El equipo de nuestro barrio

Nuestro barrio tenía más o menos la misma gente que cualquier barrio: un pelado que en sus años de número 9 le había hecho un gol a Amadeo Carrizo, una flaca que había vencido a Roger Federer en una final de dobles mixto, un tío que le había sugerido al padre de Messi que llevara a su hijo a gambetear a Barcelona y seis o siete vecinos que, desde luego, habían habitado las tribunas del estadio de Argentinos Juniors durante la tarde del miércoles en el que Maradona debutó en Primera. Como se ve, nada que genere sorpresas: un barrio que en esta época se precie de su condición de barrio tiene todo eso y, probablemente, cuente además con un galán en declive que en un verano viejo invitó a salir a Sofía Loren y con una guitarrista que perjuró haber sido convocada por Luca Prodan cuando formó Sumo y que rechazó el convite porque le tocó ser telonera de los Rolling Stones en un pueblo cuyo nombre le costaba pronunciar.

Nuestro barrio era, entonces, una fotocopia de otros barrios salvo por algo que constituía bastante más que un rasgo, mucho más que un detalle, muchísimo más que una excentricidad. Nuestro barrio ostentaba el honor de haber alumbrado a un grupo deportivo que ni procuraba imponerse a Amadeo Carrizo o a Roger Federer ni tampoco emular a Messi o a Maradona. Nuestro barrio acariciaba las nubes o se hundía en tristezas fugaces según cómo le iba en las canchas y en la vida al equipo que nos representaba. Sucede que nuestro equipo de fútbol era esencial para el mundo: jugaba contra la sociedad del espectáculo. 

Como intuirá cualquiera que recién ahora esté descubriendo al equipo de nuestro barrio, a muchas personas se les complicaba comprender qué hacíamos exactamente. Sin ir más lejos, la Tía Francisca, maestra de las que le sacan brillo al aula, se tomó sus almanaques largos para darse cuenta. Luego de muchos inviernos de ofrendarle argumentos, recién la notamos rumbeada en un mediodía en el que preguntó si nuestro equipo jugaba, por ejemplo, contra Mirtha Legrand. Le contestamos que era eso aunque no tal cual eso. Le desmenuzamos que no se trataba, al menos en este caso, de una puja específica con la señora Legrand sino con el concepto de que los individuos y las cosas importan si poseen resonancia, reconocimiento social, propaganda, publicidad, fama y recontrafama.

-Nuestro equipo juega al fútbol muy bien, pero juega con una idea para derrotar a otra idea. Nos gustan muchas de las emociones que el fútbol y los grandes futbolistas provocan. Lo que no nos gusta es lo que la sociedad del espectáculo hace con esas emociones-, le resumió nuestro número 4, mezcla de Cafú con Zanetti y el Sapo Villar, a la Tía Francisca.

Luego, con los botines puestos y un 4 desteñido ocupándole la espalda, antes de que la Tía Francisca supusiera que esa tarde nos tocaba cruzarnos con Mirtha Legrand, con Tom Hanks o con el alucinante Stephen King, completó: “Lo que vale es ser y no aparecer. Y, encima, la aparición es ahora algo que se compra o que se vende, una mercadería. No jodamos: la vida es o tendría que ser diferente”. Y se fue a los piques porque se le hacía la hora de un partido.

Ahí residía la clave del equipo de nuestro barrio: en la hora. En la hora y en el lugar. Casi nadie sabía casi nunca cuándo jugábamos, dónde jugábamos, contra quién jugábamos, en qué campeonato jugábamos y, menos todavía, si nos ubicábamos penúltimos o terceros en alguna tabla de posiciones. Sólo jugábamos. Jugábamos a gozar y, también, a rabiar. Jugábamos para ser mejores que los otros y, sobre todo, para ser mejores que nosotros. Y nada de eso dependía de que lo que hiciéramos con la pelota o sin ella fuera visto por muchos, por muchísimos, por muchisísimos.

Ni siquiera el arquero del equipo de nuestro barrio, lector consecuente desde el segundo recreo en el que se transformó en alumno de la Tía Francisca, había escuchado el nombre del francés Guy Debord, autor, precisamente, de La sociedad del espectáculo, un libro que había sido analizado, inclusive, por la propia sociedad del espectáculo desde que se publicó en los sesenta. Y cuando la Tía Francisca nos empujó a leer esa obra después de un desafío contra un rival cuya identidad jamás develaríamos, coincidimos con Debord en algunos puntos, diferimos en otros y, de brutos o a causa de que se nos venía un partido muy exigente, abandonamos en otros más. En nuestra mirada, bastante más rudimentaria que la de Debord, la sociedad del espectáculo era, esencialmente, una porquería. Quizás nuestro número 7 le hubiera tirado centros exactos a Debord, pero ser número 7 le colmaba el reloj. “En la sociedad del espectáculo, la gente se exhibe más de lo que vive o vive para exhibirse: el éxito lo define cuánto y cómo te mostrás. Y lo que se muestra se convierte en negocios, en guita, en general guita de pocos. Por eso no nos mostramos. Cuanto menos nos mostramos, más cerca estamos de cantar victoria frente a la sociedad del espectáculo”, abreviaba ese número 7 cada vez que, con un amague, sentaba de culo a uno de sus marcadores y, de inmediato, lo levantaba y le rogaba que no divulgara la belleza de ese amague para evitar que fuera espectacularizado.

Los amagues de nuestro número 7, los quites elegantes de nuestro número 5, los tiros libres de nuestro número 11 y, ni hablar, los goles de nuestro número 9 nos pusieron en la frontera más determinante con la que nos topamos. La verdad es que el planteo nos lo formuló la guitarrista que le había devuelto un no a Sumo y un sí a los Rolling Stones. Nosotros habíamos aceptado que fuera testigo del segundo tiempo de un clásico de un viernes a la noche luego de que nos admitiera que ya no necesitaba de ninguna grandilocuencia y que si rasgueaba al lado de Mick Jagger o de su prima se sentía igualmente plena:

-¿No creen que, al pelear contra la sociedad del espectáculo, le quitan la posibilidad de disfrutar de lo bueno que hacen a muchos futboleros que no son de este barrio y que no están enterados de que tenemos un equipo así?

Tuvo la mejor intención del universo pero fue como si nos pegara una patada en la tibia. Lo notó y, auxiliada por el galán en declive que ahora la prefería a ella por sobre Sofía Loren, nos trajo textos de doscientos filósofos, sociólogos y antropólogos que no nos entregaban una contestación única a semejante dilema. De ahí más, deliberamos mucho.

-Jugamos a favor de lo justo para que lo justo favorezca una verdadera libertad y no la libertad que la sociedad del espectáculo te instala como “acá tenés: sos libre”. Libertad no es cambiar de canal, resolver qué foto exponés, seleccionar qué club te contrata o definir dónde te rajás en vacaciones. La libertad no es un consumo. En una de esas, el derecho libre de otros a vernos vendrá después de que avancemos en el derecho nuestro a hacer justicia-, propuso nuestro capitán, el número 5, discípulo de docentes tan encantadores como la Tía Francisca, erudito en canchas secretas y en contrincantes que se entusiasmaban con jugar con nosotros y no para la sociedad del espectáculo.

Sin embargo, el debate profundo no se cerró porque uno de los trazos sobresalientes de la sociedad del espectáculo consistía en cerrar los debates profundos. Nuestro número 6 confesó que, de tan eficiente que funcionaba nuestro rechazo a la sociedad del espectáculo, su tío, el mismo tío que le había recomendado al padre de Messi mudar las gambetas de su hijo a Barcelona, suponía que su sobrino -”o sea yo, yo que soy futbolista”, enfatizaba el número 6- despreciaba al fútbol y durante algunos ratos se esfumaba de la casa y de las calles para rezar en algún monasterio.

-Tenemos que evaluarlo, viejo, ¿la sociedad del espectáculo se combate desde adentro o desde afuera de la sociedad del espectáculo?- saltó nuestro kinesiólogo, que había modulado esa consulta en mil cónclaves desde sus jornadas de estudiante en las aulas de la Tía Francisca, aunque, en esas ocasiones, en lugar de “sociedad del espectáculo” había aludido a fuerzas políticas, a organizaciones diversas y hasta a un par de instituciones del deporte.

Habíamos transpirado los colores del equipo de nuestro barrio en canchas alojadas detrás del agua de más de una catarata, en el extremo izquierdo de un desierto en el que no reparaba la industria del turismo, en el patio de la casa de unos abuelos a los que la familia ni visitaba. No habíamos hallado la fórmula para ser invencibles de un arco a otro pero sí estábamos seguros de que abundaban preguntas para los que no correspondía siempre la misma respuesta. Así que al kinesiólogo le prometimos seguir pensando en su inquietud en cuanto concluyéramos los festejos por nuestra alegría más flamante.

¿Nuestra alegría más flamante? Hace nada se nos arrimó el pelado del gol a Carrizo y, más próximo al alivio que a la vergüenza, nos reveló que a Amadeo no lo había mirado ni de cerca: “Yo estaba enamorado de la flaca que venció a Federer aunque sospechaba que ella nunca había podido con Federer, que ni siquiera era tenista y que lo comentaba porque estaba enamorada de mí. Quizás lo que pasa es que nos acostumbramos o nos acostumbran a mostrar lo que no somos porque parece que ser lo que somos nunca alcanza. No sé si eso tiene que ver con la sociedad del espectáculo, pero ustedes me caen bien”. 

Desde entonces, el pelado se sumó al equipo de nuestro barrio. De 2, naturalmente, porque 9 nunca fue. Es un crack, casi un Perfumo. Lo vieron lucirse, felices, los seis o siete vecinos que, por cierto, no habían habitado las tribunas del estadio de Argentinos Juniors durante la tarde del miércoles en la que debutó Maradona en Primera, pero ya no andan diciendo eso por ahí. La sociedad del espectáculo no lo sabe ni lo sabrá jamás. Hay equipos y hay partidos que, en nuestro barrio o en donde sea, parecen imposibles. Pero existen.

Y a veces ganamos.