Cumple Diego

El 10 cumple 59

">
Mientras Diego festeja un nuevo aniversario, Daniel Arcucci, fiel y sincero amigo del mito del fútbol mundial, repasa hitos que marcaron la vida de Maradona.

Miércoles 30 de octubre de 2019: Diego Armando Maradona cumple 59 años. Y el mundo, de alguna manera, de la forma que se le antoje, se detiene por algunos segundos, para recordarlo.

No es un número más para alguien que, cuando cumplió 40, reconoció que los había vivido como si fueran 80.

Y no es un número menos para quien le auguraron una vida mucho más corta.

Siguiendo su razonamiento, estaría cumpliendo casi 120, porque los 19 que le siguieron a aquel cumpleaños –que, por cierto, lo celebró en Cuba, resucitando de una de sus tantas muertes– no fueron menos intensos que los anteriores. 

Fueron más.

De diez en diez parece ir su vida y se sabe que es ese número el que la gobierna. Que no use más la camiseta es relativo, porque es el único entrenador en el mundo que ha vendido casacas con su nombre y el 10, como sucede hoy mismo con la de Gimnasia y que lo seguirá haciendo hasta que el universo se apague.

Y de a diez años es posible volver en el tiempo, en su tiempo, y recordar en qué andaba cada vez. Cómo escribió los capítulos más fascinantes, qué hizo para que la huella sea imborrable.

En 1975, cuando cumplió 15, ya no era Cebollita, sino formal jugador de la octava división de Argentinos Juniors. A punto estuvo de debutar en primera división poco antes de cumplirlos, el 14 de agosto, porque una huelga de futbolistas profesionales obligó a todos los clubes a jugar con chicos de las inferiores. Si hubiera jugado entonces contra River, aquel partido no estaría en la historia sólo porque River celebró un título después de muchísimos años, con gol del ignoto Bruno. Diego, en cambio, se tuvo que conformar con ser alcanza pelotas. Casi exactamente un año después, cuando todavía no había cumplido los 16, llegaría sí su debut, contra Talleres de Córdoba. Para entonces, sí, se había mudado de Villa Fiorito.

En 1985, cuando cumplió 25, venía de dar muestras de su identificación absoluta con la camiseta de la selección argentina. En mayo, unos meses antes, había cumplido aquel raid que “ni Pertini, el presidente de Italia, pudo evitar”, yendo y viniendo de Fiumicino a Ezeiza como quien va del barrio al centro, para jugar tres partidos con el seleccionado y dos con el Napoli en menos de tres semanas. Ya más cerca de la fecha de su cumpleaños, el 13 de octubre, tuvo un duelo caliente con el Passarella de la Fiorentina, que terminó 0-0 en el resultado pero con algún punto perdido entre ellos. Unos días después fue nombrado por primera vez Embajador de Unicef, y enseguida convirtió un tanto en la goleada 5-0 al Verona; enseguida, otro en la derrota 2-1 ante el Torino. 

Celebró en su casa de Via Scipione Capesce 3/A, pero más celebró unos días después, el 3 de noviembre, cuando en el San Paolo, su otra casa, le hizo un gol imposible e inolvidable a Stefano Tacconi, arquero de la Juventus. El mejor regalo.

En 1995, cuando cumplió 35, un mechón amarillo decoraba su cabellera negra y había vuelto a la Argentina, para jugar en Boca, “todo en repudio”. El mes de su cumpleaños había comenzado, justamente, con el partido oficial de retorno, contra Colón, en la Bombonera. Aquel de Dalma y Giannina apareciendo de pronto desde adentro de una caja de regalo, antes del partido, para desconcentrarlo, y también aquel de la discusión con Toresani, “te espero en Segurola y Habana, 7° piso”, para sacarlo. En otro cumpleaños, el de Coppola, le dio un piquito al homenajeado. Y enseguida hizo el primer gol desde su regreso, justo contra Argentinos. Finalmente, gritó los 35 con una fiesta gigante en el Buenos Aires News, el boliche de moda por entonces. Fiel a sí mismo, logró unir en un escenario a Charly García con Diego Torres, con Juanse de telonero. Lo que no harían por nadie, lo hicieron por él.

Dalma y Giannina, siempre cerca del 10

En 2005, cuando cumplió 45, había vuelto a resucitar. En una nueva metamorfosis, después de estar clínicamente muerto, de haber tenido su corazón funcionando al 38% y de cargar su cuerpo con más de 100 kilos, lucía una figura de futbolista, aunque entonces era conductor de TV. Se lucía, una vez por semana, en “La Noche del 10”. Y cinco días antes de salir, en vivo y sin faltazos, a su duodécimo programa, viajó a La Habana, para entrevistar a Fidel Castro. Ese fue el regalo que se hizo a sí mismo. El otro lo confesó en una entrevista en La Cornisa: “Es mi primer cumpleaños lúcido en muchísimo tiempo y lamento haber estado mal en este último tiempo porque me perdí de disfrutar muchas cosas de mi familia que ya no volverán”. Sin cábalas, la fiesta de cumpleaños empezó un día antes, en Costa Salguero, en una celebración que le organizó Claudia, con futbolistas, actores y periodistas de todas las épocas. Aquella noche no faltó música, y fue el turno de dos Andrés, Ciro y Calamaro. Al día siguiente del día señalado, hizo su programa. Invitados: Fidel Castro (entrevista grabada en La Habana), Emir Kusturica, Agustín Pichot, Andy Kuznetsof, Romina Gaetani, Raphael, Shakira (vía satélite) y su ídolo Roberto Gómez Bolaños (mano a mano), además de la visita de Los Cebollitas. Luego, en helicóptero, se trasladó hasta La Bombonera, donde lo esperaba una multitud ubicada en la popular para cantarle el feliz cumpleaños y para disfrutar del fútbol tenis: con Guillermo Barros Schelotto, venció a Martín Palermo y a Rodrigo Palacio. El rating promedio fue de 27,8 puntos.

En 2015, cuando cumplió 55, estaba en Dubai, exiliado como los próceres. Se preparaba para vivir un año en el que se hablaría mucho de él. Por lo que pasó 30 años, en 1986, y que lo convirtió para siempre, y a pesar de todo, en un mito.

Suele decirse, por lo que se vive hoy día, cuando cumple 59 y se prepara para recorrer el camino hacia los 60, que a “Maradona se lo ama como es”. Basta de esa postura simple y alejada de las emociones. No es cierto: a Maradona se lo ama como fue, y lejos está la aseveración de darle la razón al miserable “a mí separame al jugador de la persona”. Se lo ama como fue porque ese Maradona que se quiebra emocionalmente cuando recibe el amor del estadio de Newell’s –y antes en el de Talleres, y el de Godoy Cruz, y el de Gimnasia por supuesto– no va hacia su lugar en el banco cojeando por su malherida pierna derecha ni lleva puesto un buzo de DT con sus iniciales: va gambeteando tanto inglés, con el 10 en la espalda. Salud Diego.