Diego Martínez

El hombre que vino de la D a probar su teoría

Diego Martínez cabalgó desde la última categoría del ascenso hacia un ciclo exitoso en Estudiantes de Buenos Aires que terminó por catapultarlo a Primera. En su presentación en sociedad en la máxima categoría, mientras espera el debut de su Godoy Cruz, abre su manual de obsesiones y se presenta como un distinto.

–Estás loco.

–Voy mañana.

Cuando Diego Martínez dejó la comodidad de las juveniles de Boca para dirigir a Ituzaingó, sus amigos le dijeron que estaba loco. Cinco años después de aquella decisión, este porteño de 41 años se encuentra a algunas semanas de igualar la gesta de Sergio Rondina, que forjó ciclos desde la divisional más baja hasta la máxima categoría. Tras aquel comienzo, Martínez pasó por Cañuelas, Comunicaciones y Midland, antes de asumir Estudiantes de Buenos Aires, el club en el que escribió definitivamente su leyenda. Tras ese exitoso paso, que incluyó un ascenso y el arribo a semifinales de la Copa Argentina, Godoy Cruz levantó el teléfono.

Mientras charla con Enganche, Martínez repite su obsesión una, dos, tres y hasta cuatro veces: “Achicar el margen de error”. Podría decirse que su varietal es similar al de muchos entrenadores de este tiempo. Admirador de Pep Guardiola, dice que es el mejor del mundo debido a que “alcanzan cinco minutos para darse cuenta de que sus equipos dominan a los rivales”.

El técnico del Tomba no se cansa nunca de hablar del juego. Claro, a diferencia de otros que aparecieron en Primera aprovechando su fama como futbolistas, debió sumergirse en la categoría más baja para demostrar que su plan funcionaba. Sólo por un rato, Martínez sale de su obsesión por implantar el modelo de juego en los futbolistas que acaba de conocer y abre su librito para conversar con Enganche.

–Demostraste que se puede trabajar de manera compleja y minuciosa en todas las categorías. ¿Ser específico trasciende al lugar en el que se trabaje?

–Creo que al ascenso se le fueron abriendo las puertas de la Primera División. Eso ocurrió, en gran parte, por tipos como Sergio Rondina, que subieron y marcaron un camino. En nuestro caso, los resultados ayudaron, pero creo que lo que más se nos valora son las formas y el cómo nuestros equipos trataron de ser competitivos. Creer en una idea nos permitió volvernos así de competitivos. Por eso no podemos dudar. Vinimos hasta acá con esto y así vamos a seguir adelante.

–¿Se puede apostar a una idea como la tuya cuando tenés menos?

–Uno no puede copiar y pegar, pero sí puede lograr una identidad a través de un modelo de juego claro. Sabemos las limitaciones, pero sabemos que queremos ser protagonistas por medio del juego asociado. No somos ingenuos, trabajamos día a día para eso.

Diego Martínez: “No hay nada ni nadie más importante que el jugador”

–¿Cómo se hace para convencer de arriesgar a un jugador técnicamente más limitado?

–Yo creo que el futbolista argentino tiene talento. Esa es nuestra característica principal, digan lo que digan. Nuestra naturaleza es esa. Después, es convencerlos. Pero no sólo de hacerlo. Ellos tienen que creer que el modelo de juego les pertenece, no que es mío. Cuando nos acercamos a esa pertenencia, seguro tenemos más probabilidades de ganar. Son ellos los protagonistas. No hay nada ni nadie más importante que el jugador. Ni un entrenador ni nadie.

–Da la impresión que si no te creen, no importa la idea o el modelo de juego. Simplemente no vas a poder.

–Sí. Totalmente. El jugador, en contraposición de lo que muchos piensan, es muy inteligente. Vivió toda su vida adentro de este juego. El futbolista necesita creer para llevar una idea adelante. Entonces, si ve que vos no estás convencido de la propuesta o si no tenés las herramientas para expresar lo que estás diciendo, se da cuenta a los dos segundos. El entrenador tiene que estar convencido de la idea y, a su vez, de los cambios o de las adaptaciones que esa idea misma tiene en cada ciclo. Si tenés clara la esencia, todo va a ser más fácil.

–Hay una tendencia a la especificidad tremenda en los entrenadores. El trabajo de campo y el pizarrón parecen dominarlo todo. ¿Cómo trabajás lo otro, lo humano, lo más intangible de ver cómo está cada uno?

–Yo creo que hay una evolución en la semana y en la metodología de trabajo. Eso está claro. Lo humano lo trabajamos bajando al lado del jugador para transmitir nuestros valores. Pero tenemos que hacer, no decir. Vos podés enunciar un montón de cosas sobre tu plan y parecer seguro, pero si te ven dudar y cambiar todo todo el tiempo, dudan. En cambio, si ven que lo que decís se respalda en los hechos y en tus decisiones, ellos tienen reglas claras. Y esas reglas claras sirven para poner en valor a todo. Esa cercanía está delimitada por los roles. Si todos lo tenemos claro, el clima que se construye te va a empujar para adelante. El proyecto los incluye a todos.

–De todos modos, más allá de la especificidad, el fútbol sigue siendo un lugar donde no todo puede controlarse ni medirse. ¿Cómo te llevás con esa parte del juego?

–Es un aprendizaje constante. Es parte de mi crecimiento. Yo trabajo para achicar el margen de error todo lo que pueda, pero este deporte es hermoso porque sigue siendo dinámica de lo impensado, sigue siendo impredecible, sigue siendo incertidumbre. Eso el fútbol lo tiene y lo va a tener siempre. Trabajamos eso con los jugadores. No es siempre lo mismo. Ante una toma de decisiones puede haber un plan A, pero también uno B o uno C. Dentro de un marco, tienen que resolver ellos. Los futbolistas siguen y van a seguir siendo los dueños de este juego.

Diego Martínez con Marcelo Gallardo, semifinal entre River (2) y Estudiantes (0), por la Copa Argentina 2019

–¿El fútbol está sobreanalizado a veces?

–Sí. A veces son detalles los que definen un partido. Yo creo que los grandes entrenadores son los que transmiten una gran cantidad de conocimientos de la manera más simple posible. Y en esa simpleza, tratar de no encontrarle justificación a todo. No todo tiene una justificación válida en el fútbol. A veces jugás con un rival que es mejor que vos. A veces tenés un mal día. A veces a un central le pasó algo afuera de la cancha. Yo trabajo para achicar el margen lo más posible y, luego de un partido, analizo de todas las maneras posibles. Dicho eso, a veces las cosas pueden suceder porque esto es un juego que tiene enormes grados de incertidumbre. Y por más que hayas entrenado todo, puede pasar otra cosa. Los entrenadores tenemos que entender que un jugador, por tomar una mala decisión, no es un mal jugador. Solamente se equivocó. Y evitar penalizarlo. Lo mismo con el que tiene un buen partido. No pensar que es el mejor del mundo. Bueno, todo lo planeado puede cambiar el día del partido. Vivimos con eso. Por eso también elegimos este deporte.

–¿Cómo adaptás tu dogma a un futbolista talentoso que no encaja en tu esquema táctico?

–Lo adaptamos. El sistema no prevalece respecto de los jugadores. Lo importante es comprometerlos en las charlas previas. Vos podés ser protagonista con casi todos los sistemas. Lo más importante son las relaciones que se crean entre los jugadores. Que esos patrones se trasladen del entrenamiento al partido. Vos podés ser muy ofensivo jugando 4-4-2. Después hay cuestiones que no negocio, como la aparición de las sociedades de tres futbolistas en triángulo y la amplitud a la hora de atacar. El sistema viene después.

–¿Cómo te llevás con las escuelas, con el menottismo, el bilardismo y esas etiquetas que se replican?

–Aprendo de todas. Yo me puedo sentir cerca de una o de otra, pero todas, todas, tienen información que pueden mejorar mi plan. Sería tonto no hacerlo. El fútbol es un todo. Nosotros hoy estamos desarrollando nuestro modelo de juego, pero nos importa muchísimo la pelota parada. Claro que si primero no implantamos la idea, la pelota parada sola no nos va a representar nada. ¿Pero cómo no le voy a prestar atención al balón parado si estadísticamente hay un 30 y pico por ciento de los goles que vienen por esa vía? Es muy importante poder trabajarla. No se excluye del modelo de ataque y protagonismo: nos hace más completos.

–¿Salir de abajo?

–Salir de abajo, cuando se pueda, sí. Es la mejor manera de llegar al arco rival. Salir de abajo caprichosamente, no. Al final, lo importante de esto es ganar y hacer más goles. Aclarado esto, las salidas de abajo nos hacen ganar seguridad y nos hacen viajar juntos. Cuando uno divide la pelota es cincuenta y cincuenta y yo prefiero que la tengamos nosotros. Pero si el rival me presiona con siete tipos, seguro que me deja mucho espacio atrás de esa presión. Yo tengo que ver la manera de aprovechar ese lugar detrás lo más rápido posible. No voy a hacerlo de manera impredecible. Va a ser trabajado también. Si puedo construir de abajo es ideal. Si me ponen mucha gente cerca de mi arco, tengo que tener un plan para eso. El fútbol es espacio y tiempo. Encontrar el espacio es la clave de todo esto.

–Hay un diferencia grande entre apostar a la segunda pelota a dividir y trabajar para encontrar el espacio detrás de esa presión saltando líneas. Para muchos puede ser lo mismo, pero no lo es.

–Claro que no es lo mismo. Hay movimientos para trabajar ese engaño, además. Yo puedo fingir un tipo de salida para hacer otra. Y eso está coordinado y pensado. Si me dejan salir de abajo, voy por eso. Es mi primer plan. Si no lo puedo hacer, tengo más cartas. Que no es lo mismo que tirarla para arriba y ver qué pasa. Eso es regalar tiempo y regalar espacio.