Jonathan Cristaldo

Entrar en el túnel más difícil y salir para contarlo

Cristaldo cuenta la depresión que padeció, cuestiona el lugar que le da la sociedad al futbolista y tiende un puente a los que sufrieron lo mismo que él.

“Pensaba en hacerme daño. Me quería hacer daño”. Jonatan Cristaldo parece no ensombrecerse ni en ese crudísimo momento de la larga ronda de mate en la que cuenta a corazón abierto cómo lidió con una depresión que pudo haberlo conducido al peor de los abismos. Fue, pidió ayuda y volvió. Parece mentira que el luminoso delantero de Racing, que sonríe y que se emociona a partes iguales, haya sido ese mismo hombre que él cuenta, en el marco de un franco intento por rescatar a alguno que hoy se encuentre en su misma vieja situación. No quería entrenar. No podía salir de casa. No disfrutaba de sus hijos. No se divertía con nada.

Tras aumentar 11 kilos y sentirse casi un ex jugador, el Churry halló en un psicólogo aquella luz con la que empezar a salir del túnel. Eduardo Coudet puso el segundo ladrillo en la pared y lo llamó para invitarlo a resurgir en Avellaneda. Al cabo, Racing fue para Cristaldo el lugar en el que volvió a ser feliz. Tras la resurrección, el delantero fue campeón y marcó goles importantes para un título que en su vitrina sólo se acomoda debajo de la medalla que consiguió al sanar. Aunque rompe en llanto varias veces a lo largo de la entrevista, a los 30 años sabe que aquello es parte del proceso y que, a su vez, mostrarse así de vulnerable puede abrir un camino a quienes hoy no se atreven a contar lo que él no se animaba a decir.

-¿Racing te hizo resurgir?

-Sí. Volví a nacer futbolísticamente. Antes de venir a Racing estaba sin club, venía de una mala etapa en Vélez y estaba mal psicológicamente. Venir acá me sirvió como persona. Me hizo encontrar las ganas de entrenar.

–¿En qué cambiaste?

–En todo. Ahora tengo ganas de venir a entrenar. Tengo ganas de cuidarme. Tengo ganas de vivir. Eso lo logró Racing. Logró que aprenda a ser profesional. Antes no me cuidaba en las comidas y no me cuidaba en casi nada. Antes de venir acá yo estaba depresivo.

–¿Cuándo empezaste a sufrir?

–Cuando no tenía ganas de ir a entrenar. No quería levantarme. Es difícil darse cuenta de que el que está mal es uno mismo. Le echaba la culpa a los otros. No me daba cuenta que no entrenaba con las mismas ganas o que no estaba bien físicamente. La culpa era del entrenador que no me ponía o del compañero que me daba mal la pelota. Y no. Entonces, tuve que pedir ayuda psicológica. ¡Pensar que yo decía que el que iba al psicólogo era porque estaba loco! Y ahora si no voy me siento raro, como si me faltara algo.

–¿Contarlo es parte del proceso?

–Sí, porque quiero ayudar a cualquiera que esté en un proceso similar y encima tengo la chance de llegar a muchas más personas que otros. La gente tiene que saber que los jugadores somos uno más y que no somos especiales. Que podemos estar mal en un partido. Que podemos tener la cabeza en otro lado. Somos personas y nos puede pasar. Hay muchas cosas que rondan al jugador: plata, joda, mujeres… La gente piensa que vivimos de joda todo el día y no es así. Hay cosas en las que sufrimos. Para llegar a Primera estás lejos de tu familia mucho tiempo. Por ser futbolista te perdés toda tu adolescencia y luego no la recuperás más. Y en mi caso se dio que tuve suerte y llegué a ser profesional, pero hay pilas de pibes que perdieron su adolescencia y encima no llegaron. ¿Quién prepara a esos pibes para el resto de la vida?

–La concepción del éxito en el fútbol es jodida. Hacés un gol y sos el mejor del mundo. Perdés y sos un delincuente…

–Es que el fútbol es eso. Hacés el gol en la final y sos el mejor. Lo errás y sos un muerto. No se salva nadie. Criticamos a Messi, imaginate.

–Si todo está tan trastocado, es un poco lógico que a muchos les cueste manejar el impacto de las luces del llegar a Primera.

–Cuesta un montón. También el entorno te marea. Hay muchas personas que se confunden y otras que se te acercan. A mí me pasaba en el colegio, porque yo iba a la escuela de Vélez y tenía una beca. Entonces, me daba vergüenza, porque todos sabían que estaba entrenando con Primera y que tenía contrato con Nike desde los 15 años. Todos me miraban raro. A veces sentís que todos están con vos por compromiso y eso es muy feo. Desconfiás de todo. No sabés si se te acercan porque te quieren bien o por lo otro.

–¿Te pasó de darte cuenta que no disfrutabas del fútbol?

–Una gran mayoría de los jugadores viene de una clase humilde y vos escuchás que lo primero que dice un pibe es: “Yo quiero llegar a Primera para ayudar a mi familia”. Nunca dicen que quieren llegar a Primera porque disfrutan jugando al fútbol o porque lo aman. No nos damos cuenta y a veces nos metemos una presión tremenda. A veces en el fútbol todo parece automático. Yo me fui de chico a Ucrania y, si hoy me decís, no hubiera tomado esa decisión. Me hubiera quedado acá dándole un desarrollo a mi carrera. Con la cabeza de hoy, eso no lo hubiera hecho.

–Cuando uno le pregunta a alguien que no juega por lo que es ser futbolista, al instante se habla de dinero, de fama, de autos y de demás cosas que todos quieren. Cuando uno habla con ustedes muchas veces encuentra angustia de la presión que sienten. ¿Por qué pasa eso?

–Hay mucha presión. La gente piensa que el jugador de fútbol es un dios y eso le hace muy mal tanto a la sociedad como a algunos jugadores, que se creen dioses. Yo cuento mi historia para que no crean que soy uno de esos. No vivo en un castillo. No ando en un avión por el aire. Hago vida normal y llevo a mis hijos a la plaza.

–Nombraste a la palabra depresión y parece que en el fútbol es tabú. ¿Por qué?

–Porque el fútbol es muy machista. La sociedad es muy machista. Y por eso pensamos que el hombre no puede sufrir. Es lo primero que te dicen de chico: “El hombre no llora”. ¿Por qué no puede llorar? Es bueno llorar. Crecemos con esas ideas viejas. En el fútbol estamos muy atrasados y hay temas que no se tocan.

–Pasa también cuando decimos que los jugadores no pueden expresar su homosexualidad abiertamente, por ejemplo.

–Claro. Machismo. Yo creo que hay muchos jugadores que tienen depresión y que no lo saben. No lo pueden detectar. Piensan que es un mal momento o una mala racha, porque no están capacitados para saber lo que sienten. Yo mismo lo sentía y no sabía lo que era. Pero me llegaba la pelota y yo ya me daba cuenta que iba a errar el gol. Estaba mal. Y no podía decirle al técnico que no me ponga. Cuando te pasa eso entrás una bola de nieve que se va agrandando y que cada vez es más pesada.

–¿Identificar lo que te pasó te humanizó?

–Sí. Hoy me quedo hablando con gente que pasa por lo mismo y me preguntan cómo pude salir. Y yo les digo que pensaba igual que ellos, que nunca iba poder. Pero pude. Hay que ser positivo y ver la vida con amor. Hoy, cuando me pongo de mal humor o estoy mal, que es algo que puede pasar, aprendí a hacer un click en la cabeza para encaminarme a arrancar bien el día. Es mi defensa.

–Nadie te había enseñado a defenderte de eso.

–Claro. En el fútbol te enseñan a parar una pelota, a ser más fuerte y a ser más rápido, pero no te enseñan a ser persona. Te dan muchos valores, es cierto, pero hay cosas que no te las dan.

–¿Lo hubieras podido prevenir?

Es que creo que todo lo que te va pasando te hace aprender y no sos el mismo de ayer. Tal vez hubiera logrado que no me pase en ese momento, pero me habría pasado más adelante. Tal vez en diez o quince años. Iba a llegar un momento donde iba a explotar, porque eso es inmanejable.

¿Quién te empujó a pedir ayuda?

–La que era mi pareja en ese momento. Estábamos mal y ella me aconsejó que fuera a terapia. Yo no le decía que no tenía ganas de entrenar. Se lo escondía. Pero me veía mal, me dio ese consejo y me cambió la vida. Ir a terapia me salvó. Incluso fue la terapia misma la que hasta me empujó a separarme de ella. Y en el medio perdí a mis hijos. Es tristísimo, pero en ese momento pensaba que era un mal padre por irme de mi casa… (se quiebra). Después me di cuenta que mis hijos siempre van a querer que yo sea feliz. Y si yo no estaba feliz, ellos no iban a ser felices. Eso fue fuerte y me hizo aprender que yo tengo que estar bien para poder estar bien con ellos. Cada piedra y cada momento malo te va preparando. Yo hoy disfruto a mis hijos. En ese momento no los disfrutaba. Era un tipo súper infeliz. Es terrible decir eso, darte cuenta que no disfrutás a tus propios hijos. No me daba cuenta que les hacía mal a ellos. Hoy no los tengo todos los días, pero cuando están conmigo los disfruto al máximo. Aprendí.

–¿Qué sueños te quedan por cumplir?

–Quiero ser feliz. Hoy disfruto de ser feliz. Hoy día me miro y digo: “¡Qué boludo que era!”. ¡Con la de cosas jodidas que hay en la vida! Esta semana fuimos a ver a un nene de Racing que perdió al papá y a la mamá y no sabés la fuerza que tiene ese nene. Cuando le dijeron que estaba yo, me pidió cantar Bebecita, el tema que siempre canto. Me mató. Me fui afuera, no aguanté y me puse a llorar. Entonces, me puse a reflexionar que a veces somos muy egoístas al pensar solamente en nuestros problemas y no en los del otro. No valoramos lo que tenemos. Siempre es más fácil fijarse en lo bueno que tiene el otro y en lo malo que tiene uno. Una vez que me acomodé, volví a dónde estaba el nene y me puse a cantar Bebecita con él. Después me quedé hablando con la tía y con el hermano y les contaba que me sorprendió su fuerza. Y su tía me dijo algo que me quedó: “Tal vez esto nos pasó para que nos demos cuenta de lo fuerte que es él”. Y a veces es así en la vida.

–¿Qué te dio Racing en medio de lo que te pasó?

–Mucho. Muchísimo. Cuando se enteraron de lo que había pasado, porque a algunos les había contado y a otros no, me apoyaron muchísimo. Chacho, Licha, Diego Milito, todos. Me pasó de encontrar una casa en este club. Antes no quería ir a entrenar y ahora a veces me quedo esperando a mis compañeros después del entrenamiento o nos pasamos una hora tomando mate.

–Pareciera que después de contarlo sos un pibe más libre.

–Me saqué una mochila terrible. Llegué a pesar 11 kilos más que ahora. Y no era que comía o tomaba una barbaridad, era toda la tensión que tenía adentro. El espejo me odiaba. Yo me odiaba. Un amigo que es como un hermano me repite que no puede creer que ahora me ve más joven. “Me encanta verte así”, me dice. Y ahora me ves llorar, porque puedo darme cuenta. Antes no me daba cuenta de eso.