Gimnasia

El Expreso platense que no pudo llegar a destino

En 1933 Gimnasia y Esgrima La Plata formó uno de los equipos más recordados de la historia del fútbol argentino. Fue el primero en pelear un torneo profesional contra los clubes grandes y también por sufrir varias injusticias arbitrales en partidos claves que no le permitieron salir campeón.

En los albores de la década del 30, mientras el fútbol argentino ya había dejado atrás su etapa amateur y el profesionalismo comenzaba a dar sus primeros pasos, hubo un equipo que se animó a pelear contra los poderosos, contra las estructuras, contra la lógica establecida. Un equipo que se atrevió a luchar contra la hegemonía de los clubes más grandes, los más ganadores, los que dominaban la escena, quienes no querían que nadie les discutiera el reinado. Ese equipo fue Gimnasia y Esgrima La Plata, uno de los principales animadores a lo largo de todo el torneo de 1933, pero también el mayor perjudicado por los fallos arbitrales en su contra en los encuentros más importantes. En 1929 el Lobo platense (aún en el amateurismo) había salido campeón del “Campeonato Estímulo”, cuando le ganó a Boca por 2 a 1 en la final, con Francisco “Pancho” Varallo como figura (quien más adelante sería traspasado a Boca, justamente). Parte de ese equipo, más varios jugadores de las divisiones inferiores y algunos refuerzos de experiencia fueron los elegidos para afrontar el campeonato de 1933.

El primer partido fue, nada más y nada menos que el clásico, contra Estudiantes: Gimnasia ganó de visitante por 2 a 0 en el viejo estadio de 1 y 57 y comenzó un sprint victorioso de 8 triunfos y 1 empate, con goleadas ante Boca (5 a 2), Argentinos Juniors, Vélez, Chacarita y Talleres (RdeE). Para ese momento el Diario Critica ya lo había bautizado como “El Expreso Platense”, porque “era un tren que arrasaba todo lo que se le ponía enfrente”. Era el equipo sensación del torneo, la revelación, que desplegaba un fútbol vistoso, con muchas asociaciones en ataque y una voracidad goleadora enorme, donde se destacaba un chico de las inferiores, Arturo “Torito” Naón, que metió 33 goles (uno menos que Varallo, de Boca, que fue el goleador).  José María Minella, que había llegado unos años antes desde Independiente de Mar del Plata, era el alma del equipo que comandaba a todos desde la mitad del campo, con su inteligencia y técnica depurada. En la edición de la revista El Gráfico del 3 junio de 1933 el periodista Ricardo Lorenzo Rodríguez (más conocido por su seudónimo, “Borocotó”) lo definía como “un crack del fútbol, un muchacho que a los 24 años soporta a todo un team, puesto que Gimnasia descansa en él. Sobriedad y corrección son sus principales características. Es guapo, corre siempre y no se achica nunca”. 

El técnico era Emérico Hirschl, un húngaro que había escapado de una Europa todavía convulsionada por los resabios de la Primera Guerra Mundial, que dejaría estampada su huella no solo en el equipo platense, sino también en River y en San Lorenzo más adelante. Su vida es digna de un guión de película: en Hungría, aparte de ser jugador en la segunda división, era carnicero; fue el primer entrenador extranjero del fútbol argentino; cuando River lo contrató, cambió radicalmente la forma de jugar del equipo (lo que hoy es conocido como “paladar negro”), ganó 4 títulos e hizo debutar a José Manuel “Charro” Moreno y a Adolfo Pedernera, entre otros; en San Lorenzo, si bien no salió campeón, puso en primera a Rinaldo Martino, quien junto con Armando Farro y René Pontoni formarían el histórico “terceto de oro” que ganó el campeonato de 1946. Hirschl era una persona muy popular, no era conocido solamente en el ambiente futbolístico. Gracias a su carisma y aprovechando esa popularidad, iba al puerto para ayudar a los inmigrantes judíos que llegaban al país, perseguidos por el nazismo, para que no los deportaran.  

Gimnasia finalizó la primera ronda como líder con 27 puntos, 2 más que San Lorenzo y 4 más que Boca y River, los rivales a vencer. El plantel había arreglado un premio con los dirigentes por ganar la primera rueda, situación poco frecuente en aquel entonces. Como no cumplieron con el pago, los titulares decidieron hacer una huelga. Los jóvenes de inferiores tuvieron que tomar su lugar nada menos que contra Estudiantes: pese a los pronósticos desfavorables, el Lobo ganó de local por 1 a 0. Su estadio del Bosque se convirtió en una verdadera fortaleza: de los 17 partidos que disputó allí, ganó 16 y empató solamente uno. El panorama cambiaba radicalmente cuando salía de La Plata: perdió 9, empató 3 y ganó solo en 5 oportunidades. Con la vuelta de los titulares fue alternando algunas victorias categóricas –7 a 1 a Tigre y a Talleres (RdeE)– con algunas derrotas contra rivales de menor fuste hasta que, en la novena fecha, se enfrentó con Boca en la vieja Bombonera. Allí ocurrió el primer arbitraje tendencioso en contra: Gimnasia se puso en ventaja por 2 a 0, Boca descontó y luego el árbitro, De Dominicis, según las crónicas del momento, cobró un penal inexistente para el local que Varallo, ex tripero, transformó en empate. A los pocos minutos, el mismo juez dio por valido el gol de la victoria para Boca, convertido por Nardini, quien estaba en clara posición adelantada. Con esa derrota, Gimnasia perdía la punta del torneo a manos de los xeneixes y el árbitro perdía su trabajo: tras su vergonzosa actuación, fue expulsado de la Liga Argentina.

Luego de vencer a Independiente, el Expreso platense debía jugar una final anticipada contra otro de los candidatos, San Lorenzo, que ganando ese partido quedaría como puntero en soledad. Más de 50.000 personas asistieron esa tarde al Viejo Gasómetro de Avenida La Plata. El Ciclón se adelantó con gol de Petronilho, pero antes de finalizar el primer tiempo Minella empató con un derechazo de 25 metros. San Lorenzo era superior y se puso nuevamente en ventaja, con otro gol de Petronilho. Gimnasia comenzó a atacar por todos lados en busca del empate, pero cada aproximación era cortada por el juez, Alberto Rojo Miró, quien tampoco cobró un claro penal a favor del Lobo (fue falta dentro del área y cobró tiro libre). Pero hubo más: luego de un córner a favor de San Lorenzo, el arquero tripero, Herrera, tomó la pelota con las dos manos apoyando ambos pies sobre la línea, pero el árbitro, insólitamente, cobró que la pelota había entrado. Los jugadores de Gimnasia, indignados, le reclamaron a Rojo Miró, pero el fallo no cambió. Incluso fue expulsado el defensor Martin, por pegarle una patada al juez.

Con el resultado en contra, un jugador menos y la sensación de injusticia a cuestas, el plantel del Lobo decidió sentarse en la cancha en forma de protesta. El partido, inexplicablemente, siguió su curso, mientras los jugadores de San Lorenzo convertían goles con sus rivales en el piso, que solo se levantaban para sacar del medio. Ante el bochorno generalizado, el árbitro decidió suspender el cotejo a los 33 minutos del segundo tiempo, con el resultado a favor del Ciclón por 7 a 1. En la crónica del partido para la revista El Grafico, el periodista Alfredo Rossi, (quien firmaba sus notas como “Chantecler”) decía: “Rojo Miró no aguantó más y se fue definitivamente del field, mientras los de Gimnasia saludaban a los de San Lorenzo y daban una vuelta olímpica, recibiendo silbidos y aclamaciones entusiastas; y en rigor de verdad, más fueron los aplausos que las reprobaciones. Equivocado o no, el de Gimnasia era un gesto, y todos los gestos, cuando no son violentos, tienen mucho de atrayente y sugestivo”.

Después de ese partido, el equipo no pudo sostener su nivel, pese a que consiguió algunas victorias más: de los 6 partidos que restaban en el campeonato perdió 3, ganó 2 y empató el restante. San Lorenzo, finalmente, se coronó campeón. Gimnasia terminó debajo de Boca, Racing y River. “En el tiempo nuestro los referís ayudaban a los equipos grandes, sobre todo a Boca y a River, pero bueno, uno se tenía que callar la boca”, le dijo Francisco Varallo al periodista Alejandro Fabbri en una entrevista en 2007. Pancho, campeón con Gimnasia en 1929, lo había sufrido en carne propia. De todas formas, a más de 80 años, el Expreso sigue en la memoria del fútbol argentino por haber desplegado un fútbol ambicioso, por sus grandes jugadores, como “Pepe” Minella (quien luego fue gloria de River, como jugador y entrenador y el “Torito” Naón, máximo goleador histórico del club con 95 tantos. Por tener un entrenador como Emérico Hirschl, que también tuvo un paso exitoso como DT en Peñarol de Uruguay, donde ganó dos títulos. Por su capacidad goleadora (fue el equipo más goleador de ese torneo con 90 tantos), y fundamentalmente, por ser el primero en querer disputarle el trono a los poderosos. Fue un tren que no pudo llegar a destino. Un Expreso al que las injusticias no dejaron llegar a buen puerto.