Guillermo Vilas - José Luis Clerc

De la admiración a la furia y de la furia a la paz

Convivieron en la Copa Davis y se enfrentaron en el circuito internacional, pero la relación entre ambos estuvo marcada por una feroz pelea sostenida durante muchos años.

Uno admiraba a ese tipo que se había instalado como protagonista en la elite mundial del tenis. El otro se había asombrado con el crecimiento exponencial de quien empuñaba la raqueta con enorme talento. Hasta que, de un lado, la admiración se convirtió en una bronca desbocada y, del otro, el asombro mutó en un recelo mezquino. El compañerismo, que había sido genuino, duró un suspiro. La gran relación que tenían, de repente explotó. Entonces la rivalidad se desbordó a un enfrentamiento personal. Guillermo Vilas y José Luis Clerc fueron enemigos íntimos adentro y afuera de la cancha. Si los separaba la red, el desprecio iba y volvía. Si estaban lado a lado, las miradas se ignoraban.

Al promediar la década del 70 del siglo pasado, la Argentina deportiva pre Diego Maradona tenía dos ídolos indiscutidos en Carlos Monzón y Guillermo Vilas. Desde el polvo de ladrillo, los flejes y las redes del Club Náutico Mar del Plata, Vilas se había proyectado al mundo de forma inédita, en un deporte que no tenía antecedentes de protagonismo argentino y hasta entonces era prejuzgado como un divertimento de ricos. Estuvo solo en ese edén hasta la aparición de Clerc. Y la convivencia, desde entonces, fue tormentosa.

“En el momento de mayor tensión la relación era nula”, explica Guillermo Caporaletti, periodista con decenas de coberturas en torneos de Grand Slam y series de Copa Davis. “Realmente no se daban bola, todo era muy tirante entre ellos”, agrega. Y se remonta al origen del conflicto: “Todo empezó por la lucha de la Copa Davis y del ranking argentino, al que en ese momento se le prestaba mucha atención. Vilas había sido el número uno indiscutido hasta que Clerc empezó a pisarle los talones”.        

Por su parte, Eduardo Puppo, con cuatro décadas en el periodismo dedicado al tenis, considera que “es imposible señalar a un culpable de las vueltas que tuvo esa dupla. Ninguno cedía espacio una vez que Clerc se acomodó entre los mejores del mundo y tuvo su voz. Pudo haber existido algo de celos en Vilas, que vio cómo le quitaban espacio en lo popular”. Asegura que lo aledaño también confabulaba: “Los dos, también, tuvieron a sus coaches que, a su vez, fueron sus mánagers, y muchas veces los malentendidos sobrepasaban los dichos de los jugadores”.

Después de derrotar a Estados Unidos en la Copa Davis de 1977, con un equipo integrado por Vilas, Ricardo Cano y Elio Álvarez bajo la capitanía de Oscar Furlong, Argentina debía enfrentar en las semifinales a Australia. “Que venga el nene Clerc porque lo necesitamos”, apuntó Vilas con su peso específico. La evolución de ese chico fue rapidísima y cuando comenzaron a estar a la par se desató una pelea dominada por los egos.

La Copa Davis fue el epicentro de los conflictos entre Vilas y Clerc.

En el circuito internacional se enfrentaron en trece oportunidades, con nueve victorias para Willy y cuatro para Batata. Clerc ganó menos, pero cada triunfo fue para ser campeón. Ahí quedaron igualados: jugaron ocho finales y se las repartieron en partes iguales. La primera vez que se cruzaron fue el 16 de julio de 1978 en la final de Gstaad. En Suiza, Vilas se impuso 6-3, 7-6 y 6-4 para quedarse con el 38° título de su carrera. Tres semanas más tarde definieron el certamen de South Orange sin cambiar los roles, esta vez con la chapa final 6-1 y 6-3. Sin embargo, Clerc ya había mostrado su potencial: en una de las semifinales había derrotado a John McEnroe. En octubre, protagonizaron la tercera final en el certamen francés de Aix-en-Provence sin modificarse la tendencia, que esa vez fue con resultado 6-3, 6-0 y 6-3.

Clerc no podía con el tenista al que había alentado desde una tribuna y ahora encontraba no solo como un rival impenetrable sino también como un adversario despreciable. En 1979 Vilas lo derrotó en semifinales en Washington, en cuartos en Indianápolis y en la final en Buenos Aires. En seis partidos Batata apenas había podido ganarle un set. Hasta que en la final de Madrid en 1980 desató el festejo tan contenido al imponerse 6-3, 1-6, 1-6, 6-4 y 6-2 en el único partido en el que disputaron cinco sets.   

“Había una mezcla que producía una chispa tras otra. Se produjeron situaciones inconcebibles y, en especial antes de cada Copa Davis, parecía que la guerra era inevitable”, rememora Puppo, que se dedicó más de diez años a realizar un trabajo junto a un matemático rumano para demostrar que Vilas debe ser considerado el número uno durante varias semanas en 1977 (consideración que por ahora la ATP desestimó). Por aquellos años, el equipo argentino para el torneo que fue una obsesión hasta 2016 era cosa de ellos dos, singlistas y compañeros en dobles. El enfrentamiento era público, por eso se preocupan por aclarar que dentro de la cancha esas diferencias quedaban de lado. La final de 1981 ante Estados Unidos quedó instalada como aquella en la que Vilas y Clerc buscaron el título sin dirigiste la palabra. Aunque Puppo derriba esa leyenda: “La única vez que no se hablaron en un doble fue ese año contra Rumania, en Timisoara. En la final de Cincinnatti, como se puede comprobar si se visualiza el video, los dos conversaron sobre posiciones y tácticas porque la intención era ganar la Copa Davis. Incluso hubo una actitud de defensa mutua cuando se produjo una discusión con John McEnroe. En la previa, durante los entrenamientos y actividades oficiales, cada uno fue por su lado, pero en el partido que los involucró hubo diálogo”.

Para Caporaletti solamente era posible que fuesen compañeros “porque además de ser dos fuera de serie eran grandes profesionales”. “Seguían la táctica trazada a la perfección, más allá de que no se podían ver. Querían ganar y, pese a todo, se respetaban”. Caporaletti era jugador del Buenos Aires Lawn Tennis Club (hoy compite en el circuito senior), el lugar natural de Vilas y al que también después representó Clerc luego de sus inicios de Regatas de L’Aviron y San Fernando, y recuerda cómo tras muchos momentos compartidos se pasó a una relación fría que también generó una división de los socios a favor de uno o de otro.   

Puppo repasa una anécdota previa a la definición de la Davis que ilustra cómo se veían mutuamente: “En una exhibición en el Buenos Aires Lawn Tennis con Ivan Lendl y Gene Mayer, en la conferencia de prensa primero llegó Batata, recién duchado, con camisa y saco, y le pregunté si había hablado con Vilas para ordenar el siguiente paso, que era la serie contra Rumania y dijo que no se habían puesto de acuerdo, que eran más problemas personales que otra cosa. Se fue y entró Vilas, que respondió a la misma pregunta: ‘Si él dijo que es personal, tendrá algún problema, pero para que exista deben ser dos personas, y yo no tengo ningún problema con él’. Nos descolocó”.

En 1981 Clerc tuvo el mejor año de su carrera. Además de la final de la Copa Davis, ganó seis títulos -dos al derrotar a Vilas en Estados Unidos en las finales de Washington y North Conway-, llegó hasta semifinales de Roland Garros (donde cayó ante Ivan Lendl después de haber derrotado en cuartos de final a Jimmy Connors en cinco sets) y en agosto se instaló en el número 4 del ranking mundial, dos escalones por encima de su compatriota. Al cierre del año, Clerc era número 5 y Vilas 6. Willy ya había ganado cuatro torneos de Grand Slam y tenía un reconocimiento todavía vigente; pero Clerc, seis años menor, parecía decidió a ocupar su lugar.

Al año siguiente pudo haber pasado en París lo que sucedería con Gastón Gaudio y Guillermo Coria 2004. Avanzaron a semifinales por distintos lados del cuadro pero no hubo final celeste y blanca. Mientras que Vilas derrotó a José Higueras, Clerc cayó en cuatro sets ante Matts Wilander. Luego el sueco derrotaría a Vilas en el estadio Philippe-Chatrier en la que fue la última de sus ocho finales de Grand Slam. Batata nunca pudo anotarse en la definición de uno de los cuatro torneos más prestigiosos.     

En 1982, Vilas lo eliminó en las semifinales de Montecarlo y Clerc se tomó revancha de lo sucedido cuatro años atrás al imponerse en la final de Gstaad. El último enfrentamiento, el cierre de los cruces frente a frente, fue en la tercera ronda de Washington en 1985, torneo que tendría en la final a otro argentino, Martín Jaite, derrotado por Yannick Noah. Ambos estaban ya lejos de sus tiempos de gloria y la despedida del tenis profesional resultaría la misma, en la primera ronda de Roland Garros 1989.

Con el paso de los años supieron dejar las diferencias de lado y recuperaron la amistad.

Retirados y sin competencia, la nueva etapa en la vida de ambos empezó un largo y lento camino de reencuentro. Las diferencias fueron tan hondas y los conflictos tan escabrosos que debieron pasar muchos años para que pudiesen volver a mirarse intercambiando sonrisas en las exhibiciones que empezaron a compartir. “El acercamiento se produjo de manera natural. Comprendieron que la rivalidad deportiva había quedado muy atrás en el tiempo y la relación regresó a como era en los primeros años del circuito pero solidificada por diversos factores”, analiza Puppo y relata el momento el que la reconciliación se hizo carne: “Batata le pidió a Vilas que lo acompañara en una cena anual del colegio Lomas Oral, para chicos hipoacúsicos al que iba su hija y del que es como un padrino. Guillermo no solo fue, sino que llevó una raqueta para subastar, cenó junto a la familia Clerc y terminaron abrazados y llorando. Como testigo a un metro de distancia lo considero el instante en que se selló su amistad para toda la vida”.

No es verdad que el tiempo todo lo cura, aunque sí es cierto que muchas veces acomoda las cosas. La pelea entre Vilas y Clerc es un capítulo central de la historia que los liga, pero el cariño que recuperaron brota con la misma pureza que tuvo la relación en su origen. La pelotita fue de un lado al otro, cargando con los enojos, las disputas, las broncas y los celos. Hoy descansa apacible, para que los viejos enemigo hayan vuelto a ser buenos amigos.