Federico Grabich

El dueño del reloj

El único medallista argentino en un Mundial de natación vive dentro de un mar de números. Una vida marcada por segundos, centésimas y milésimas dentro del agua.

Si en su Casilda natal, allá en el siglo pasado, alguien le hubiese preguntado al pequeño Federico qué pensaba de Erich Fromm, seguro no hubiese sabido qué responder. Porque no lo conocía. Porque no tendría porqué saber de aquel filósofo alemán que nació en 1900 y se hizo conocido en el mundo por su manera de darle a la psicología una revolucionaria perspectiva humanista.

Fue el propio Fromm el autor de una frase que describe a la perfección la historia del pequeño Federico. “Cada decisión que tomamos nos transforman en lo que somos, constituyen la vida que elegimos y de esa forma somos lo que pensamos, lo que elegimos pensar y lo que elegimos hacer”.

Y si cada decisión nos transforma en lo que somos, Federico Grabich resume a la perfección esa máxima. Porque se dividía entre los aros de básquet y las piletas de natación, pero la determinación que tomó modificó su horizonte: dejó a un costado las zapatillas y los pantalones cortos y entendió que las antiparras iban a ser su acompañante de ruta. El dueño de varios récords nacionales, medalla dorada en los Panamericanos de Toronto 2015 y único argentino en subirse a un podio mundialista en una prueba en piscina olímpica, le contó a Enganche sobre su gran obsesión: los números. Adentro y afuera de la pileta.

–¿Cómo te tiene la cuarentena?

–En un principio lo tomé tranquilo porque no pensé que iba a durar tanto. Ya se extendió bastante. Empecé entrenado muy bien en casa, lo que iba pudiendo; pero las ganas van mermando de a poquito.

–¿Y cómo manejan la cabeza los atletas de alto rendimiento cuando ya tienen todo armado y se van cayendo los faros que los van guiando?

–En mi caso, hasta que no se suspendieron los Juegos [Olímpicos de Tokio] era difícil porque no sabía cuánto tiempo iba a estar así. Y no estaba clasificado, entonces, la incertidumbre era mucho mayor. De última, si clasificaste vas ir vas a ir a los Juegos, en otro estado diferente. En cambio, yo no sabía si podría participar, ya que clasificarme después de 15 ó 20 días en casa sin entrenarme, iba a ser muy difícil. Personalmente, lo tomé bien. La postergación me dio mucha tranquilidad y la fuerza necesaria para estar, tal vez un mes más de lo que yo pensaba, quieto, solamente manteniéndome con la bici y las pesas. Si no se hubiesen postergado, hoy estaría en otro panorama totalmente distinto.

Federico Grabich en su lugar en el mundo: la pileta. Photo Stephane Kempinaire / KMSP / DPPI

–¿Cómo es nadar en la incertidumbre?, porque estás nadando en aguas que no conocés. ¿Qué te permitís y qué no? ¿O el cuidado es como si estuvieras compitiendo todo el tiempo?

–Lo tomé como las vacaciones activas que iban a venir en agosto. Adelanté mis vacaciones, sabiendo que clasificara o no, iba a nadar hasta los Juegos. Ahora empieza todo de nuevo, como empecé el año pasado después de los [Juegos] Panamericanos, cuando me tomé 20 días. Es un plan idéntico al del año pasado. Ahora estoy tratando de ganar días en el gimnasio. Por eso, alquilé pesas y demás, para no quedarme y llegar lo mejor posible cuando pueda volver al agua. Tampoco puedo decir que soy súper estricto con las comidas, no. Este tiempo me lo tomo para intentar relajarme un poco de esta locura que estamos viviendo.

Almeyda, hace unas semanas, nos dijo que se hizo entrenador porque ningún DT le había dicho a él que tenía que disfrutar del fútbol. Y Estanislao Bachrach también nos decía que el cerebro prefiere tener razón a ser feliz, entonces te va a llevar siempre a tener razón. ¿Vos llegás a disfrutar lo que hacés?

–Sí, gran parte de lo que hago lo disfruto. No todo. Obviamente, la parte del entrenamiento es la que más me cuesta disfrutar. Me cuesta disfrutar por algunos motivos que me exceden. Por ejemplo, no tener grupo. Eso es algo que no me hace disfrutar porque, realmente, me apasiona cuando puedo entrenar con un equipo. Por eso, cada vez que puedo, me entreno con un amigo. En una época convencí a un amigo en Rosario, ex nadador que era rival, que se pusiera a entrenar todo un verano. Lo había visto un poco subido de peso, acostumbrado a verlo en forma, y le dije que viniera porque nos servía a los dos. Y no era alguien de mi nivel en ese momento, pero me servía que estuviera ahí. Cuando estoy solo es difícil, se hace tedioso. Pero uno piensa que esto es una balanza: hay cosas que son muy buenas y otras que no. Evidentemente, lo bueno es mucho más importante que lo malo.

–Estás pasando la cuarentena con tu novia pero, ¿qué pensás cuando estás nadando, solo? Delfina Pignatiello dice que canta mientras cuenta las piletas que va haciendo…

–Cuando iba al colegio estudiaba, repasaba, me acordaba de cosas. Por ahí Delfi hace tiradas largas, minutos y minutos. Lo mío es más corto y requiere mucha concentración en ese momento específico. Últimamente aprendí, a partir de un trabajo con un psicólogo, a enfocarme en el momento, en lo que estoy haciendo para ser súper consciente de lo que estoy haciendo ahí. Si estoy haciendo técnica me enfoco en eso y que eso sea lo que ocupa mi cabeza. Hay días que estás cruzado y todo lo que te pasa por afuera repercute en el entrenamiento, influye directamente. Lo tomo como un espacio para mí, para desarrollarme lo mejor que pueda.

–Y con la frustración, ¿cómo te llevás?

–Acostumbrado. En el deporte son más frustraciones que victorias y aciertos. He perdido muchas más veces de las que he ganado, he subido marcas muchas más veces de las que las he mejorado. Uno se acostumbra a eso. Las primeras veces son duras, las primeras críticas son duras. Son parte y ayudan un montón. Ayudan mucho más que las victorias y las medallas. A mí me ha ayudado más un tiempo que no salió, un torneo que en el que no clasifiqué, un crítica dolorosa, que una medalla. Las medallas te relajan.

–En un deporte como la natación, ¿qué críticas te duelen? Porque no es una disciplina de la que se hable mucho…

–Generalmente las que aparecen en los Juegos Olímpicos, porque algún que otro periodista tiene demasiadas expectativas. Es que por haber ganado tal o cual torneo uno tiene que ganar. Todos los torneos son diferentes. Es un deporte que no se repite mucho. Salvo cuando corría [Michael] Phelps, es raro que gane el mismo. Siempre es un mismo grupo. Y acá si no repetís lo que hiciste en algún momento de tu carrera está mal. Aprender a sacarte de encima el objetivo del resto cuesta un par de años, tal vez un ciclo olímpico [cuatro años].

–Entonces, ¿te costó Río de Janeiro 2016?

–No, me costó más Londres 2012. Río me frustró más por lo que terminó siendo el resultado que por no cumplir con las expectativas que tenían los de afuera. De hecho hablé poco con la prensa, porque estaba en un proceso interno diferente y lo que dijera no iba a tener nada interesante, no iban a sacarme nada. En lo personal siento que había sido el mejor ciclo de entrenamiento de mi vida, me tiré y no salió.

–Ustedes tienen un contacto previo a la competencia que es cuando van a la pileta asignada para la entrada en calor, ¿qué sensaciones tenés cuando decís “hoy me veo mal”?

–No la vi mal. Al contrario, me sentí bien. Los días previos estuve muy bien, pero no se dio y la marca, sin embargo, no fue mala (15 centésimas por encima de la que había nadado en las eliminatorias del Mundial). Acá lo que falló fue no tener una segunda chance. Llegué de una manera distinta a Londres, donde accedí por una casualidad, por una ventana, después un buen proceso previo y el resultado final no fue el esperado. Pero eso no quita los cuatro años de buen entrenamiento.

–¿El éxito es el camino que uno elige? ¿Qué es para vos el éxito?

–Es difícil.

Luis Scola nos dijo que toda su vida se entrenó para subirse a lo más alto del podio olímpico y cuando se subió fueron 12 minutos…

–Claro, en mi caso fueron 48 segundos 70. Si hubieses sido 48 segundos 56 hubiese entrado. Por eso digo que el no haber entrado no borra todo lo previo. Creo que hice un proceso exitoso sin el resultado esperado. No puedo decir que fue un fracaso.

–¿Por qué a Londres lo tenés más abajo todavía?

–Porque no había hecho la marca A para entrar. Y eso te indicaba un cierto nivel. Nunca estuvo en mi cabeza hacer la marca B, en ninguno de los Juegos. Yo no quiero clasificar así, quería estar con la marca de nivel. Había estado cerca y sobre la fecha, un mes antes, no estaba en la lista. Me sentía en la cuerda floja. Y 20 días antes tampoco estaba. Una semana después estaba en la lista y el proceso en el último mes fue muy malo. Venía de tantos torneos compitiendo para lograr la marca A y no hacerla que se hacía cada vez peor, lo tenía cerca pero no lo podía alcanzar y era una pelota de nervios. Ese fue el aprendizaje para no repetirlo en Río al que accedí un año y tres meses antes de hacerse: el 1 de marzo de 2015 la consigo con marca A.

–¿Cuál es tu relación con el tiempo?

–Obsesión. Me gustan mucho las estadísticas, los números, saber, acordármelo, probabilidades. Estoy muy conectado con eso. Estoy mucho tiempo pensando en eso. Hoy recuerdo la mayoría de muy buenos entrenamientos en los últimos 10 años. Mónica [Gherardi] mi entrenadora los tiene anotados. Cuando viene y me dice porque esta serie la hiciste en el 2016 y yo sé el tiempo. Me gustan los números, pero en algún momento terminan pesando, porque este deporte se define por centésimas.

–Fuera de eso, ¿usás reloj?

–No, no uso nada en el cuerpo y menos para el deporte. El reloj, para eso está el entrenador. Rara vez me he tomado un tiempo. Mónica me toma hasta el tiempo que tardo en cambiarme en el baño.

Federico Grabich y su obsesión con el tiempo.

–¿Cómo es tu relación con el tiempo cuando te estás entrenando? ¿Vos te das cuenta cuándo tocás el tiempo que hiciste?

–Sí, rara vez no me ha pasado. Por ejemplo, en el Panamericano de 2015, que a la mañana había batido por mucho el récord argentino, no tenía ni idea si había estado 2 segundos arriba o 1 segundo abajo. De hecho fue lo que le dije el día previo a Mónica. Le dije: “Moni, no sé si vine y hago un desastre o un tiempo glorioso”. Por suerte salió glorioso. Realmente no tenía sensibilidad del tiempo en que estaba nadando. Sí sabía que estaba bien. Pero a veces el hecho de saber que estás bien te termina generando una presión extra. Esa vez salió bien y otras no.

–Si pudieras volver a nadar una carrera, ¿cuál elegís?

–200 libres del Panamericano de 2015. En esa carrera estaba para hacer un tiempazo y me ganaron los nervios. Quedé segundo, tampoco es malo. Pero hoy viéndola de lejos, pasé como una moto y no la aguanté al final.

–¿Cómo es cuando te ganan los nevios?

–Soy una persona que no suele estar nerviosa. De hecho mientras más difícil la tuve, más relajado estaba. Tal vez me pone nervioso lo fácil. Un campeonato argentino podría ser. Estar nervioso es no encontrarte técnicamente en el agua. No sé si pasa en otro deporte, pero el contacto con el agua te permite saber cómo fluye el agua, cómo entra la mano, con qué coordinación uno está nadando. El día que no te encontrás no coordinás las piernas con los brazos, cometés errores que generalmente no suceden. Y cada uno de esos errores requieren un esfuerzo mayor o vas más lento.        

–¿Cómo es estar en un deporte que las potencias mundiales son monstruos deportivos? Porque en el fútbol, Estados Unidos o China no son potencias…

–Porque no quieren todavía (se ríe). En una época era decir me ganó porque tiene una pileta más linda, me ganó porque tienen un gimnasio más luminoso, pesas más copadas. Hasta que llegó un momento en el que me encontré entrenando en otros países y entendí que la pileta podía ser más linda pero el agua es la misma. Tienen una gran ventaja en cuanto a la tecnología y demás. No estamos limitados por los recursos. En marzo me voy a entrenar afuera porque en marzo me cierran la mayoría de las piletas de mi zona y eso es algo que no pasa en otros países que sean buenos en natación. Y acá siempre pasa y eso tira para atrás. Y al estar todo tan concentrado en Buenos Aires es difícil cada marzo mover todo un equipo a Buenos Aires. No tener competencia interna frecuente también te tira para atrás. Esto es algo que no sé si se puede solucionar, porque no hay un gran caudal de nadadores para hacerlo. De movida, nos tenemos que mover 10 horas para competir. Estuve en Australia y lo máximo que te movés es una hora en avión. En Estados Unidos y Europa es similar. Es algo que te perjudica y uno aprendió a convivir con eso. Un nadador argentino de selección está acostumbrado a competir menos de 10 veces al año y eso no pasa en otros países.

–¿Y cómo hacés para decir “con todo esto quiero seguir siendo nadador”?

–(se ríe) Creo que es algo muy fuerte. Puedo estar entrenando desde mañana hasta los Juegos Olímpicos sin competir una sola vez. No te digo que después vaya y me salga el mejor tiempo de mi vida. Pero mentalmente lo puedo afrontar, lo puedo superar, me puedo automotivar para que llegue ese día. Yo no creo que en el resto de los países suceda así, porque están acostumbrados de otra manera. Si a un nadador estadounidense le decís que durante un año no compite y entrena creo que se vuelve locs. Ellos están en un círculo que les permite estar motivados todo el tiempo, con competencia en el entrenamiento, que es fundamental. Y esas cosas nosotros no las tenemos.

–¿Brasil es lo más cercano a lo que tenemos en el primer nivel acá?           

–Sí, lejos. Supimos estar muy cerca de Brasil, pero dio un paso hacia adelante diferente.

–¿Río 2016 fue ese empujón?

–Los Juegos de Río los ayudó en cuanto a la inversión por el deporte. Pero, de todas maneras, su infraestructura para la natación es buena, tienen otra cantidad y calidad de nadadores, una tradición distinta a la nuestra. En un momento supimos estar a un nivel parecido y hoy considero, salvando algunas pruebas, que es muy grande la diferencia que nos han sacado. Y a eso se le suma la cantidad de nadadores que tienen por prueba. Que hoy 4 nadadores brasileños en 100 metros pecho puedan ser finalistas olímpicos, es una locura. Están dejando afuera a dos tipos que tranquilamente podrían estar en una final.

–¿Cómo es la pileta de unos Juegos Olímpicos? Lo digo en el sentido de lo que significa nadar en unos Juegos…

–La pileta es la misma, lo que cambia es el ambiente que se respira. En un Mundial, algún que otro nadador de gran nivel puede llegar más o menos. En un Juego Olímpico están todos preparados en su mejor forma. La gente lo toma como tal, el público es distinto, se vive de otra manera. El Juego Olímpico tiene otro espíritu. En el Juego Olímpico hay una mística enorme. Ya estar ahí es un premio inolvidable y si tenés una buena competencia mejor aún.

–En cuanto al ambiente, ¿cuál disfrutaste más? ¿El de Londres al que entraste como dijiste por la ventana o en Río, donde ya eras alguien más conocido?

–El de Río, pero no por ser alguien o no. Por cómo me lo tomé yo. El de Londres tuvo la particularidad de que el equipo era reducido: éramos dos chicos y dos chicas. Yo era muy joven, los otros chicos estaban en otra edad, no nos conocíamos tanto. Era un grupo muy desunido y no porque hubiera mala onda, sino porque no habíamos tenido mucho contacto previo y cada uno estaba en la suya. Y a Río, el equipo ya venía laburando hace tiempo y ya éramos amigos. Y eso lo hizo distinto y eso hace que tengas más afinidad.

–¿A quién le pediste fotos?

–Con Phelps, un día que subí al colectivo e íbamos en el primer asiento. Me acuerdo que me temblaba todo, me quedé petrificado. Iba re tranquilo a todos lados, en cámara lenta; sólo nada rápido, después todo lo hace lento. Con Manu [Ginóbili] y algunos deportistas argentinos que teníamos la misma empresa de publicidad. Después, muchas fotos con mi familia y mis amigos.

–Después de vivir un Juego Olímpico con tu familia, ¿de dónde se sacan las ganas para ir por más?

–Es re difícil, me costó mucho y me sigue costando. Tuve un par de años más o menos después de Río 2016. En 2017 fue más o menos y 2018 peor, 2019 mal y sobre el final del año pasado, con los Panamericanos, me replanté seguir de otra manera o dejar. Venía de una lesión en la cintura que me empezó a afectar mucho en los últimos meses y no llegué como esperaba a los Panamericanos. Me lo propuse y empecé a ver cambios, empecé a encontrar motivación donde antes no la encontraba. Me di cuenta que todavía había algo en el tanque para quemar hasta que me llegó la cuarentena.

–En esto de los tiempos, de las milésimas y las centésimas, ¿cuánto tenés que entrenarte para bajar una marca o depende de cómo te levantás?

–Depende de cómo me levanto, pero bajar un tiempo es parte de un proceso. No es que hoy me levanté bien y lo bajo. En 200 no bajé nada, mantuve el nivel de los últimos 4 años. Nadie te asegura nada.

–¿Cuál es tu primer recuerdo con la pileta?

–El recuerdo que tengo es entrar en el grupo de mi edad y ser el último. Es lo que peor recuerdo y fue durante muchos años que fui el último de la fila. Y yo quería largar primero y no me daba, porque los que venían atrás me tocaban las piernas y la entrenadora me mandaba atrás. Ahí salieron mis primeras motivaciones para avanzar en el carril. Después, a medida que uno avanza, va buscando más y más y más. Hay poco techo en esto, salvo que seas Phelps que ganaste 8 de oro, siempre tenés algo más.

–¿Cuántos años tenías cuando empezaste?

–Tenía 10 años, jugaba al básquet. Mi entrenadora era amiga de mi vieja y una vez fue y planteó que había una beca de la provincia [de Santa Fe] para aprender a nadar y arranqué. Ella estaba entusiasmada que vio algo en mí, algo que me dijo y empecé. Al mismo tiempo jugaba al básquet y lo hice durante 5 años hasta que se hizo inviable porque los sábados tenía que competir en una de las dos disciplinas y a veces en las dos y era difícil. Y para el básquet creo que no tenía tanta capacidad como para nadar y me volqué a la natación, si bien el básquet me gustaba más.

–¿De qué jugabas al básquet?

–Debajo del aro, porque a los 13 años le sacaba una cabeza a los demás. No creo haber sido bueno. No creo que hubiera salido más allá de la Liga de Casilda o de Rosario.

–¿Qué tiene Casilda para los deportistas? Está Armani, estás vos, Sampaoli…

–Lo que tiene Casilda es clubes muy competitivos, sobre todo en fútbol. De la misma Liga salieron Scaloni, Vila, Armani y el hermano, Bustos. Esa competitividad potencia el nivel, no tengo dudas. Y eso es lo que te hablaba antes sobre la natación. De tener varios de buen nivel te hace mejorar. En la natación, cinco años de que yo arrancase, mi entrenadora tuvo una medallista panamericana que además participó de un Mundial. Tiene que ver puramente con mi entrenadora y la convicción que ella tiene sobre lo que podemos lograr. Mónica desde que tengo 15 años me jode con los Juegos Olímpicos y los Mundiales de natación y recién lo pude conseguir 8 años después, y sin saber que eso podía pasar. Tiene que ver con las convicciones que mi entrenadora me pudo transmitir.

–¿Qué se siente estar en un podio mundialista?

–Fue un día de ensueño. De sueño no, de no sueño, porque yo clasifiqué el día anterior a la mañana y quedé 3° o 4°; a la tarde se corrió la semifinal que son los 16 mejores, ahí quedé 3° y se corría al otro día a la tarde. Nunca había corrido una final y estaba en zona de podio. Imaginate los nervios y se armó cierto revuelo porque me llamaron muchos medios y yo no estaba acostumbrado a eso. Venía de los Panamericanos, donde había ganado, pero ahí fue mucho más. Cuando entré al Mundial, vi el podio y me imaginé que podía tener una medalla. Había ido a muchos mundiales y yo veía y pensaba en lo lindo que podría ser. De ahí a llegar y encontrarme con posibilidades es un camino. Así corrí al otro día.

–Cuando tocaste, ¿sabías que te había ido bien?

–Sí, sabía que iba a estar cerca porque estaba nadando bien. El cubo en ese Mundial ponía tres lucecitas al costado de la conejera y si se prendía 1 eras primero, si se prendían 2 eras segundo y si se prendías 3 eras tercero. Cuando llego y veo tres luces en la placa dije “listo, ya está, se cumplió”.

–¿Qué fue lo primero que pensaste?

–Pensé en todo el esfuerzo que había hecho para llegar ahí. Fueron muchos años para llegar ahí, muchas carreras perdidas, muchas alegrías y muchas tristezas. Fue un camino duro y lindo. Cuando lo conseguí ya me puse a pensar en Río.

–¿Cómo es estar en un deporte en el que, salvo José Meolans, casi no hay referentes?

–José y Georgina Bardach tuvieron logros increíbles. Fue siempre mi referente y pude hasta competir con él en su última carrera. No me motivo solo con la natación, he visto mucho atletismo, las carreras de Bolt. No me canso de mirar sus carreras. Muchos relevos de natación de los cuales aprendí y traté de capitalizar. A muchos de los rivales a los que les gané en el mundial me cansé de verlos en videos antes de competir. Los conocía a todos, sus estrategias, sus ritmos de brazadas, sabía hasta los mejores tiempos de cada uno.

–¿Nadás entre números podría decirse?

–Sí, porque siempre estamos entre números. Es lo mismo que a veces te generan, pero siempre estás atado a los números.

–¿En qué club jugabas y nadabas?

–En Alumni, yo soy de Alumni. Es el amor por el club.

–¿Cómo ves el fenómeno de Delfi [Pignatiello]?

–Tienen un futuro enorme. Supongo que el Juego Olímpico es un nivel diferente al que ella está acostumbrada a nadar y está en un nivel excelente. Podría estar entre las primeras ocho, ojalá que más arriba. Pero es un nivel muy difícil, no sé cómo quedará después de la pandemia. La he visto entrenar en Australia y estaba muy bien. Por donde ha pasado ha ganado. Lo que le pasó en el último tiempo con el cambio de entrenador lleva una adaptación. Está en un gran camino para competir. Ella es joven, tiene 20 años, y el ritmo lo recupera mucho más rápido. Se estaba preparando muy bien. Por lástima tiene en su prueba a [Katie] Ledecky.

–¿Es un boom de popularidad para la natación?

–Que viene bien no tengo dudas, en especial para ella. Pero la misma popularidad te puede traicionar porque hoy todo es más público. La popularidad es linda pero tiene sus cosas, hay que aguantarla. Es todo muy lindo hasta que no es tan lindo. Creo que a ella le gusta, es muy activa en las redes, genera contenido. Y que se hable más de la natación le conviene al deporte.

–¿Te acordás de tu primer pelopincho?

–Tenía un año y medio y mi papá me agarró del pie y me metió abajo del agua. Tengo el video que mi abuelo le dice que me iba a ahogar. Ese fue mi primer contacto con el agua. Lo pasaron de casete a archivo digital y era terrible lo mal que nadaba. Nadaba mal, todo despatarrado, iba último. Cuando decidí había alcanzado mis primeros podios y me llamaba mucho la atención viajar. Hasta ese momento, a los 14 o 15 años, sólo había ido a los países limítrofes. Pero hacerlo solo, sin mis viejos a Brasil era muy lindo.

–¿Tu peor experiencia nadando?

–Una vez nadé con el slip en las rodillas, en un torneo en San Jorge. Me tiré y me había olvidado de atarlo y lo hice con el slip en las rodillas toda la carrera, todo el culo al aire. Una mala experiencia, una vez que tenía que clasificar para mi primer Mundial, en 2009. Me fui a Brasil, competí el primero día y no conseguí la marca en 100 libres. Al otro día lo tenía libre y al otro competía en 50 espalda que era mi fuerte. El día del medio, como no teníamos nada, entrenamos a la mañana y nos fuimos a tomar sol a la playa. A las 15 nos fuimos, antes de volver a la pileta para ver cómo competían. Llego sobre las finales y Moni lee que ese día se corrían 50 espalda. Era ese día. Me cambié rápido, todo agitado, me pongo la malla, llego de casualidad, se me llenan de agua las antiparras y me daba el sol. Llego y toco la pared con la cabeza y la mano pega en el cubo y me quedó como una pelota de fútbol. Al otro día corría de nuevo y lo hice lejísimos porque no podía mover la mano.

–¿Cómo se labura el error?

–No soy mucho de reprocharme errores y frustraciones. Tuve una época en la que sí lo hacía, pero ya no. Ahora convivo con eso. Me duele más arrepentirme de no haber entrenado o hacerlo más o menos a que me vaya mal. Si entrenás bien y te va mal, puede pasar. Pero si es porque no entrené bien, me duele mucho más.

–¿Cuál es la medalla que más atesorás?

–La del Mundial y las del Panamericano. Esas tres engloban un momento de mi vida muy importante.

–¿Cuál fue el click? ¿Cuándo te diste cuenta que eras bueno?

–Cuando terminé el colegio y empecé a entrenar doble turno. Cuando sin querer en un Mundial de Juveniles me quedo a 7 centésimas de la marca de Pekín. Ahí bajé de 59 a 57 y quedé cerca. A partir de ahí lo empecé a mirar de otra manera. En ese momento José no se había retirado y ese empezó a ser la motivación: ir por José y que sea el camino porque él clasificaba a todos los torneos. El año en que se retiró empecé a batir los récords de él y eso me ayudó a darme cuenta por qué él era lo máximo. Ganarle a tu ídolo o superar las marcas es muy bueno y te incentiva.

–¿Pensaste en dejar alguna vez?

–No, nunca. Por más que todos los días me levante sin ganas de entrenar. Pero voy y entreno y saco lo mejor. El levantarse dolorido es una de las peores cosas con las que convivo. Después pasa, por más que muchas veces no encuentre las respuestas.

–¿La adrenalina de nadar la encontrás en otras cosas?

–La de competir es difícil. Si me junto con mis amigos encuentro algo parecido. Pero es un deporte de equipo, acá sos vos.

–Federer contó que le encanta el fútbol y jugaba de arquero pero como no quería echarle la culpa a sus amigos por las derrotas empezó a jugar al tenis…

–En la natación pasa lo mismo: depende exclusivamente de vos. Si nadás bien, perfecto. Pero si te va mal, la responsabilidad es tuya.

–¿Qué significa el sufrimiento?

–Ir a entrenar dolorido y cuando estoy en casa que quedo reventado. Son días y días de dolores musculares y sabés que te quedan series de sentadilla o de patada. Nadar cansado es durísimo. Eso es durísimo y genera un humor que mejor no te cruces.

–¿Cómo es tu relación con el mundo exterior cuando nadás?

–Generalmente busco momentos cuando no hay gente para concentrarme. Afuera es diferente porque en el horario en que se entrena no vuela ni una mosca.

–Si te tuvieras que tatuar un número, ¿cuál te tatuarías?

–El 7, el número con el que jugué al básquet.

–¿Qué le dirías al Fede que decidió ser nadador y no basquetbolista?

–Que siga lo que quiere, lo que le parece. Que lo haga con todas las ganas, con la responsabilidad que se merece.