El fin...

El Apocalipsis según el VAR

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El Enviado deportivo ve en el VAR una señal apocalíptica, y cuenta una historia que revela los pormenores de ese final inexorable del fútbol.

Habíamos quedado con el Enviado en vernos ese sábado a la tarde en la plaza, para tomar unos mates y filosofar un poco. No sé si en broma o no, pero me dijo que tal vez el mismísimo Darío Sztajnszrajber se acercaría al ágora, cosa que finalmente no sucedió. A lo lejos vi una multitud de hombres que convergían en un centro que parecía ser el mismísimo Maestro. A medida que me acercaba confirmé dos cosas: que los hombres eran árbitros de fútbol y que el Enviado tenía un farol en su mano, a plena luz del día. Me acerqué sigiloso a ese núcleo y escuché de boca del espontáneo Zaratustra porteño un encendido monólogo:

–Habéis oído de ese hombre que se paseaba por los estadios con un farol mientras decía “Busco al fútbol, busco al fútbol”…Muchos se reían de él porque estaban en una cancha, con dos equipos enfrentados con un balón. Entonces el loco los miró a los ojos y le dijo: “¿Quieren saber qué hemos hecho con él?…Yo se los diré: lo hemos matado, ustedes y yo lo hemos matado, con ese cuchillo feroz al que algunos llaman VAR…

Luego, escrutando los ojos de la multitud, prosiguió con tono cada vez más nitzscheano: 

–¿Cómo hemos podido matar al más bello de los deportes? ¿Qué nos espera ahora? ¿No estamos errando como en una nada absoluta, sin arriba ni abajo, sin líneas de cal, sin wines? ¿No hace más frío, no nos hemos bebido el mar, no hemos inventado el chorizo sin grasa? Deberemos ser dignos de este magnicidio, inventar nuevas formas para que la belleza se vuelva a revelar… Ustedes, árbitros, han perdido su razón de ser, como los pata e´ lana con el poliamor, los cantantes de boleros con la deconstrucción y los diarieros que informaban calles con el GPS…

Los árbitros, tan expertos ellos en el arte de la mímica, quedaron congelados en una perplejidad como de maniquí, mientras ensayaban una diáspora más triste que esperanzadora. Un grupo de entusiastas jóvenes de Greenpeace mostraban sus pancartas pidiendo que no se extinguieran los árbitros, acusando de tal extinción al cambio climático. Mientras tanto, una columna de troskistas hablaba de no pagar la deuda y abolir el VAR. Todavía con el farol en la mano, el Enviado me vio y vino en busca de mi abrazo.

–¡Discípulo… qué bueno verlo!

Como siempre  (y como siempre inútilmente) intenté llamarlo a la mesura:

–Maestro…corren tiempos difíciles, pero no apocalípticos… Bah, me parece…

–“En el principio fue el verbo…”, me dijo el Iluminado.

–Ah sí…el Apocalipsis según San Juan…-  dije. El Enviado me corrigió:

–Este es el Apocalipsis apócrifo de San Juan y Boedo… En el principio era el verbo, y el verbo era patear… Dios creó el fútbol; el Innombrable, el VAR…

Por cierto, los hechos que involucraban la polémica utilización de la tecnología en el fútbol no dejaban de multiplicarse, en estos días, hasta el delirio (ver “Avatares del VAR”, en este mismo espacio Enganche, por este mismo autor); y en las esquinas, los bares, los patios, las peluquerías y otros lugares propicios para la discusión futbolera, ésta era insólita pero inexorablemente desplazada por debates en torno a la tecnológica aplicación.

–Jamás pensé que iba a tener que defender a un árbitro, pero lo haré… ¿Has visto a esos frágiles muchachos? Recién ahora se dan cuenta de la trampa, los pobres festejaban la tecnología como un operario que se asombra de la eficiencia de una nueva máquina, sin darse cuenta de que pronto la máquina lo dejará sin trabajo…

Unos mates amargos invitaron, como siempre, al despliegue de alguna historia, y el Enviado estiró hasta la profecía su lucidez y me contó lo siguiente…

Parece que con el tiempo, la utilización del VAR empezó a producir problemas filosóficos que mutaron de pequeña a gran escala. El primero de ellos tenía que ver con la arbitrariedad que toda clasificación supone (como imaginó el gran Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”…léanlo, o vuelvan a leerlo porfis); así, los rubros que en principio se supusieron como los únicos que debían ser tenidos en cuenta para chequear un fallo, pronto se multiplicaron hasta el deliro exponencial; del foul, el offside o la pelota que ingresó o no al arco se pasó a otras tantas categorías posibles como “Intento de desestabilizar emocionalmente al rival”, “Imposibilidad de encoger el brazo por razones psicológicas”, “Dolor que no amerite tirarse al piso”, “Gesto involuntario que no obstante es propiciado por un acto voluntario previo”, y otras contingencias tan insólitas como propias de un deporte tan bellamente insólito como el fútbol. No tardaron pues en formar parte del “tribunal VAR” psicólogos, sociólogos, antropólogos, expertos en gestos y, por supuesto, neurocientíficos (quienes terminaron teniendo la última palabra en cada discusión), para darle a cada metafallo su fundamentación.

Pero pronto otra variante del caso entró en escena: la cultura. No tardó en efecto mucho para producirse el siguiente problema: cada entorno cultural interpretaba “los hechos” en función de sus propios valores, ideas o cosmovisiones. Así pudo comprobarse que los uruguayos, al ver un foul, siempre veían la simulación del agredido; los paraguayos tomaban como parámetro principal si el jugador había dejado todo de sí en la acción; los argentinos creían que poner en evidencia una picardía era una buchoneada sin códigos, y además le pegaban a la tele para que la jugada tomara la forma esperada. Del lado del mundo hipercivilizado las noticias no eran mucho más alentadoras; se supo, por ejemplo, que los japoneses estaban más preocupados por mejorar la imagen de los televisores que por la jugada en sí. Mientras tanto, en los países nórdicos, tan afectos a la ética, se propuso un segundo VAR que revisara el primero…y luego un tercero para el segundo…y luego un cuarto para el tercero, terminando (no terminando, mejor dicho) en una pesadilla de VARES que se ramificaban al infinito. Los franceses, tan afectos al existencialismo, solían quedarse estupefactos ante el azar o las desgracias de ciertas contingencias, escribiendo luego soporíferos ensayos al respecto. Los italianos, por su parte, pretendían penalizar a los equipos que atacaran demasiado; los alemanes sufrían burdos hackeos, con simulaciones computarizadas de supuestas jugadas, habida cuenta de que es imposible distinguir a un alemán de un avatar de “play”. Los británicos, influidos por David Hume, se asomaron a sus propias pesadillas: hubo quien pretendió refutar el concepto de causa, de modo tal que cuando se veía a una pierna supuestamente lesionar a otra, los hermeneutas decían que en verdad lo que se percibía era “una pierna que llega hasta otra y otra que luego se lesiona…no se percibe la relación causal entre ambos hechos”. Finalmente, como era de esperarse, no tardaron en proliferar teorías conspirativas; en efecto, en las redes se filtró un video en el que algunos veían dos cosas que hacían presuponer su condición fraudulenta: banderas que no flameaban en la tribuna y una paraguaya en la platea que no estaba bárbara.

Era cuestión de tiempo que llegara el disparate insuperable, y llegó. Se sabe que una de las cosas más difíciles en los últimos tiempos es gritar un gol, siendo que este no se constituye en tal hasta que la jugada es homologada por el VAR. Terminó ocurriendo, como era de esperarse (y como hubiese imaginado el gordo Soriano) que un día los goles entraron en semejante cono de disputa jurídica, de marchas y contramarchas, de reclamos y apelaciones, de pedidos de nulidad, recusaciones, intervenciones de la corte suprema, de tribunales internacionales; que nunca se terminaban de consumarse como tal. Hubo un tiempo prudencial en que los hinchas se juntaban en el obelisco esperando el fallo, o iban a hacer banderazos a los tribunales; a esto siguió otra señal apocalíptica: los clubes estaban más preocupados por contratar un buen equipo de abogados antes que un nueve goleador o un volante con llegada. En las canchas, por supuesto, nadie se preocupaba por gritar un gol, porque todos sentían la sensación paradojal de tener que retrotraer un orgasmo; incluso en las tribunas, antes que ejercer esa emoción en cadena, la gente hacía una especie de torpe coreografía mimetizando el gesto de pedir el VAR.

Entonces, un día entre los días, un domingo a la tarde, como debía ser, una plaga de langostas ingresó a un estadio, mientras el césped se ponía rojo y las hermosas canciones de cancha, los rumores ante el error o la belleza, la suma alquímica de las respiraciones contenidas, los gritos desaforados ente el gol salvador, la operística melodía de la puteada a coro; eran desalojados por un furioso ruido de trompetas, que anunciaba el final del más hermoso de los deportes.