Reyes

El boy scout que soñaba con domar montañas

Historias mínimas de uno de los grandes exponentes domésticos del trail running, una actividad que en la Argentina busca desarrollarse. Cómo el deporte ayuda a torcer el destino en busca de un sueño.

Hay aromas que marcan y quedan para toda la vida. Olores que nos impregnan y acompañan desde la más temprana infancia. Y la montaña, claro está, también tiene esa esencia única que siempre está, aunque a veces parezca haber desaparecido.

En los años ´80, las calles de Cipolletti eran casi todas de tierra. Tiempos en los que Gustavo Reyes gateaba de aquí para allá en el Barrio 432 Viviendas. Las 400, porque así se lo conoce, uno de los primeros de este tipo en la zona, con sus cuatro manzanas con torres de edificios idénticas unas a otras, como si fueran clones arquitectónicos, se convirtió en el patio de su casa. Y la calle Esmeralda, la primera que asfaltaron, una aventura permanente y un escape necesario para pasar el día, mientras su mamá, Marta Farrell, se las rebuscaba para hacer malabares con tres trabajos. Todo, para que a los cinco hermanos no les faltara un plato de comida o una taza de mate cocido con pan duro del día anterior. Una infusión que todavía experimenta, en tiempos en los que puede elegir qué, cómo y cuándo comer. Incluso antes de competir en carreras de ultradistancia. “Eso me ayuda, me recuerda mi pasado. No digo que fuera triste o que hubiera pasado hambre. Nunca nos faltó, pero tampoco sobró”, dice del otro lado del teléfono Reyes.

A los 41 años y mientras conversa con Enganche, repasa su vida como si fuera una película en cámara lenta en la que selecciona momentos placenteros y otros no tanto. No discrimina uno de otros, pero admite que hablar de algunos recuerdos aún lo perfora en espíritu y alma.

De chico, en el Cerro Chachil, en una parada del entrenamiento para subir al Volcán Lanín

Correr fue siempre un refugio para Reyes. Un escape. Un espacio de superación, y acaso de resiliencia. Un lugar que debió construir, ladrillo por ladrillo, para demostrar que lo suyo iba por el mundo de las carreras. Básquet, judo, natación y bicicross aparecieron en su vida como alternativas deportivas para descargar la energía de un inquieto nene que se crió con los códigos de la calle. “Distintos a los de ahora”, se apresura a aclarar. Y sigue: “Las épocas cambiaron, pero en mi caso la calle me enseñó un montón de cosas buenas y no tan buenas. Después, uno elige qué toma y qué desecha”.

El “patacross”, tal como define Reyes al arte de correr, es el deporte que abrazó a los 15 o 16 años, pero que sin saberlo empezó a experimentar de chico cuando era boy scout. En cada excursión a la zona cordillerana, luego de ascender durante unas horas, los líderes de la Manada dejaban que cada pibe bajara a su antojo. Y sin darse cuenta, entre los 6 y los 12 años como boy scout, empezó a entrenar lo que más tarde sería uno de sus fuertes al momento de correr y competir: las bajadas, los descensos. En ese entonces, en vez de descender por el sendero marcado, Gustavo se lanzaba a lo “indio por el medio de la vegetación”.

Transvulcania 2012

Además de aquellas salidas con sus compañeros scout a lo que hoy es el patio de su casa (las montañas), afirma que la mejor herencia que le dejó Néstor, su papá, fueron los ascensos al Volcán Lanín junto con un grupo de veteranos ex policías. A los 11 años hizo su primer ascenso a los 3776 metros de uno de los emblemas del montañismo argentino. “Para hacer ese ascenso mi viejo me llevó antes a entrenar al Escondido, donde hoy trabajo, para hacer trepadas y bajadas. La subida fue en dos días. Primero hasta el refugio y al otro día, antes del amanecer, hacer la cima con los grampones y demás equipos. Con el amanecer, empecé a alejarme del grupo y llegué solo a la cumbre. Esperé un buen rato y bajé porque tenía toda la ropa mojada para ver a mi viejo que era muy deportista pero muy fumador y no llegaba más. Fue un antes y un después,  en todo sentido. Más a esa edad donde todo te parece tan inmenso y único”, recuerda el atleta que hoy en día sube y baja de un tirón el Lanín en no más de 6 horas, volcán al ya subió 44 veces.   

De aquellos “patacross” fundacionales hasta que dio su primer golpe deportivo en 2004, cuando ganó por primera vez el K42 de Villa La Angostura, una de las maratones de montaña más importantes de estas latitudes (lo obtuvo 5 años consecutivos hasta 2008), pasaron varios años en los que, a pesar de ser menor de edad, se las ingenió para ganarse sus primeros mangos. “Siempre me gustó tener mi plata. Veía el sacrificio que hacía mi vieja, que no tenía para darme, y estaba mucho tiempo en la calle. Entonces, aprendés que si te querés dar un gusto tenés que salir a laburar. Por eso, en el barrio, con mis amigos, juntábamos diarios, botellas y cobre para vender en la Chacarita y así podía también comprar cosas para la casa”, recuerda con satisfacción.

The North Face 2014, primer puesto compartido con su sobrino Franco Paredes. Foto: Rodrigo Lizama.

Pero el gran negocio, sin dudarlo, fue la venta de latas de leche marca Nido (en donde cabe un kilo del insumo en polvo). “Nos las compraba un viejito para guardar la miel que producía. Nos pagaba muy bien. Por cada lata nos daba 10 pesos. A plata de hoy serían 100 pesos”. La recolección era muy sencilla, casi artesanal. A cada embarazada o madre con un nene chico que veían en la calle, se presentaban y les pedían si podían dárselas una vez utilizadas. “Como eran de chapa o aluminio y ocupaban mucho volumen en la basura, les resultaba práctico entregárnoslas. Y nosotros, felices porque sabíamos que cada lata se convertía en plata”. Por eso, hacían un recorrido dos veces por semana para buscar las latas y llevárselas al comprador.

Aquellas “primeras fortunas” las amasó y usó a su antojo para satisfacer las necesidades de un chico: una gaseosa, un juego, alguna pilcha o, incluso, alguna salida con los amigos a Neuquén, una ciudad que está separada de Cipolletti por unos kilómetros y un puente divisor que las une a través del río Neuquén, que unos 300 metros más abajo se une al Limay para formar el Negro. Allí, los durmientes de las viejas vías se convertían en una pista de atletismo improvisada en la que el que le pifiaba a alguno de esos tablones de madera de 24 centímetros de ancho “se podía lastimar feo y, por suerte, nunca me lastimé y nunca perdí una carrera”, afirma orgulloso.

k42 Villa la Angostura 2004. Primer triunfo de los cinco seguidos que cosechó

Además, trabajó en el videoclub de su hermana. Allí se hacía su propia caja chica: los estrenos que no iban a buscar, a pesar de ya estar reservados, él los subalquilaba y se quedaba con la plata. Armaba proyecciones de cine para sus amigos en un espacio que había armado en el negocio y les cobraba una entrada más barata que la del cine. Fue vendedor ambulante pero aquella se trató de una aventura pasajera porque, lo admite, fue un fracaso. Trabajó en una funeraria, en una estación de servicio, de portero, en un galpón de empaque, en la Coca Cola, manejó camiones (iba como acompañante) con viajes a Buenos Aires, en una panadería, en una tienda de deportes, en un supermercado.

En todo ese recorrido, como si fuera una carrera contra el tiempo y contra sí mismo, Reyes eligió el atletismo. Pero a las complejidades de la vida propia debió imprimirle algo más, un plus como si estuviera en una carrera larga y duradera. Evitar algunos caminos y saltear atajos que pueden parecer tentadores en plena adolescencia, tiempos en los que cualquier chico quiere pertenecer y encajar para no quedar, acaso, marcado como un raro o extraño. “El alcohol y la droga eran una opción en el barrio. Peleas, palos, cadenas, si no te defendías te llevaban puesto. Tuve la suerte, yo lo veo así, de no haber tenido a nadie que me mostrara el camino. Mi vieja, a full con el laburo, mis hermanas en la suya, mi viejo en la suya. Ni tío, ni padrino, ni referentes mayores. Entonces sabés que te tenés que hacer fuerte sí o sí. Y siempre tiró el deporte”, recuerda. Y agrega: “Lo que hacía era evitar todo eso y me alejaba a través del deporte, corriendo, saltando o lanzando”.

“Última foto con mi viejo y mi abuela, murieron el mismo año (2018)”, dice Reyes. A su lado, su sobrino Franco Paredes

Pero, en verdad, le llevó tiempo demostrar que estaban equivocados sobre su futuro. Debió trajinar para hacerse un lugar y erradicar ciertos prejuicios o presunciones de los que hoy se ríe, aunque admite que le sirvieron como combustible para superarse. “Yo no sabía si era bueno o no. Lo que sí estaba seguro es que quería correr y hacerlo con los de punta. Pero eso me llevó un tiempo hasta que gané el K42 de 2004. A partir de ahí todo cambió, para bien”, reconoce. Por contextura, robusta y fibrosa, la recomendación de sus primeros entrenadores fue que dejara las carreras cortas y veloces para dedicarse a los lanzamientos. Pero Reyes quería poner sus 1,76 metros y 78 kilogramos para dar un paso y otro y otro en los caminos y senderos montañosos. “Yo no quería saber nada con lanzar, quería correr y me emperré. No se trata de que se hayan equivocado en el pasado, se trata de lo que yo sentía que quería hacer. Y lo hice”, admite. Y añade: “Y correr es lo que me permitió conocer el país y viajar al exterior. Por eso quería correr, para ganar y para viajar. En 2009 hice mi primer viaje y por suerte pude estar en varias de las mejores carreras de América y Europa”.

Pasaron casi 16 años desde aquella primera victoria importante que significó el reconocimiento y el advenimiento de su primer sponsor internacional. La marca que auspiciaba aquella maratón de montaña, en la pintoresca Villa la Angostura, puso sus ojos en él y lo acompañó durante varios años. Un triunfo trajo a otro y a otro hasta erigirlo como uno de los mejores exponentes del trail running argentino. El mismo que sigue eligiendo la montaña como su mejor refugio, para vivir y correr.