Literario

Desde el cielo te voy a alentar (II)

Un hombre, un sentimiento; dos hijos, dos sentimientos. El terrible dilema de un padre ante su deseo postrero

Don Chicho era tan bueno que cuando fue padre de mellizos, no quiso influir en la decisión de sus amados críos de identificarse con algún club. Era de esos extraños padres que dejan en manos de los complejos azares de la vida esa decisión, tal vez porque confían en que la pasión pondrá las cosas en su lugar, tal vez porque aman más la libertad de sus hijos que cualquier otra cosa, o acaso porque temen la reacción paradojal, que no es poco común: que intentar influir termine generando cierta rebeldía y envíe la pasión a otros colores que los amados. Enseguida, sin embargo, cuando apenas empezaron a hablar, los mellizos, a contramano de lo que se espera de esta clase de hermanos en cuanto a simetría de gustos y pareceres, se enfrentaron en una antinomia sin retorno: uno se hizo de Independiente, el otro, de Racing.

Chicho habló en cuanto esto comenzó a tomar forma con Dora, su mujer, y le dijo:

–De ahora en más, yo para afuera no tengo club, ¿estamos? Me enojaré en soledad, putearé en el baño, lloraré solo, sufriré por dentro…pero los melli no van a tener un padre que esté de un lado o del otro.

Cuando los chicos tenían 5 años la familia se mudó, de modo que Chicho pudo reinventarse sin vecinos que revelaran su amor. Al no tener hermanos, ese secreto se volvió ostracismo casi sin esfuerzo. Ni un experto en gestos podría haber sido capaz, el día en que se jugaban los clásicos, de decodificar cómo iba la procesión de Chicho. Imperturbable, como si el fútbol no le interesara (cuando, según Dora, se moría por uno de los dos clubes), ese gran hombre y mejor padre celebraba con quien ganara y consolaba a quien perdiera, obrando, además, como natural equilibrio de esos enconos que empiezan siendo folklore y terminan siendo rock pesado. 

El tiempo pasó, los mellizos se hicieron hombres, y un día Chicho los juntó y les dijo:

–Cuando yo me muera, quiero que me cremen y tiren mis cenizas en la cancha…ya les voy a decir en cuál en tiempo y forma, pero vayan masticándolo…

Se sabe: los grandes hombres cometen, por su misma grandeza, grandes errores, y este fue el caso. Los melli empezaron a prestar atención a cada cosa que decía Chicho, en busca de señales. Acostumbrados como estaban a que el hincha de fútbol que era su padre no les interesara, ahora, si bien se notificaban de algo hermoso (que ellos estaban por encima de cualquier otra pasión) estaban en presencia de un desafío tan novedoso como intrincado y peligroso para la frágil armonía entre hermanos.

Una de las cosas que primero hicieron los mellizos fue bastante burda, pero no por ello poco ingeniosa: le pidieron al padre sin aviso previo que dijera de memoria las formaciones del Independiente campeón del mundo del 85 y del Racing de Merlo. Y don Chicho, que más allá de las pasiones sabía mucho de fútbol, tiró ambas formaciones sin despeinarse.

Luego vino el tiempo de las pequeñas trampas, que pronto mutaron en grandes ardides. Entre las pequeñas, Jeremías (el de Racing) puso una cámara en el living sin que nadie supiera, un día que jugaba Racing a las 18 e Independiente a las 20. Lo que mostraron esas imágenes fue conmovedor por su frialdad. Chicho ni siquiera hizo un gesto ante ninguno de los goles que la Academia y el Rojo hicieron casi sobre la hora, para ganar sus respectivos partidos. Realmente el amor por sus hijos había arrasado como un maremoto todo rastro de ese otro amor, que por supuesto no había desaparecido, sino que estaba cerrado bajo siete llaves en ese corazón de padre.

La prueba más dura fue sin dudas ver un clásico junto a los dos jóvenes, algo que nunca había querido hacer, pero a lo que tuvo que ceder por presión familiar. A los 20 minutos hubo gol de Independiente y ambos hermanos creyeron ver en Chicho un puño cerrado que enseguida se abrió, pero que parecía indicar la gestualidad de un festejo.

–¿Qué pasa viejo? –preguntó Jeremías.

–¿Qué pasa con qué?
–Con ese puño…me pareció que lo cerró en señal de festejo. No me diga que es amargo…

Don Chicho, vivo, salió del problema (si es que efectivamente estaba en un problema) con una advertencia a la italiana.

–El puño lo voy a cerrar un poco más y se lo voy a pegar en la nariz si no me respeta, mocoso de miércoles… Quédense ustedes mirando el partido, bastante esfuerzo hice en venir para que me traten de esta manera…

Emanuel, el hincha del rojo, repuesto de su grito de gol, le recriminó a Jeremías.

–¿Qué hiciste boludo? Lo hiciste calentar al viejo…siempre armando quilombo…

–No hice nada…encima te quejás, y lo que me pareció es que el viejo es del Rojo, así que deberías estar contento…

–Me pareció, me pareció…esto es un tema serio. El viejo tiene casi setenta y cinco años…pobre, si le vamos a analizar a cada movimiento que hace con las manos termina siendo hincha de todos los clubes…

–Tenés razón… amargo. Y mejor me voy, mirá el partido solo…

Los días y los partidos pasaban, la muerte de Chicho, como la de todos, se acercaba, y cuando llegó la hora de festejar su cumple 75, los melli tuvieron una idea que, a la vez que maravillosa, les serviría para terminar con el enigma. Usando algunos contactos que tenían en sus respectivos clubes, le propusieron a don Chicho una elección que sin dudas zanjaría toda duda:

–Viejo, para tu cumple podemos lograr que te vengan a saludar, o Bochini o Diego Milito…tiene que ser uno de los dos, obviamente…Pensalo tranquilo y nos decís…

¡Ah!…Cuánta creatividad y cuánta crueldad… ¿Cómo poner a un hincha en esa disyunción? ¿Habrá pensado Chicho en compartir un momento inolvidable con el Bocha…o en abrazarse en una foto inmortal con Milito…?

–Tengo la respuesta – les dijo Chicho a los melli una mañana durante el desayuno –. Es muy simple, son tres palabras: váyanse a cagar…  

Cuando don Chicho murió súbitamente, sin poder aclarar su decisión, la situación se puso insostenible. En vano creyeron que alguna carta, testamento o nota aclararía el asunto. Con las cenizas en la urna esperando definición los hermanos iniciaron una última pesquisa, que no dio los frutos esperados. Fueron a preguntarles a algunos amigos de Chicho, cuyas edades no los convertían ciertamente en testigos confiables: uno dijo que Chicho odiaba el fútbol, otro dijo que era de El Porvenir, y algún otro, todavía indignado por problemas de esos que no se olvidan, dijo con tono malicioso: “Arrojen las cenizas en la casa de la que era mi novia y se terminó yendo con él…”.

La falta de precisiones culminó en una decisión salomónica, a todas luces, injusta: tirarían la mitad de las cenizas en la cancha de Racing y la otra mitad en la de Independiente. Era obvio que una mitad de las cenizas estaría en paz y otra en pena, y esto bien lejos estaba de ser una solución. En medio de una discusión Emanuel le dijo a Jeremías:

–Yo no tengo problemas en que tiremos todo en el cilindro…el viejo estaría contento de que no hubiera quilombo…

–Típico de hincha del rojo…no te importa nada…

–¡No es momento de discutir como hinchas, pelotudo! – le dijo Emanuel, y le tiró una piña.

–¿Te pensás que no me doy cuenta que te hacés el comprensivo para parecer más civilizado? Claro…yo soy de Racing, pura pasión, el señor es de la “crem” de Avellaneda… tirémosla en tu cancha, yo tampoco tengo problemas, no me vas a ganar en esta…        

Dos portazos dieron por pausado el debate. Las cenizas, cómodas en su eternidad, bien podían esperar unos días hasta que los hermanos pudieran tomar alguna decisión, si no razonable o ecuánime, al menos no tan conflictiva.

Unos días después del fallido cónclave, cuando los enconos amenazaban con llegar a un punto sin retorno, alguien tocó le timbre de la casa de los mellizos.

–Me llamo Julián…yo trabajo de mozo en el bar a donde iba Chicho…me dijo que les diera esta carta unos días después de que muriera…vengo a cumplir…

Queridos Melli: les va a sorprender que les diga que, cuando comuniqué mi decisión de tirar como última voluntad mis cenizas en la cancha del club de mis amores, efectivamente quería hacerlo. Pero cuando vi lo que provoqué en ustedes me dio vergüenza, y volví sobre mis pasos. Toda la vida reprimí mi amor por los colores de mi club porque, al saber que ustedes no tenían el mismo sentimiento, era inevitable que yo terminara teniendo más cosas por compartir con uno de ustedes que con otro, y no cualquier cosa: abrazos, lágrimas, gritos, cantos, atardeceres, odios… No, no podía permitirme eso, porque eso no es lo que un padre debe hacer con sus hijos. Para colmo, como si fuera una mueca del destino; tuve mellizos. Iguales, pero con esa pasión tan fuerte enfrentada.

Tiren mis cenizas, tal como lo habrán pensado, la mitad en una cancha y la mitad en otra. Y sí, un poquito desde el más allá me va a dar bronca, porque el sentimiento tira…pero mi alma va a estar llena de paz porque está como siempre estuvo, partida exactamente en dos mitades de amor. Además, bueno, se sabe que “el enemigo” nos completa, y por otra parte tanta puteada en vida merece también que algo de mí siga puteando desde la eternidad.

Les propongo un último desafío, que creo será inspirador y sanador para todos. Vos, Jeremías, tirá mis cenizas en la cancha de Independiente; vos, Emanuel, tirá mis cenizas en cancha de Racing.    No es morbo, es sabiduría. Los amo, perdón por el bolonqui que armé. Y ahora si…¡¡¡Aguante…!!!…Ah, no, no…aguante lo mucho que los amé. Chicho.”