Literario

El exitoso declive de Julio César Di Pietro

En tiempos de hinchadas virtuales y relatores que acompañan ese simulacro, el Enviado nos cuenta la historia de un involuntario simulador: Julio César Di Pietro.

Mientras miraba el partido de Argentina frente a Ecuador, y maldecía que no fueran las tres de la mañana, que es cuando suele asaltarme el insomnio (para el cual, pues, habría encontrado definitiva cura); algo increíble convocó mi perplejidad, una especie de acontecimiento casi bizarro al que la orfebre realidad terminó de dar forma: el relator del partido comentó algo que la “hinchada” estaba “cantando” sobre Messi. No había hinchada, por supuesto, y hasta podríamos decir que incluso en ese partido no hubo Messi, pero esta impostura de DJs que ponchan sonidos de multitudes en los estadios tuvo en ese comentario la consumación inapelable: no hay vuelta atrás; la mismísima realidad ha sido usurpada en su versión menos usurpable: la pasión.

La máscara se ha vuelto rostro; el orgasmo fingido, clímax; el turista, viajero; el ilusionista, alquimista; la autoayuda, espiritualidad; la lata de dulce de batata, Leonardo original.

Fui entonces a ver al Enviado, para ver si compartía conmigo la preocupación, e incluso la indignación por semejante disparate. Como siempre, me sorprendió con una reflexión que bifurcaba los senderos de mi jardín.

–Ah…caramba. Es notable lo que me cuenta, discípulo…cuando algo así ocurre estaos pisando suelo sagrado. Cuando la realidad pierde frente al simulacro es porque el simulacro se ha elevado a una dimensión santa o artística…

–Claro…es como dice Baudrillard…el simulacro es más verdadero que la verdad, porque asume que no hay verdad…

–Disculpe discípulo: ¿usted no puede pensar tranquilo sin que un francés lo autorice? Estamos en la tierra de Marechal, de Borges, de Macedonio…si me va a citar a alguien venga con Platón, Aristóteles o Kant, no con esos muchachos que inventan conceptos para no aburrirse en París… Y ya que hablamos de lo sagrado del simulacro le voy a contar una historia de simulacro involuntario; la del gran Julio César Di Pietro…

Di Pietro era un locutor soberbio, que había encantado a generaciones con su voz inconfundible y su alada creatividad. No sólo el fútbol convocó a su privilegiada garganta, todo acontecimiento deportivo memorable parecía tener en su voz la más maravillosa música para acompañar la pasión de las multitudes que lo seguían.

Pero, luego de cumplir sus 70 años, un inequívoco declive pareció dar incipientes señales de estar comenzando. Al principio fueron errores o distracciones que solían ser justificadas por su entorno: “Lo tapó una bandera”, decían cuando el maravilloso bardo se olvidaba de relatar un gol y comentaba que su hija le había regalado una corbata.

A medida que sus distracciones crecían, crecía el amor de sus compañeros de cabina: frases como “Vengo de hablar con mi abuela”, eran neutralizada con “¡Y estaba comprando jabón El Gladiador…el que recomiendan las que más saben!”.

Luego vino lo más preocupante: Di Pietro no solo confundía a jugadores de un mismo equipo sino de equipos…e incluso de épocas diferentes. Una tarde se refirió a un jugador muerto hacía décadas y, ante la amable corrección de sus comentaristas, vociferó: “La lleva el finado Méndez…”.

Pero lo realmente extraño fue que los disparates de Di Pietro no solo no alejaban a la audiencia, sino que convocaban a multitudes hartas de relatores que inventan muletillas que ya no superan ni a las onomatopeyas infantiles, lloran para parecerse a Víctor Hugo o hacen chistes entre ellos que nadie entiende. Este impensado éxito de Di Pietro, por primera vez (y tal vez por única…y acaso por última vez) había logrado conjugar un éxito económico con uno humanístico: la audiencia y los sponsors crecían, y al querido viejo se lo dejaba hacer lo que más amaba, aceptando su errores como una parte de él, y no como algo que había que modificar o curar.

Así, LZ15 decidió multiplicar los relatos de don Julio, prodigándole la posibilidad de poner su voz a varios acontecimientos relevantes. Y claro, los yerros aumentaron en variedad y también en novedad. Todos recuerdan cuando el viejo se indignó porque los pilotos de turismo carretera “manejan a lo loco…”, o cuando pidió a un par de boxeadores que resolvieran sus enconos dialogando, sin necesidad de llegar a las manos (alguno hasta dijo que más razonable era la postura de Di Pietro que la de la gente que va a ver cómo dos tipos se pegan).

Era obvio que, de no decaer el éxito que no paraba de crecer, al genial relator lo llevarían como voz principal de los juegos olímpicos…y así fue nomás. Esos fueron los últimos relatos del maestro, sus última perlas. Fue brillante su interpretación del partido de wáter polo, cuando dijo que en esas condiciones no se podía jugar al fútbol; con la misma vehemencia preguntó dónde estaba la policía que no detenía al señor que estaba con un arma en el inicio de las pruebas de velocidad; y por qué los pobres ciclistas debían competir contra otros que iban cerca de ellos en moto. Curiosa fue, sin dudas, su lectura de las pruebas de jabalina o lanzamiento de disco: “Por favor, si no quieren competir váyanse…pero no revoleen así los objetos que les da el comité olímpico…”.

No hubo mucho que esperar para que acusara a una saltadora de garrocha, a quien le adjudicaba estar haciendo trampa en salto en alto, y para que se quejara, al ver los 100 metros pecho, de “Los saltos ornamentales menos creativos de la historia de los Juegos Olímpicos”.

Hombre ético, formado en los viejos códigos y el amor al deporte, el mismo Julio César Di Pietro decidió retirarse del relato cuando, según él, la indignación ante un episodio se le hizo insoportable. Una gresca de dimensiones inusitadas, en la que un campo de juego era asaltado por desenfrenados con palos, que se tiraban proyectiles mientras se corrían con furia. Pero así es el béisbol (y nuevamente, la interpretación de don Julio tal vez sea más lúcida que la de quienes creen que eso es un deporte).