Carlos Delfino

El arte de saber disfrutar

Fue el primer argentino en ser elegido en la ronda inicial del Draft de la NBA. Si bien es dueño de una carrera envidiable, hoy como jugador del Victoria Libertas Pesaro italiano asegura que sigue disfrutando de perder para poder hacer lo que más le gusta: entrenarse para superar sus propios límites.

Por Javier Lanza, Sebastián Varela del Río y Andrés Román

No hay dinero que cambie la ecuación. No hay brillo que encandile la cuna. No existe gloria que confunda la esencia. Una palabra, un gesto, una acción, un agradecimiento, un mate compartido en la virtualidad. Eso permite entender que cuando asegura que es el “negrito de Santa Fe que tomaba agua de la manguera” no hay una letra de falsa modestia. Carlos Delfino es la combinación perfecta entre el competidor voraz, el deportista de élite, el basquetbolista histórico, el papá de Milagros, Carlos y Cecilia… Es un tipo como cualquiera, es un Generacion Dorada, es presente, es jugador.

Se adapta a las circunstancias, lucha por seguir jugando en Europa, es la carta de Libertas Pesaro, se reinventa en tiempos de pandemia, siempre encuentra un motivo para estar con la pelota en la mano. No da vueltas, dice sin compromisos, piensa porque lo necesita. Se divierte porque se lo permite y en la charla con Enganche reflexiona, cuenta anécdotas que incluyen a Ben Wallace, revuelve en su historia con la NBA y suma misterio a la pelota de Atenas 2004. Carlos Delfino es una leyenda, su nombre es parte de la historia del básquetbol, prefiere ser el pibe de Santa Fe que se entrenaba cuando nadie lo veía, le encanta poder decir que ahora disfrutar de jugar.

–Con este nuevo parate por el rebrote de COVID-19 en Italia, el básquet se volvió a detener. ¿Cómo es estar todo el tiempo sorteando obstáculos para volver a jugar?

–Es raro. Yo por un lado estoy chocho, soy un perro con dos colas porque estoy jugando, compitiendo, haciendo lo que me gusta. Pero no se puede negar que es distinto. Es distinto entrar a una cancha, que no haya gente, y que eso te permita escuchar todo lo que se dicen tus rivales o tus propios compañeros. Es distinto que cuarenta y ocho horas antes de cada partido te tengas que hacer un hisopado, esperando que te de negativo para poder entrar a la cancha, mientras esperás que a tu rival le dé negativo para no haber entrenado toda la semana preparando un partido para que después se tenga que postergar. Se abrió otra puerta del juego y no te voy a negar que en lo personal me siento cómodo, por un tema de edad. Me gusta lo psicológico de estar dentro de una cancha y escuchar el “trash talking” que escuchan los demás, que te imponés. Pero hay compañeros que no lo manejan tan bien y les suele jugar en contra. Por eso hay que adaptarse nuevamente.

En noviembre Delfino y Scola se enfrentaron en la Liga italiana. (Foto: IG @delfinocabeza)

–Parece raro, pero la semana pasada te veíamos con Luis, en el partido que disputaron sus equipos. ¿Se habló entre ustedes de esto, de readaptar todo lo que hicieron a esta nueva situación?

–Yo siempre hablo de mutar. Siempre tenemos que ir mutando porque el juego va cambiando, va mejorando, y no es el mismo basquet que jugábamos diez años atrás. Este aspecto en particular, creo que en el último partido pasó una situación linda, porque en mi equipo juega Ariel Fillol, con el que hablo en “argentino” y cuando jugamos contra el Varese es lógico que como eje del equipo rival esté Luis. Entonces, en un salto Ariel me dice: “Seguimos haciendo esto (una determinada situación de juego”. Y cuando le respondí me di cuenta que Luis entendía todo lo que estábamos diciendo, que justo era algo para marcarlo a él. ¿Por qué cuento esto? Porque te falta el bullicio de la gente, para poder hablar entre compañeros sin que se entere el rival. 

Lo hablábamos con Luis también de que hay compañeros sufren que un entrenador les esté gritando, por más que el entrenador le grite a todos. Por ahí a un joven le cuesta mucho que el entrenador le grite y que todo el mundo sepa el porqué le está gritando. Es muy psicológico el juego de hoy por hoy. Lo veo como una ventaja para el jugador más veterano, que está manejando el juego desde otro lugar, y creo que esta situación pasa en otros deportes: en tenis, fútbol, motociclismo, los veteranos navegan en aguas tranquilas porque no están preocupados por ciertas cosas. Es un tema a tener en cuenta a la hora de analizar el rendimiento de nosotros los viejitos. 

–Respecto a esto que nos está pasando y para ustedes, te hablo en plural porque nombraste a Luis Scola, ¿Cómo juega esa ansiedad de saber que se están perdiendo años de básquetbol?

–Hay que saber separar lo que es la vida particular y el efecto de estar jugando. En el caso de Luis me imagino que sigue activo porque tiene como objetivo jugar los Juegos Olímpicos en Tokio. En el caso mío el capricho es seguir jugando para disfrutar estar dentro de una cancha, el estar sano para poder competir y sentirme vivo. Pero al mismo tiempo dejamos muchas cosas de lado, entonces, cuando pongo en la balanza que estoy en el lugar en el que no gano el dinero que supe ganar alguna vez, y por eso le digo capricho a lo mío, y me estoy perdiendo a mis hijos. Eso lo hace complicado. Pero no puedo volver el tiempo atrás, y yo en mi caso ya estuve mucho tiempo parado y no por una cosa que yo controlase. Entonces, no me queda otra que aprovechar y seguir el viaje como estoy. 

Esta semana en particular me pasa de que estoy nervioso que por este capricho de jugar, hace diez días que no veo a mi familia por cuidarla de no llevarles el virus si es que lo tengo. Son momentos de crisis personales que hacen preguntarte si vale la pena o no, si se sigue jugando o no, pero como no tenés el botón de stop y parar todo disfruto del tren en el que me subí. Tratemos de ir mechando el tema de ser padre y estar presente, con lo del basquet, pero después de todo lo que me pasó no me queda otra que vivir al máximo lo que elijo y lo que le elegí hoy fue esto. 

–Lo hablábamos hace poco con Fernando Gago, esto de dimensionar lo que uno tiene cuando no lo tiene, él decía que en este tramo de Vélez estaba recuperando el espíritu amateur. Jugás por jugar.

–Son mezclas de sensaciones, porque el haber vivido en un alto nivel de profesionalidad y competición, el haberlo tenido que  dejar por las lesiones hace que venga el espíritu amateur. Hoy juego porque me gusta, no por el dinero. Pero al mismo tiempo, el animal competitivo sigue estando adentro y ahí viene la exigencia, el no querer perder o el que me guste perder para mejorarme. Creo que cuando uno se hace profesional se convierte un poco en masoquista. Se entrena para ganar, pero al ganar uno solo, cuando perdés y te sentís superado tenés la tranquilidad de que diste todo, pero no alcanzó y te ganaron. Eso te deja tranquilo. ¿Significa que te gusta perder? No. Pero la preparación fue buena y me sigo preparando para volver a competir. Eso de amateur no tiene nada, porque te exigís más que antes, entrenás más que antes y porque empezás a ver si le ponés o no azúcar al mate. Es muy delgada la línea de decir “el amateur lo hace porque le gusta y nada más” al “está compitiendo y el animal dentro del competidor es el super profesional”. Depende un poco de todo. En el caso de Fernando Gago, como lo fue en el mío cuando estuve lesionado, no te importa nada y querés volver a estar ahí. 

–Y en esa mezcla entre amateurismo y profesionalismo, la palabra disfrutar, ¿qué lugar ocupa?

–Uno muy importante. Por eso digo que sos un poco masoquista porque te puede gustar perder. Cuando yo estuve parado una de las cosas que más extrañé fue la preparación, el estar dentro del grupo y ayudarlo a mejorar, el reto de un entrenador, el ser puntual. Cuando te falta eso es muy difícil pasar de piloto automático a que se te prenda la llama de nuevo. Cuando estás solo, estás solo y no hay nadie a quién ayudar, ni nadie que te ayude. Estoy otra vez físicamente preparado para competir con un joven y disfruto de ponerme en discusión dentro de una cancha. Puedo perder o ganar, pero disfruto de competir, de que se vea que puedo meter la bola en el aro. Por mi edad, si yo estoy disfrutando y pierdo, la gente va a decir porqué no me retiro. En cambio, si gano, la gente dirá “que bien Delfino, pero que mal nivel de la liga para que este viejo siga ganando”. Como dijo Riquelme hace poco: “La pelota es el juguete más lindo de todos” y todavía puedo seguir disfrutando con esa pelota haciendo lo que más me gusta que es competir.

–Con la Generación Dorada la NBA se hizo algo natural para los argentinos que los disfrutaron, pero nunca fue así. Y en esa vorágine, vos fuiste el primer argentino elegido en la primera ronda del Draft (NdeR: la entrevista se grabó el martes y el miércoles Leandro Bolmaro fue elegido en el puesto 23 por los New York Knicks). ¿Ponés en perspectiva eso?

–Por un lado eso es mi currículum. Yo lo veo mucho más natural porque es parte de mi vida. Algún día podré mirar para atrás y podré valorar lo que hice. Creo que la cantidad de argentinos que estuvimos en la NBA hicimos que llegar pareciera más accesible, como si nos perteneciera. Ahora Bolmaro seguramente rompa con eso y Facundo (Campazzo) va a pasar si Dios quiere (NdeR: en las últimas horas se confirmó que jugará en Denver Nuggets). Al mismo tiempo habrá otros jugadores que pasarán. Luca Vildoza es lógico que llegue a la NBA, porque físicamente es mucho más NBA. Facundo llega porque es especial, no por su físico. Creo que a futuro van a llegar más. Y si tenemos la suerte de llegar a siete como fuimos en su momento seguirá siendo antinatural que eso pase, no nos pertenece ese deporte. Jugamos un deporte que no nos es natural, pero tenemos la suerte de jugarlo muy bien, de tener una gran materia prima y salen talentos dignos de ese salto. Hoy por hoy la NBA se hace más difícil de llegar porque se hace todo más físico y en la Argentina no salen jugadores como Durant (Kevin) de 2,11 que meta de tres puntos. Acá salen tipos como Facundo, con una cabeza impresionante que te lleva adelante a un gigante como el Real Madrid y que guió a la Selección a otro subcampeonato mundial. 

Hay que seguir trabajando a ese grupo de talentos, que juega muy bien juntos y que nos pueden dar los resultados que nos dieron el grupo de los más viejos. Pero el grupo de los más viejos jugaba a un básquet distinto y la NBA también jugaba a un básquet distinto, que hacía que la distancia entre unos y otros no fuera tan grande. Antes era más físico desde el juego, pero no desde la altura. 

Carlos Delfino y James Harden en los Rockets.

–¿Qué cambió?

–Que hace 10 años la pelota pasaba mucho más por el alero y el pivot. Hoy, sobre todo en el basquet FIBA, la pelota la tiene el base. En la NBA el que tiene la pelota, como lo hace LeBron con sus 2,05m es el base. Facundo no tiene la altura de LeBron, pero al igual que él es un hacedor de juego. Eso hace que la evolución de hoy del básquet tengamos buenos resultados porque tenemos a Facu, a Laprovittola, Bolmaro o Vildoza que son hacedores de juego. En otro momento, cuando la pelota pasaba más por el 2 y el 3, y menos por el base, nosotros teníamos mas cargada la posición del 2 y el 3, también teníamos 4 y 5 muy talentosos porque el talento siempre estuvo. Pero si vos ves a Harden (James) te das cuenta que el tipo tiene siempre la pelota en la mano él. Eso no pasaba antes. Antes tenías veinte posesiones por juego, y ahora tenés cuarenta, y no se cansan nunca. Y en esta modalidad de juego nosotros tenemos jugadores que pueden dar la talla. Por eso están en el ojo de los scouts.

El tapón de Campazzo a Kobe Bryant en la previa de Londres 2012.

–Cuando llegás después de estar un tiempo en la NBA me imagino que tu cabeza tiene que “romper los posters de los tipos a los cuales admirabas”. ¿Te pasó? 

–Claro. Como le pasa a todo el mundo. Ahora, con la comunicación, con los gamers, acerca esas distancias. Yo en mi habitación tenía dos póster: el de David Robinson y el de Larry Bird, y para mí el uno de la historia es Magic Johnson. Cuando veía a alguno de esos jugadores se me caían los pantalones. Cuando jugaba contra Kobe era tener un Dios adelante, porque yo había crecido viéndolo esporádicamente en la Argentina o en Italia. Pero cuando en el 2012, fuimos a jugar contra el Dream Team Kobe hizo un movimiento y vino Facundo y lo tapó de atrás. “¿Cómo hiciste eso?”, le preguntamos y respondió: “es que yo juego a los jueguitos y él siempre hace ese movimiento”. Eso, no solo habla de la personalidad de Facundo, sino que lo cerca que se está por la tecnología. No es un scout, pero todo está más cerca. 

No creo que para ellos no sea un desafío enorme, pero lo que va a pasar es que en la NBA al que llegue le va a tomar una prueba, y todo lo que haya hecho antes en su carrera va a valer cero, o algo muy similar a un cero. Y el nombre se lo van a tener que ganar, dentro del equipo y dentro de la liga. Pero eso es natural cuando llegás a un lugar nuevo, todos tenemos que revalidar la que nos llevó a esos lugares. Ellos llegarán al máximo nivel de básquet, pero yo no le tengo miedo a su llegada porque si bien los conozco un poco, a Bolmaro menos, tienen un nivel acorde al desafío.

Delfino había sido, hasta la elección de Bolmaro, el único argentino seleccionado en la primera ronda de un Draft de la NBA. Fue elegido en el puesto 25 por los Pistons.

–¿Qué instante de esa época te hubiese gustado vivir con esta cabeza?

–Todo el viaje. Los pocos momentos que me pongo a pensarlo me doy cuenta de que está cerca el final. Son momentos en los que me toca hablar con los jugadores que pretenden dar el salto a la NBA y ahí uno piensa qué hacía a esa edad. Yo lo considero que esto último es un error grande, porque cuando me pasa lo sufro y está mal que lo haga. No solo porque me siento mucho más viejo de lo que me siento normalmente, sino que es algo de lo que no tengo control. No puedo poner stop y volver para atrás, ni tampoco en no envejecer. Es inútil pensarlo. Lo que sí, cuando hablás con los más chicos, te das cuenta que ha pasado mucho tiempo y han pasado procesos, formas de jugar, y antes el básquet estaba pendiente de una cosa y hoy lo está de otra. Alguien dijo alguna vez que “la experiencia es el peine que te dan cuando te quedás pelado” y yo me voy quedando pelado. La experiencia es algo lindo pero que se sufre hoy jugando acá cuando ves las cosas que pasan en el partido y llegás esa décima de segundo tarde. Trato de esforzarme para estar cerca de la décima y que no sea un segundo porque me hago mal yo, le hago mal a alguien y ahí seguramente sea el final. 

–Manu (Ginóbili) dijo en su momento de su carrera que hizo un click y empezó a disfrutar de todo eso que le pasaba. ¿Te llegó ese punto a vos?

–Depende que sea disfrutar. Si es una comida más o un entrenamiento menos, no. Yo gozo de ser jugador de básquet. Me encanta seguir entrando a la cancha. En algún momento, cuando estaba volviendo y no me salían las cosas pensé que era el final, porque en mi cabeza cuando entraba a la cancha solo estaba pendiente de la gente que parecía decir “ese viejo que está en la cancha y de lo que fui”: Me veía en los ojos de ellos y me preguntaba ¿qué estaba haciendo? Y el verme a través de los ojos de los demás lo sufrí. ¿Cuándo me saqué ese pensamiento de mi cabeza? Cuando desaparecieron dolores y me sentí mejor físicamente. De mi siempre se habló de mi talento, de mi tiro, de mis movimientos, pero muy pocos saben la cantidad de entrenamiento, que tiene mi cuerpo encima. Muy probablemente, el 95% de las personas piensa que uno va a la cancha y tira al aro porque juega, porque le sale naturalmente. Hasta compañeros piensan eso. 

¿A qué voy con esto? A que yo antes me escondía para entrenarme, porque no me gustaba ni siquiera jugar un uno contra uno en la cancha. No me daba vergüenza ganar o perder, sino que me miren entrenar. Cuando me iba a Santa Fe en el receso de la NBA mucha gente se enojaba porque me pedía para verme entrenar y yo no quería. Yo me iba a Maccabi o a Unión y lo que más quería es que no me rompan. No lo hacía por hacerme la estrella, sino porque me daba vergüenza. Siempre fue un tabú. Me entrenaba con mi viejo en la costanera, pero íbamos a la parte baja, en la arena, para que no me vean. Hoy disfruto tanto de la cancha que es mas normal que me vean jugando un uno contra uno después de entrenar. Disfruto mucho más esas pequeñeces. Es como estar desnudo para mí. Hoy salgo a correr con mis hijos que van en bicicleta, porque lo veo mucho más natural. Siempre me enojaba cuando decían que yo entrenaba poco, porque mi gente cercana se enojaba porque sabían lo que yo me mataba entrenando, pero como no mostraba para el resto no lo hacía. 

Dos 20. Manu y el Cabeza.

–Oveja Hernández nos dijo que la Generación Dorada tenía como punto fuerte el naturalizar la derrota. Que si perdían era porque les demostraban que eran mejores que ustedes. Y vos dijiste hace un rato que disfrutás de perder. ¿Cómo fue variando tu relación con la derrota a lo largo de tu carrera?

–Mascherano se retiró hace menos de dos días y una de las primeras frases que compartió fue “soy el cinco que perdió cuatro finales” o algo por el estilo. Yo no creo que haya un jugador profesional que haya perdido más finales que yo en Argentina. He perdido muchísimas finales. Jugando bien, jugando mal. Siendo superado bien, siendo aplastado. Con esto te quiero decir que eso no me hace perdedor. Seguramente aparecerá alguno y dirá “del segundo nadie se acuerda” o “nadie sabe quién fue el segundo hombre que pisó América”, pero eso son pavadas. Porque uno solo gana. Y en el viaje, en la competencia, es en el lugar en el que te convertís en ganador. El superarte, el llegar, y volver a llegar. Ahí te hacés ganador. Tengo un montón de segundos puestos, y obviamente me puse mal, lo sufrí, pero también me sirvió para trabajar y exigirme al máximo. El mantener la llama encendida te hace ganador, el perdedor es que pierde y se deja estar. 

Nadie puede decirme que no lo intenté, de que no intenté pararme de nuevo. Desde ese punto hablo que es linda la derrota, del lado de la enseñanza que te deja para volver a levantarte y seguir para adelante. No hablo solo de lo deportivo, sino de la vida, una enfermedad, un problema económico. El secreto es cómo lo enfrentás. El más ganador si de Juegos Olímpicos hablamos es Michael Phelps. Seguramente Phelps en varios aspectos sea un perdedor. Nadie gana siempre, por eso creo que hasta un cierto punto extrañaba  perder. Extrañaba un vestuario que recién perdió un partido. Hoy el record que tenemos en la liga es cuatro victorias y tres derrotas. Los tres partidos que perdimos fue los que más disfruté, porque fui la única persona que habló en el vestuario. Antes, si perdía yo era el joven con la cabeza gacha y era otro el que venía a hablarme. Tengo que estar preparado para ocupar mi rol en el equipo. 

–¿En qué momento en la NBA te reconociste como el Carlitos Delfino de Santa Fe?

–Yo soy un tipo tranquilo, y esa manera de ser parece que es el de una persona a la que todo le importa poco. Pero nunca fue así. En la NBA me tocó sufrir que no me conozcan en mi manera de ser. En Santa Fe saben cómo soy, o alguien que me entrenó, saben que yo estoy compenetrado en lo que hago, si estoy perdiendo me enojo y si gano me divierto. Pero mi lenguaje corporal es mi lenguaje corporal. Una mierda total, jaja. Cuando llegué a la NBA sufrí mucho mi lenguaje corporal, porque no manejaba el idioma y mi lenguaje corporal era “me chupa un huevo”. Lo sufrí y fue divertido al mismo tiempo. Hasta llegué a aprenderme el dicho que dice que “el cliente siempre tiene la razón”. A partir del segundo año, cuando me venían a romper los huevos con el lenguaje corporal yo les decía que vayan a la cola de las quejas, porque yo soy un perro verde y tenía ese lenguaje. Hasta que vino un manager y me dijo “la fila es larga, y como  dice el cartel sobre el cliente y la razón, si hay muchos que se quejan el que tienes que cambiar tu lenguaje corporal sos vos”. Y tenía mucha razón. 

–¿El peor momento tuyo en la NBA?

–El primer año. Llegar a Detroit, que era el campeón de la NBA y no dar pie con bola. No hablaba el idioma, no entendía lo que me decían. Un día Ben Wallace venía a hablar conmigo y yo, como no entendía, siempre me reía y lo abrazaba. Y esa vez me preguntó algo serio y yo “jajajaja”. Hasta que entendí que me estaba preguntando quién estaba ahí sentado, y era mi papá, que era muy joven en ese momento. Sufrí el idioma hasta que entré y también la revalida de la que hablábamos antes. Me hizo pensar que había dado un paso más largo del que podía y me decía “Soy un negrito de Santa Fe que toma agua de la manguera y estoy en un lugar en el que parecía que no estaba”. Después me reubiqué y entendí qué debía hacer para quedarme. 

–Hugo Sconochini, Chapu Nocioni, Manu y vos. Una serie de Netflix con la historia de la pelota… 

–(Interrumpe) ¿Y dónde está la pelota? Jajajaja. Yo estoy muy caliente con ese tema porque soy el que menos tiene que ver con eso y terminé como el más apuntado por todos. Hugo dice que llegué en pedo pateando puertas, y cuenta cosas que solo él sabe. Yo lo único que voy a decir que esa pelota está en Italia. Ah, y yo no la tengo…