Literario

Desde el cielo te voy a alentar (1)

Muchas personas piden como último deseo que sus restos descansen en la cancha de sus amores. Pero como siempre, el Enviado nos cuenta una historia de este deseo

Esa tarde había estado en un bar tomando unas copitas con unos amigos, y entre tantas cosas de las que uno habla, alguien contó algo que, si bien no es moneda corriente, cada tanto ocurre: que se le cumpla a algún hincha la última voluntad de que sus cenizas sean arrojadas en el césped del club cuyos colores pintaron su corazón.

Este tema sacramental, creo, solo puede provocarlo un deporte sagrado como el fútbol, e incluso da también para las noticias no tan escatológicas, digo, también se sabe, por ejemplo, de parejas que eligen casarse en el estadio de su club. Aquí, si fuéramos maliciosos podríamos advertir una curiosa paradoja: se elige el lugar de las mayores pasiones, la cancha, para rubricar un matrimonio, que es el fin de toda pasión. En última instancia, diría un antropólogo, todo ritual es la muerte de algo que muere para renacer, pero como creo que me estoy yendo al carajo con esta introducción trataré de recuperar el cauce narrativo.

Bien, uno de mis amigos estaba pues contando esa historia de ese hombre cuyas cenizas fueron a mezclarse con el polvo de tierra del área chica (“Del polvo venimos y al polvo volvemos”…Uh, otra vez me fui al carajo; no hay caso, cuando uno es un intelectual no hay manera de que no te interrumpa una idea interesante). Otro de los muchachos dijo, con acierto, que los demás deportes no permiten esta consumación sacra, a veces hasta por cuestiones higiénicas o logísticas: no queda bueno tirar las cenizas finales en una pileta de natación, en una cancha de tenis y es bastante improbable cumplir ese deseo en una mesa de ping pong. Nuevamente, por si quedaba alguna duda, el fútbol demuestra que es un deporte hecho para que la metafísica tenga la última palabra.

Con esas especulaciones en mente fui al otro día a ver al Enviado, en busca de sus aladas reflexiones y sus increíbles historias. Lo encontré tirado en el pasto, durmiendo boca arriba, con esa expresión boquiabierta con que el sueño nos invade en los transportes públicos, capaz de convertir la cara de Brad Pitt en la de un ser imposible de ser mirado. El maestro se despertó de golpe, como si intuyera mi sigilosa cercanía y, como siempre, me prodigó su cariño no exento de cinismo.

-Discípulo querido… Espero que el tema que ha despertado hoy su perplejidad justifique haberme despertado…- me dijo.

-No fue mi intención despertarlo, maestro. Iba a esperar que eso ocurriera, pero usted recobró la vigilia…

-Bien…usted dirá…

-Venía cavilando sobre el tema de la última voluntad de las personas…

-Oh sí… La última voluntad. La mía habrá sido hace veinte años; ese día no tuve más voluntad de hacer nada y acá me ve, feliz en mi inacción, como el Dios de Aristóteles que mueve a modo de causa final… Usted viene hacia mí, tal vez si yo quisiera ir en su busca nuestra relación no funcionaría…

-No, no…- me permití, no sin culpa, corregir al Iluminado – Me refería a la última voluntad que debe ser cumplida por los deudos, post mortem, particularmente aquellas que tiene al fútbol como escenario final de ese deseo…

-Ah…claro. El último deseo, el que cierra nuestra biografía. Acomódese que le voy a contar algunas historias interesantes…

La primera de estas historias (la segunda queda para otro cuento) tiene que ver con un tremendo escándalo que tuvo como protagonista a Cachi Velázquez, el áspero marcador central que, según se sabía, le debía su carrera a los esfuerzos que había hecho su abuela Amelia por apoyarlo en su pobre infancia formoseña. Cuando Amelia falleció alcanzó a decirle a Cachi con su último hilo de voz que le gustaría que su amado nieto tirara sus cenizas en el estadio de su amado club…pero en un partido, y si fuera posible ante el clásico rival. Caramba, la verdad es que hay gente que por cumplir su última voluntad no piensa en el bolonqui que le deja a quienes todavía tienen toda la voluntad por delante. Pero Cachi, que sabía no estaba ante una empresa fácil, sabía que esa era la manera de devolverle a Amelia tanto esfuerzo en el momento en que más lo había necesitado. Después de varios días de pensar cómo llevar a cabo la promesa, Cachi recibió de su fiel compañero, también formoseño, Julio “Leña” Antúnez, el consejo que necesitaba:

-Escuchá Cachi… Hoy cualquier pelotudo baila, canta, hace el paso de Michael Jackson, corazoncitos…para festejar un gol, ¿y vos no vas a poder tirar las cenizas de la querida Amelia si hacemos un gol? Ya me confirmó el míster que voy al banco; dame la urna y yo espero, cuando hacemos el gol te la paso y la tirás en el festejo…

-¿Y si no hacemos un gol? – preguntó con toda lógica Cachi.

-Lo vamos a hacer… la abuela nos va a dar una mano desde el otro lado…

Pero la abuela, que de este lado era una santa, del otro se ve que no podía hacer mucho (cabe la posibilidad, también, de que en el otro lado hubieran abuelas hinchas del equipo contrario que compensaban los esfuerzos de Amelia). A los 44 del segundo tiempo Cachi y Leña se miraron con esa complicidad telepática: le habían prometido a la abuela tirar las cenizas en ese partido y lo iban a hacer a como diera lugar. En un córner en contra, mientras todos trataban de tomar las marcas y el tiempo se fugaba, Leña se filtró por detrás del arco y, como quien le alcanza una toalla o una botella de agua al arquero, le dio a Cachi la urna de la querida Amelia. El defensor, que se supone debía estar atento en no permitir que el 9 rival cabeceara de golpe se encontró con una caja de madera que, además, se obstinaba en no abrirse. La escena era tan bizarra que costaba decodificarla; lo que alcanzó a verse fue a Cachi manipular fervorosamente el cofre hasta abrirlo; de él salió una nube que se metió de lleno en los ojos del Oso Peralta, el nueve rival, quien cayó al piso como fulminado. En medio de un caos que solo podían entender Cachi y Leña, el árbitro pidió el VAR. Antes que ninguna otra cosa lo que primó al ver las imágenes fue un estupor de esos que producen lo que ahora llaman “disonancia cognitiva”; algo que no termina de acomodarse a ninguna estructura narrativa de la psique.

De pronto, esa escena bizarra recobra cierto sentido y el árbitro pita penal y echa a Cachi. Su equipo pierde contra el clásico rival, al defensor le dan veinte fechas de suspensión y los dirigentes lo exoneran del club, cosa que pronto copian, en perversa corporatividad, todos los clubes, no contratándolo. La abuela Amelia, quien en vida construyó la carrera de Cachi, la destruyó al irse de este mundo.

“Amelia la hizo, Amelia la deshizo…alabada sea Amelia”, diría Job.