Dodgeball

Dodgeball: un deporte que no debe quemarse

Una película como disparador. Una comedia que visibilizó, en gran medida, a un deporte que estaba escondido en los pasillos de la escuela. Un juego que comenzó bajo un puente y lleva dos mundiales. Un pasatiempo que no está pasado, por lo contrario, una disciplina que se cocina a fuego lento.

La pelota va de un lado a otro, intentando tocar algún cuerpo humano para inhabilitarlo del juego. La cancha está dividida en dos: a un costado, seis participantes; del otro, seis rivales. Comenzado el partido, los jugadores de cada equipo deberán ir en busca de las tres pelotas que se encuentran en la línea central del lado derecho de su campo. En la escuela lo llaman quemado. El deporte es el dodgeball, como la película protagonizada por Ben Stiller y Vince Vaughn.

Tres reglas básicas son la columna vertebral de este deporte, con el Fair Play como premisa. La honestidad es la norma número uno. Además, se puede usar la pelota como bloqueo. Por último, si se agarra la pelota se quema a uno del otro equipo y entra el primero del propio que fue eliminado. ¿Cuándo se considera un jugador quemado? Varias son las respuestas para esa pregunta. Un dodger (jugador) estará out (afuera) cuando pise las líneas que delimitan el campo de juego, tenga un pie por fuera de las mismas, sea golpeado por el balón en cualquier parte de su cuerpo o cuando otro jugador lance un balón al oponente y este realice un catch (captura). Al ser golpeado o rozado por el balón y nadie más que el jugador lo haya advertido, éste debe levantar la mano de manera honesta y salir del campo de juego. Otras motivos para ser quemado son: por recriminar sanciones contra el árbitro, por pasar la cuenta de 10 segundos y no lanzar la pelota, por no entrar por donde se debe y por no respetar la modalidad de entrada cuando un compañero agarra la pelota.

Uno de los objetivos que tiene este deporte es que sea dinámico, para los protagonistas y para los espectadores. Como consecuencia, el jugador que haya sido eliminado puede ingresar al juego si un dodger lanza el balón y el rival lo agarra sin que se le escape de las manos (comúnmente llamado “agarrar de aire”). Con eso, quien lanzó el balón quedará fuera de juego. Cuando un miembro del equipo realiza un catch, habilita a que un compañero ya eliminado a ingresar nuevamente al juego.  Entra el primer jugador que haya sido quemado y esté sentado al lado de la línea. Así sucesivamente, por orden de eliminación.

Para no demorar el juego, existe una regla que es denominada “la de los 10 segundos”: el equipo que tenga mayoría de balones está obligado a deshacerse al menos de uno antes de que se cumpla esa cantidad de tiempo. Si ambos bandos tienen la misma cantidad de balones, el equipo que tiene más jugadores es el que debe desprenderse de la pelota. Cuando el árbitro cuenta los diez segundos, todo el equipo que no lanzó las pelotas, las pierde y pasan para el otro equipo. El conteo arranca en diez al seis se hace hacia adentro y los últimos cinco de la cuenta regresiva en voz audible… 5, 4, 3, 2, 1.

Los árbitros centrales pueden indicar “¡Muerte súbita!”. Esto quiere decir que bajo ninguna circunstancia puede ser usado un balón como escudo. Esto solo se dará en el último game de cada tiempo (se juegan dos tiempos de 20 minutos cada uno y cuando se quema a los 6 adversarios se suma un game hasta cumplirse el tiempo de cada período). Los jugadores de los equipos arrancan el game con las tres pelotas cada uno correspondientes. El game termina cuando uno de los equipos gana. Solo habrá Tie Break si dentro del tiempo estipulado de partido se termina en empate. Se jugará un game fuera de tiempo, en el cual no vale ni el escudo ni el bloqueo. El primer equipo en eliminar al rival es el ganador del encuentro.

El dodgeball tuvo sus comienzos en las escuelas de Estados Unidos, en las clases de deporte y educación física. Aquellas personas que no se encontraban aptas para disputar los deportes establecidos en los centros educativos quedaban excluidas de realizar las actividades dándoles una pelota para su entretenimiento. En la Argentina, Diego Bertola, presidente de Dodgeball Argentina y vicepresidente de la Federación Mundial de Dodgeball (WDF ) le cuenta a Enganche que comenzó en 2015 con un pequeño equipo del barrio porteño de Parque Chas llamado Viejos Muchachos Newell’s, por ser todos fanáticos del equipo rosarino. Fue idea de un miembro de la Comisión Directiva del novel club, que estaba cursando el profesorado de Educación Física, y lo presentó para que el equipo tuviera un deporte debido a las dimensiones de la cancha (18 metros por 9, como la de voleibol, horizontal y lisa).

“En la Argentina se implementó de manera oficial en 2017, con pelotas reglamentarias y como miembros de la Federación del deporte”, explica Bertola. Su voz, escuchada desde el otro lado del teléfono, no impide percibir el orgullo que siente por saber que hace tres años la bandera argentina flamea como miembro de este deporte a nivel mundial. Pero a su vez, esa satisfacción se encuentra plasmada al contar el progreso en los entrenamientos: “Arrancamos a entrenar debajo de un puente, en Parque Chacabuco, con cuatro o cinco personas. Nos prestaron una Parroquia y en la actualidad usamos las instalaciones del club y la Iglesia. Para la Liga Metropolitana, en varias ocasiones, nos abrieron las puertas del Club Fénix de Devoto”.

El dodgeball doméstico tiene tres divisiones: recreativo, competitivo y alto rendimiento. En varias provincias comenzó a practicarse con entusiasmo. Salta, Jujuy y Córdoba son algunas de la que vieron al quemado, su denominación popular, como un juego para todos y todas. Lamentablemente, cuenta Bertola, no es posible vivir del dodgeball. “Es todo a pulmón. No tenemos apoyo privado ni estatal. Es toda por buena voluntad de la gente que lo integra. Para viajar, hacemos peñas, sorteos y cualquier evento para recaudar. En Estados Unidos sí se puede vivir de este deporte, muchos jugadores se dedican a esto”, detalla Bertola. Y agrega: “Lo bueno es que es un juego en donde hay mujeres y hombres. Desde el día uno se implementó de manera mixta. La igualdad, ante todo. Sabíamos que era posible y queríamos ser un ejemplo para todos los países. Las competencias se juegan de manera mixta. Aunque hay selección masculina y femenina. Se dividen en inferiores, juveniles y mayores, para que cada chico disfrute y no sea solo una competencia”.

La mirada de Bertola es y abarcativa porque “el objetivo es que el deporte sea lo más integrador posible y, sin dudas, alguna vez sea olímpico –precisa el jugador y dirigente–. La idea es tratar de estar en todas las competencias. Para que en la Argentina sea más visible falta más difusión. Como no es redituable en lo económico, se lo discrimina un poco. Nuestro país carece de apoyo gubernamental. Necesitamos ser más inclusivos”.

En la actualidad, las potencias son Malasia (bicampeona), Estados Unidos (último campeón),  Canadá y Australia. Como todo deporte, siempre hay un jugador que se destaca por encima del resto, una estrella local. Por estas latitudes, es Norberto Tavella, jugador de dodgeball desde hace 5 años, gracias a su excompañera, quien encontró esta diversión que lo remitía a su infancia. “Fue gracias a mi exnovia. Por un trabajo en la facultad. El deporte era llevarme a mi niñez, a jugar al quemado pero con reglas claras. En 2015, los fin de semana, jugábamos con mis amigos”, recuerda. Y se diferencia de la película: “Me di cuenta que es una exageración, una parodia del deporte. En Estados Unidos cambia un poco la forma de juego. Le película ayudó a difundir un poco esta disciplina. Incluso, unos años después, se realizó el Mundial. Al principio, uno veía con malos ojos la película (Dodgeball: A True Underdog Story, de 2004) por cómo se trataba el tema, pero después entendí que ayudó a visibilizar el deporte”.

Para Tavella, oriundo de Lucas González, un municipio del distrito de Sauce, en Nogoyá, Entre Ríos, defender la camiseta Argentina en dos mundiales (Los Ángeles 2018 y Cancún 2019) simboliza “lo más increíble que me pasó en la vida –cuenta– . Yo veía mundiales o Juegos Olímpicos por la tele y sentía orgullo de los atletas que nos representaban. Y en un momento me tocó a mí, a mis compañeros, sabiendo todo lo que luchamos para estar ahí. A pesar de los resultados, fue una experiencia única”.

La cuarentena, como a todos, complicó las actividades laborales, sociales y culturales. Para Tavella, aún más. Entrenarse en su casa, por las características del juego, le resulta muy complejo. Cuenta entre risas que lanzar, con la posibilidad de romper algo, no es lo recomendable: “Es difícil entrenarse en esta situación. Y que el tiro sea efectivo. Lanzo bastante para cansar al hombro. En lo físico y aeróbico me mantengo. Por lo general, se juegan dos partidos por día. Tenés que estar preparado”, detalla y cambia el tono de voz para pasar del orgullo a la resignación porque entiende el largo camino que falta para que el dodgeball sea la única profesión en su vida, un anhelo casi imposible. “No se puede vivir de esto. Cuando viajamos, el valor de la ropa sale de nuestro bolsillo, los pasajes y el hospedaje también”, argumenta. Tiene 30 años, es estudiante de Educación Física y actualmente trabaja de docente en un programa educativo de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, no entra en la polémica sobre el nombre del deporte. Entiende que es más conocido por quemado, como en la escuela. Como consecuencia, cada vez que se suman nuevos jugadores, les explica que es similar pero con otras reglas.

La pelota va de un lado a otro. No se detiene. Busca la ilusión de concretar un triunfo. En cada uno de esos lanzamientos se encierran los sueños de Diego Bertola y Norberto Tavella, eso que persiguen que el dodgeball sea mucho más que una parodia de una película, sino que sea una disciplina que cada día sea más visible.