Roberto Mariani

El apuntalador

A 34 años del título en México, el hombre que integró el cuerpo técnico de Carlos Bilardo recuerda a ese Maradona sin igual y la travesía en Italia 90.

Como los cimientos, que no se ven pero resultan esenciales para mantener una estructura, su apuntalamiento estaba lejos de las principales miradas. Corrido del foco de atención, cada una de sus tareas era indispensable para sostener un esquema de trabajo en el que no existían los detalles: todo era importante. Durante los ocho años del ciclo de Carlos Salvador Bilardo al frente del seleccionado, Roberto Mariani formó parte de ese cuerpo técnico obsesionado por la gloria deportiva. Detrás de la acaparadora presencia del entrenador y sin la visibilidad de Carlos Pachamé, Ricardo Echeverría y Raúl Madero, los colaboradores de la primera línea, Mariani se multiplicaba entre los entrenamientos, la videoteca y la logística. Las medallas de campeón y subcampeón del mundo en México 1986 e Italia 1990 son parte de sus tesoros en las décadas dedicadas al fútbol.

La consagración en México, los goles de Diego Maradona contra los ingleses, la definición de Claudio Caniggia despatarrándolo a Taffarel, los penales atajados por Sergio Goycochea en la eterna noche napolitana. Cada uno de esos hitos de Argentina en los Mundiales tuvieron a Mariani como partícipe y testigo privilegiado.    

A 34 años del último título del mundo argentino, se detiene en el encuentro de quiebre de aquel Mundial, en ese partido que tuvo una vibración extradeportiva como nunca antes había sucedido ni después se volvería a sentir. La mañana del 24 de junio de 1986 en la concentración del América, palpó la paz del artista que estaba en la antesala de su obra cumbre: “Como todos los días, el Profe (Echeverría) pasaba por las habitaciones para ir despertando a los muchachos. Yo a veces lo acompañaba, como esa mañana, en la que quedé un rato en la habitación de Diego”. Mientras Salvatore Carmando masajeaba las piernas más atrapantes del planeta, la magnitud de lo que estaba por venir tomaba la atmósfera de ese pequeño cuarto. “Diego estaba con una fe bárbara, muy confiado no solo en lo que él podía hacer, sino también en la riqueza técnica de sus compañeros y el funcionamiento del equipo. Era muy optimista. Siempre fue un ganador y ese día sabía que era especial”, le cuenta a Enganche con la nitidez del recuerdo imborrable.

“Ese gol fue increíble. La emoción que sentimos ahí es inolvidable. Cuando se lo cuento a mis nietos se me sigue poniendo la piel de gallina”, relata uno de los pocos que lo vio al ras del campo de juego. “Cada vez que volvés a ver la jugada te das cuenta que arrancó tan convencido que ese impulso lo llevó al gol. Es una acción incomparable, apoteótica”, sentencia.

El faro futbolístico era también el que alumbraba desde el amor propio. “Diego nunca estuvo nervioso, por el contrario. Siempre era el puntal de la actitud positiva del plantel. Él nos llevaba a todos de la mano, era el hombre más confiable y el que más confiaba en todos los demás”, explica Mariani sobre el liderazgo integral que asumía el capitán.   

Medias hasta las rodillas, vendas, canilleras y camiseta adentro del short. En los entrenamientos Bilardo exigía lo mismo que un partido. La destreza en un ensayo debía ser en las mismas condiciones que en un partido. Y Maradona cumplía como ninguno: “En las prácticas era un ejemplo, trabajaba muchísimo y perfeccionaba cosas que después hacía en la cancha. Te lo avisaba: ¿Viste eso?, en el próximo partido lo voy a hacer. Y después lo hacía, era increíble”.

La devoción de Mariani por Maradona no es menor a la que siente por Bilardo. La infraestructura de Ezeiza nació por el impuso del entrenador, por eso asegura que el Narigón “fue un forjador de todo lo que hoy tiene la Selección”. Por eso, sostiene que “se preparó y preparó al equipo para ser campeón del mundo, a pesar de todas las vicisitudes que hubo. Era un hombre convencido de lo que quería y lo logró. El título del ´86 es memorable por todo lo que lo rodeó”. Y rinde su tributo: “Le voy a agradecer de por vida a Bilardo que me haya convocado para trabajar con él. No solamente me llena de orgullo, sino que también me dio una gran sapiencia para todo lo que hice después en la formación de jugadores y la conducción de equipos profesionales”.

Mariani sale de la cancha detrás de Maradona después del triunfo ante Brasil en Italia 90.

Cuatro años después del título, en Italia vio sin intermediación cómo Maradona levantaba a un plantel signado por las dificultades físicas. Pese a esa uña que torturaba como un grillete y el tobillo que deformaba la articulación “nunca se detuvo en una queja y se preocupaba por levantar a los jugadores que veía caídos”. El temple, Maradona lo mostraba a diario. “Al que encontraba caído le daba aliento. En la cancha, además del talento del que disfrutó todo el mundo tenía la gran virtud de mejorar a sus compañeros, de sacar lo mejor de cada uno”, rememora. Si el cuerpo era una lucha interna, el entusiasmo y el convencimiento no habían cedido ni un centímetro.  

“En el San Paolo éramos locales, era increíble el apoyo que teníamos del pueblo napolitano. En cualquier rincón del estadio y de la ciudad todo era Diego”. Ante el mal arranque y las falencias del equipo en la zona, Maradona era un pararrayos frente a las críticas: “Frente a la presión de la prensa, él se hacía cargo. Me decía, ahora vas a ver cómo vienen todos los periodistas para acá. Entonces levantaba la pelota, hacía jueguito con el hombro y acaparaba toda la atención para liberar al resto”.

Como si la convivencia no hubiese quedado 30 años atrás, Roberto Mariani sigue subyugado por la generosidad del hombre, la virtud del futbolista y el aura del genio: “Diego, era una inyección de ánimo y de optimismo que te llegaba al alma y el corazón. Era un genio. Diego es el fútbol”.