilla, un territorio español en suelo africano, en el límite con Marruecos. María, embarazada, asumía el peso del sueño de vida que cargaban con Félix, su pareja. Juntos y sin papeles cruzarían la pared con sus últimas energías. El hijo que vendría sería bautizado en homenaje al sacerdote que los ayudaría en su incursión en la península ibérica. Su documento, entonces, llevaría a un nombre típicamente vasco pegado al apellido que cruzara el desierto. Iñaki, delante. Williams, detrás. Muchos años después, ese grupo de letras se inscribiría en las espaldas de un montón de hinchas del Athletic de Bilbao.

Iñaki Williams tiene 25 años y, según su cláusula de salida, vale 135 millones de euros. El delantero, que es el futbolista más rápido de la Liga española según varios estudios, despunta en Bilbao, esa casa a la que adoptó como propia después del periplo de sus padres. Potente, vivo y lleno de confianza, fue la enorme figura del clásico ante la Real Sociedad, hace tan sólo algunas semanas. Hoy, admirado por todos y en camino de idolatría en San Mamés, no pierde de vista el lugar desde el que vino.

“Este año volvimos al desierto y mi madre se puso a llorar porque le recordó lo que sufrió cuando era joven, que ni sentía los pies de lo que quemaba la arena. Eso te remueve el estómago porque al final sabes que tus padres han vivido eso y que no deseas para nadie, que a día de hoy hay mucha gente que lo sigue haciendo para dar un futuro mejor a sus hijos y ese futuro me lo han dado mis padres a mí”, recordó hace unos días en el programa El Larguero. “Al final, cuando llegas al primer equipo siendo tan joven, de repente pasas de no tener nada, a que vas por la calle y todo el mundo te reconoce. Yo he tenido la suerte de tener a mi madre, sobre todo, que, hablando mal, me da una cachetada y me espabila”, cerró.

La historia de Williams es la de un montón de familias que buscan el refugio en una Europa que sigue pendulando entre expresiones moderadas y otras de la derecha más radicalizada, que conceptualmente marcha detrás de la estela de Donald Trump en Estados Unidos y de Jair Bolsonaro en Brasil. Hace tan sólo unos días, la alta plana de Vox, el partido español vertiente de esa corriente, expresó en una conferencia que entre sus proyectos se encuentra la construcción de un muro de hormigón en las fronteras de Ceuta y Melilla. A su vez, exigieron que se doten a las fuerzas de seguridad con pistolas táser, máscaras de humo y pistolas eléctricas.

La doble cara de la problemática de la inmigración obtiene en el fútbol un paño que le aporta una amplificación imparable para un conflicto que es silenciado como son silenciados los que menos pueden decir, aquellos que nada tienen. Esos jovencitos que escapan de los palazos en Ceuta y en Melilla son, si sus piernas lo permiten, los mismos que años después dejarán de gambetear autoridades para gambetear rivales en partidos de millones y millones de dólares. Allí, claro, los que piden muros y pistolas gritarán sus goles con las insignias del negocio de la pelota.

En Barcelona, Ansu Fati es el hombre del momento. O más que el hombre, el chico. A sus 16 años, el nacido en Guinea-Bissau debutó en el primer equipo y fue un torbellino que convirtió, desequilibró y fue presentado al mundo como la próxima estrella culé por venir. Más allá de la grandilocuencia de quienes comparan a un juvenil con Leo Messi (al igual que ayer lo hicieron con Bojan Krkic o Munir El Haddadi), Ansu es el futuro de los suyos. En medio de su hiperexposición, la noticia de las últimas horas afirma que el Consejo de Ministros le dio la nacionalidad española en tiempo récord, de modo que pueda disputar el Mundial sub 17 de Brasil con la selección ibérica.

En la misma ciudad en la que Ansu despunta, David Babunski, un mediocampista macedonio surgido de la Masía, escribió una carta muy elocuente cuando notó que muchos vivían como una tragedia el que debiera abandonar el club por falta de lugar en el primer equipo. “Estoy solo conmigo mismo, con los pros y los contras que eso conlleva, disfrutando del verdadero sabor de la libertad. Respecto a los numerosos mensajes de connotación dramática que he recibido, desearía remarcar firmemente que salir del Barcelona no es ningún drama, ni lástima, ni pena, ni fracaso alguno, ni la más diminuta causa de tristeza. Salir por obligación de tu país, tener que abandonar tu hogar y tu familia por la constante amenaza de bombas, llamas y disparos. Eso sí que es terrible. La pobreza, la hambruna, la destrucción medioambiental: todo eso sí es un terrible fracaso colectivo de todos nosotros. Una triste tragedia humana que da lástima, pena, y además carece de nuestra empatía”, apuntó.

Babunski, Ansu Fati y Iñaki Williams son algunas de las caras que, entre muchos otros rostros, cuentan la parte amable de una situación que recrudece. Aquellos que hoy saben que valen por lo que venden en el mercado de camisetas mañana pueden poner su nombre en las espaldas de un niño que esquive palazos en una frontera. O también de aquellos que mueran, como tantos otros, engullidos por el Mar Mediterráneo sin que a nadie importen los goles futuros por marcar.